Braulio Ortiz pasa en 'Hombre sin descendencia' del "réquiem a la celebración" debido a la condición humana "irregular"

 

Braulio Ortiz pasa en 'Hombre sin descendencia' del "réquiem a la celebración" debido a la condición humana "irregular"

Actualizado 27/01/2011 20:11:22 CET

Defiende que la poesía le permite desnudarse, como "un ejercicio impúdico o exorcismo temerario"

SEVILLA, 27 Ene. (EUROPA PRESS) -

El escritor y periodista Braulio Ortiz Poole pasa en su nuevo poemario, 'Hombre sin descendencia' (Fundación José Manuel Lara), del "réquiem a la celebración" con distintos estadios porque "la condición humana es irregular y voluble", de manera que en su poesía se vislumbra "un camino con muchas curvas, que va desde un punto incómodo a un paisaje plácido".

Así lo ha reseñado este jueves Braulio Ortiz en un encuentro con periodistas, donde ha defendido que "la literatura es un ejercicio que ayuda a entendernos y para llegar a la felicidad o a la celebración tengo que aclarar ciertas zonas de sombras", por lo que "sin duda" cree necesario pasar por la fase de réquiem en esta nueva obra de la colección Vandalia.

En este sentido, argumenta que su obra partió del "tormento de la sensación de estar en primera línea de la muerte por el fallecimiento de familiares", así, agrega, "descubrí un sentimiento que se puede dar en cualquier edad, y aunque no podía morir a los doce años, cuando uno se hace mayor se da cuenta de las consecuencias".

De este modo, empieza retratando "la muerte", fijándose en ella "en lo perenne y todo lo que tiene su fin" y eso le impulsó "hacia la vida, el amor, la amistad y las cosas buenas que te depara el destino", detalla Ortiz, quien celebra que "en la balanza pesaba más el milagro y el destello de la belleza, que el miedo ante el fin".

No obstante, el autor de 'Defensa del pirómano' declara que "el viaje ha sido tortuoso", porque, según explica, "todo viaje en el que uno se mira en el espejo es difícil, aunque ha sido un trayecto en el que esperaba cierta felicidad". Al final, el autor con la poesía dice "lo contrario, que todo hombre deja descendencia".

Al hilo de ello, defiende la elección sobre el tema de la descendencia por el "interés", porque "el hecho de no tener descendencia deja menos anclaje en el mundo, menos parte de sí mismo en la vida", pero este viaje, "me hace comprender que uno sí deja descendencia de un modo u otro: deja los amigos, la familia, la gente a la que quiere, gente que le ha querido y sus escritos como ese mensaje en una botella que lanza al mar".

"Es cierto que este libro es mucho más sereno, y aunque pensar en la madurez de uno mismo es una vanidad, quizás esté menos enfadado con las cosas, con el mundo y el entorno", admite Ortiz, quien reseña que en su nueva obra "hay un ánimo mucho más calmado, dolor y furia, pero la poca que hay se dirige a uno mismo".

En concreto, recuerda la publicación del poema 'La casa de Caín' en 'Defensa del pirómano', que en 'Hombre sin descendencia' recoge la segunda parte de dicho poema. Al respecto, subraya que "el primero es de furia" y el segundo habla "del entorno, de los ánimos enconados y la violencia del ambiente", de manera que "hemos sido los hijos de la guerra y ahora nos toca ser los padres de la paz", es como "una voluntad conciliadora" para el autor, que "antes quemaba la casa y ahora intento construirla y no se qué es lo que ha cambiado, pero sí hay más serenidad".

MUERTE, AMOR, NOCHE Y MUNDO

Este viaje tiene cuatro tramos, según narra Braulio Ortiz. Entre ellos, el primero es la muerte, "un trayecto de todo lo que se ha ido, que habla de los seres perdidos y todo lo perdido, de la juventud que empieza a escaparse, de las pandillas de amigos que no murieron, pero que sí empiezan a separarse.

La segunda parte es el amor, "una de las razones por las que vale la pena vivir"; la tercera parte es la noche, con poemas que entroncan más con 'Defensa del pirómano', con "una visión más amarga y crítica con uno mismo y escenas en las que uno se mira al espejo y no se quiere, pero al mismo tiempo empieza a aceptarse". Y la cuarta parte habla del mundo, "como un planeta lleno de posibilidades y escaparse a él y tu mundo personal con toda la riqueza que tienes por tus amigos, los paisajes que puedes celebrar o los cuadros que te gustan".

A lo largo del poemario los objetos cobran importancia, que según Ortiz, "le da una parte física al libro". Así, destaca uno de sus poemas preferidos por "ser más cercano" a él, 'La casa vacía', que supone "la transformación de la casa familiar numerosa, con siete hermanos, rodeado de ruido, algarabía y mucho desorden, y registro las fotografías, los objetos o el cuarto con literas".

Para el autor, la poesía es "un territorio sagrado y la literatura con mayúsculas", y para ello hace referencia al poema 'En la cripta de los grandes poetas', en el que pide permiso a los autores que le gustan para hablar. Y es que, tal y como señala, "que te cuelguen la etiqueta de escritor es mucho más fácil que te cuelguen la de poeta", porque "un poeta es alguien que hace música con la inteligencia y los sentimientos, es un artista mayor".

Así, contempla la poesía como "un ejercicio impúdico, como exorcismo temerario" y en su caso, "como no tengo cuerpo para desnudarme en las revistas, me desnudo en los poemas". No en vano, subraya su interés por "un poemario que respire verdad y honestidad, y parte de la fuerza de muchos autores que me gustan es que son brutales consigo mismo y no tienen inclemencia a la hora de registrar lo que pasó en sus vidas, como Cernuda, Fonollosa o Gil de Biedma".

Además, resalta que el periodismo cultural actual, a diferencia de la política local, te da "la posibilidad de conocer a autores o acceder a libros, así como la oportunidad de crecer de vez en cuando".

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