Crítica | Crudo, catarsis caníbal

 

Crítica | Crudo, catarsis caníbal

Crudo
UNIVERSAL
Actualizado 17/03/2017 14:40:33 CET

MADRID, 17 Mar. (EUROPA PRESS - Israel Arias) -

¿Vivir reprimida para no llamar la atención o ser tú misma? ¿Subsistir al cobijo del cómodo anonimato como una oveja más del rebaño o despuntar como hedonista y vividor depredador? Estos son, a grandes rasgos, los dilemas a los que se enfrenta Justine, protagonista con nombre de sádicas y nada casuales reminiscencias cuya catarsis pubescente y caníbal relata, con todo lujo de detalles, Crudo (Grave).

El primer largometraje de Julia Ducournau llega a los cines con una etiqueta de pieza maldita y casi cercana al gore totalmente inmerecida y que podría ensombrecer sus enormes virtudes. Sí, Crudo contiene un buen puñado de secuencias repulsivas que hacen honor a su título en castellano y que obligan a apartar la vista de la pantalla, pero está lejos de causar aquellos ataques de ansiedad de los que se habló en Toronto. Muy lejos.

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Será una novatada -algo tan banal y tan reprobable como aceptado en ciertos círculos, como lo son muchas de esas reglas fijas, pero injustas, de nuestro juego social- lo que desatará la transformación física y mental de Justine. Ella, encarnada por una excelente Garance Marillier, y su nuevo e irrefrenable apetito por la carne humana serán el vehículo a través del que la directora sirve, disfrazada de terror universitario, una incómoda y perturbadora reflexión sobre la represión, propia y ajena, y sus consecuencias.

Tras su primer despertar, Justine, hija inmaculada y estudiante modelo, sufre encerrada en su habitación los infortunios de su virtud, negando su naturaleza, abominada por las pulsiones que atormentan su mente e, incluso, golpean su cuerpo. El evidente paralelismo que Ducournau plantea con innegable vigor visual entre el canibalismo y el despertar sexual de una adolescente, que además de virgen es vegetariana, encuentra su eco perfecto en estos tiempos de enorme presión social.

El fin de la inocencia de Justine es también el fin de su ordenado, manso e insípido mundo y el comienzo de una salvaje batalla, a dentellada limpia, entre los estándares morales y su sórdida individualidad.

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