Poco se puede decir ya de Nuria Espert. Conocida por todos, se ha convertido en la gran dama del teatro español. Comenzó profesionalmente a los 19 años, cuando ya llevaba más de tres años trabajando en los escenarios de su ciudad natal, Barcelona. Acaba de estrenar Hay que purgar a Totó , una obra extraña para una mujer cuyos papeles han sido siempre dramáticos. Sin embargo, se siente cómoda con la comedia, que la ha permitido seguir aprendiendo en el difícil arte de la interpretación. La gira comienza en marzo y la llevará por los escenarios de toda España. A los 72 años, guarda la ilusión de sus inicios, incluso más. Porque como ella dice, la vocación tardó en venir. Parece, sin embargo, que no la abandonará nunca.
-¿Qué podrías decirnos de esta obra de teatro?
-Es una pieza en un acto de Feydeau. Es el rey del vodevil. En sus últimas obras, aparece un Feydeau más duro y más divertido. Verdaderamente, basa toda la gracia en el lenguaje y tiene unas pequeñas situaciones que se desarrollan como máquinas infernales que nadie puede parar.
-¿Qué ha sido para ti interpretar a Julia?
-Un placer extraordinario. La idea partió de mí. Adoro a ese autor y la verdad es que me pareció que había encontrado un papel que era posible que yo hiciera. Se lo propuse a Georges Lavaudant, uno de los mejores directores de Europa, un poco atemorizada pensando que, a lo mejor, él quería hacer Las troyanas . Pero no, me dijo un sí entusiasta. Le pareció que era muy arriesgado para mi carrera y muy apetecible. Aquí estamos en esta obra tan dura. Ya se ha sabido que es un éxito y empiezo a tranquilizarme.
-¿Te dejará, algún día, de entusiasmar el teatro?
-Ese día yo lo dejaré. El teatro ya es para mí más que una profesión. Mis años de profesión ya los he vivido. Ahora es como un vivencia y el día que no lo sea, hay muchas cosas que me gustan y podré hacer.
-¿Sigues teniendo miedo al fracaso?
-Sí, sobre todo cuando doy un salto mortal de esta naturaleza, que he dado varios en mi vida. No sé la gente si le va a parecer que estoy bien, si van a entender por qué lo he hecho o si me he equivocado...
-¿Te encuentras a gusto con este papel?
-Me encuentro fantástica, totalmente a gusto, me excita, me devuelve una energía que no se usa para hacer todas las obras sino sólo en algunas de ellas. La energía máxima que yo haya utilizado en cualquier papel de mi vida me la exige este papel y eso me rejuvenece.
-¿Es el teatro símbolo de felicidad?
-Estoy muy contenta. Es símbolo de felicidad a ratos, como en cualquier faceta de la vida. La felicidad no es una cosa que dura. Estoy contenta con este espectáculo pero mañana puedo tener un problema, tener algo que aminore esta especie de volatilidad que tengo en este momento. Para mí, naturalmente que el teatro me ha dado muchos momentos de felicidad, me ha dado muchísimos insabores... pero nunca lo miro en razón de la felicidad que me haya proporcionado. Creo que el teatro me eligió a mí, yo quería ser bailarina, no tenía ningún talento y, de pronto, el teatro me abrió los brazos, se me empezaron a dar oportunidades para mejorar, para crecer, encontré las personas adecuadas cuando era muy joven para que me encaminara y realmente, la vocación apareció cuando ya llevaba tres o cuatro años trabajando en el teatro. Es una vocación que nunca me ha abandonado. Hasta el momento en el que apareció la vocación, era una manera de trabajar. Vengo de una familia trabajadora donde las muchachas, a los catorce, quince años, trabajaban. Yo también trabajaba, pero trabajaba en el teatro.
-Has vuelto al Teatro Español. ¿Qué significa este teatro para tu carrera?
-Cuando vine a la conquista de Madrid con 19 años, con 2000 pesetas, desde Barcelona y con una amiga, con la que compartí una habitación alquilado en un piso con una señora horrenda. Cuando llegué aquí, el primer lugar en el que encontré trabajo fue en el Teatro Español. Sustituí a María Asunción Balaguer, que había tenido un gran éxito en Diarios de Carmelitas y estaba embarazada de uno de sus hijos. Entonces, me contrataron, me hicieron una pequeña prueba. Leí el texto y con dos ensayos la sustituí. No tuve el éxito que ella había tenido pero fue el primer lugar donde trabajé. Era director entonces de este teatro José Tamayo, que en seguida empezó a darme papelitos y giras, hasta que creamos la compañía. Me casé, tuve mis dos hijas...
-¿Cuál crees que es la salud del teatro en nuestro país?
-Llevo viniendo hablar de crisis desde que tenía doce años. Ahora se habla menos porque el público está acudiendo mucho más al teatro, porque la crisis parece que se deriva más hacia el cine. La televisión se está definiendo como entretenimiento puro y duro. Es un rival porque entra en todas las casas y la comodidad de la gente es quedarse ahí sentado.
-¿Qué se siente al ser una de las actrices de teatro más importantes?
-Se siente que dentro de media hora tengo que salir al escenario, que tengo que hacer un papel que me encanta... Claro que he hecho muchísimo y el público me ha sustentado todos estos años, sino, no estaría aquí porque, finalmente, la memoria y el público son los que te mantienen en una carrera teatral: tu memoria y la del público que te sigue. No tengo la impresión de ser nadie especial. Estoy, como todos mis compañeros, deseando hacer una buena función. La verdad es que todos ponemos el mismo ímpetu y la misma energía. A veces, uno está mejor y uno está peor, por eso el teatro tiene esta cosa efímera y, al mismo tiempo, magnífica, de que el espectáculo nunca es el mismo.
-¿Sigues aprendiendo?
-Si te parece que no es aprender a los 72 años hacer por primera vez una obra cómica (risas). He aprendido muchísimo del ritmo, no de la comedia, porque la comedia es otra cosa. Esto es un disparate, una farsa... no sé cómo llamarlo. No sé qué género darle... no es un vodevil. Aquí va de una anécdota pequeña y un poco escatológica que se desarrolla violentamente. He aprendido muchísimo en esta función pero una cosa tengo que decir: sin la dirección de Georges Lavaudant yo nunca me hubiera atrevido a hacer esta obra.
-Ahora que has probado la comedia, ¿con qué te quedas?
-Me sigo quedando con el buen teatro. No sé cuál será mi próximo trabajo, en este momento no lo sé, pero será una buena obra, de un buen autor, con un buen director... con las condiciones necesarias para hacer un buen espectáculo y saldrá o no saldrá.
-¿Vas a volver a dirigir?
-No me gusta nada. No se puede decir de este agua no beberé pero no tengo la menor intención. No me gusta dirigir. Me aburre y me da ansiedad, dos cosas que parecen contradictorias pero no lo son. Me da malestar. Como no soy masoca, pues no tengo intención.
-¿Dónde te sientes más a gusto, en los escenarios españoles o en los extranjeros?
-En los escenarios y depende de lo que esté haciendo y de cómo es recibido. Si la obra tiene un éxito en España, lo normal es que lo tenga fuera. Si no funciona bien, ya no sale al extranjero, queda aquí. Me siento bien ante el público. La traducción silmultánea es verdaderamente una ayuda extraordinario para viajar por el mundo y pasar por encima de la dificultad de las lenguas.
-¿Sigues recordando cuando empezaste?
-No me atormento en lo que sufrí al comenzar, sobre todo porque no sufrí, no recuerdo haber sufrido mucho. Vinieron las cosas solas. Mi ambición era otra. Alguien me oyó recitar y me pidió que hiciera un papelito en una obra profesional en el teatro Romea de Barcelona. Yo fui allí, ni lo quería ni lo deseaba. Era para mí una manera de conseguir un poco de dinero y seguir con el colegio.
-Después de todo lo que has hecho, ¿qué te queda por hacer?
-Espinita clavada no tengo ninguna. Cuando quiero hacer algo, lo hago. Cosas por hacer quedan infinitas. El camino del teatro y de la cultura es infinito, es o una escalera ascendente o un camino con muchos más. Depende del camino que tomas, te equivocas o aciertas. Me queda mucho por hacer. Nunca tienes la impresión de haber llegado a alguna parte.
-¿Tus proyectos para este año?
-La gira, que comienza en el mes de marzo y que dura hasta junio y de septiembre y diciembre. Todo el año purgaremos a Totó. Contentísima porque adoro las giras por España. Hace un par de años que no he hecho ninguna. La última no me acuerdo. Me apetece enormemente.
-¿Sientes algo especial cuando vuelves a tu ciudad?
-Pues claro. A Barcelona la quiero, la adoro... Pero en Madrid vivo desde hace 25 años y me siento muy de aquí, muy de allí y muy de todas partes. Tengo una manera de ser que, a las dos semanas de estar en París me siento parisina y a las dos semanas de estar en Nueva York me siento de allí. Estoy muy apegada a mi gente y al interior de mi casa. Donde esté mi gente y el interior de mi casa, ésa la ciudad que elijo en ese momento.