Anna Karenina: Tostói encerrado en un teatro de oro y seda

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Actualizado 15/03/2013 14:46:30 CET

MADRID, 15 Mar. (EUROPA PRESS - Israel Arias) -

Keira Knightley es Anna Karenina en la nueva adaptación orquestada por Joe Wright que al reto que ya supone llevar a la gran pantalla la monumental obra de León Tostói, suma una arriesgada propuesta formal y una preciosista puesta en escena.

Como ya hiciera en Orgullo y prejuicio (2005) y dos años más tarde en Expiación. Más allá de la pasión (2007), el cineasta londinense recurre a su actriz fetiche para los menesteres de época: Keira Knightley. Ella, para bien o para mal, es la protagonista de esta historia de amores, desamores e infidelidades en la Rusia zarista.

Pero aunque sea la gran estrella, la actriz británica no es la pieza angular de esta nueva revisión.

La verdadera protagonista es la valiente propuesta formal de Wright al encerrar -y en algunos casos maniatar- el colosal relato de Tostói en la ilusión de un teatro al que dota de una omnipotente escenografía. Poposos bailes, multitudinarias carreras de caballos, intrigas de alcoba, números de ópera, pasiones furtivas... todo ocurre sobre las tablas de un escenario, o entre bambalinas, y ante un patio de butacas totalmente vacío.

Un artificio que busca simbolizar "el final de una sociedad decadente" en la que "todo era falso". "Les gustaba que todo brillara, pero nada era real". Precisamente esa última sentencia podría encajar perfectamente en el diagnóstico de la Anna Karenina de Wright.

El excelso y en ocasiones excesivo continente en el que Wright nos sirve su particular visión de la obra de Tostoi esconde un contenido irregular, con una trama deslavazada y filmada de forma nerviosa y en ocasiones mareante.

A pesar de los constantes y pretenciosos artificios del director, y los esfuerzos del guión que firma el reputado dramaturgo Tom Stoppard, esta Karenina es tan distante, gélida y fría como deben serlo los inviernos en la Madre Rusia.

Y es que la ambiciosa vuelta de tuerca formal de la cinta, su treta teatral, las fastuosas coreografías y la magistral puesta en escena -con un vestuario ganador del Oscar- se antojan insuficientes para mantener el interés del espectador durante las dos horas largas de metraje.

EL OMNIPRESENTE MENTÓN DE KEIRA

Parte de culpa la tiene su protagonista, una xenomorfa Keira Knightley que en su intento de hacer suyos los excesos teatrales que la rodean perpetra un trabajo forzado y fallido. Desigual apoyo le dan sus dos amores. Mientras que Jude Law luce sin complejos sus entradas en un aseado retrato del íntegro, hierático y cornudo Karenin, los rizos dorados de Aaron Taylor-Johnson no son suficientes para ocultar las notables carencias de su imberbe Vronsky.

Él joven protagonista de Salvajes y Kick-Ass es el eslabón más débil de una cadena que completan secundarios cumplidores como Kelly Macdonald (Dolly), Matthew Macfadyen (Oblonsky), Domhnall Gleeson (Levin), Alicia Vikander (Kitty), Olivia Williams (Condesa Vronsky) o Emily Watson (Condesa Ivanovna).

Ante todo esta Anna Karenina es un grandioso banquete visual que busca la intensidad y la emoción en la forma descuidando el fondo. Una cinta que deja pasar una lujosa oportunidad de escarbar en la odisea sentimental de la adúltera y atormentada mujer retratada por Tostói.

Profundidad que Wright solo consigue esbozar vagamente con el mensaje que subyace de su valiente artimaña teatral, una baza a la que fía la escasa trascendencia de su imaginativa pero artificial Anna Karenina.

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