Crítica | Inferno: Una gymkana más de Robert Langdon

Actualizado 14/10/2016 14:25:23 CET

MADRID, 14 Oct. (EUROPA PRESS - Israel Arias) -

El profesor Robert Langdon vuelve a las andadas, y a las carreras, en Inferno, la adaptación de la obra homónima de Dan Brown que, como ya ocurriera con El Código Da Vinci y Ángeles y Demonios dirige Ron Howard y protagoniza Tom Hanks.

Sí cambia esta vez el guión. David Koepp -que ya colaboró con Akiva Goldsman en la anterior película de la saga- firma en solitario el libreto de la cinta que eleva a Langdon a la categoría de héroe cinematográfico con trilogía propia pero que poco o nada aporta en comparación a sus ya mejorables predecesoras.

Y es que ni sus magníficas localizaciones, ni su vistoso envoltorio técnico, ni sus presuntamente hábiles giros logran que Inferno se sacuda la sensación de pesadez y cansancio que, involuntariamente mimetizada con el estado físico del que parte su protagonista, arrastra de principio a fin la cinta de un Howard que, en modo 'amarrategui', va pasando de pista en pista, de secuencia en secuencia, con el piloto automático despachando el trance con aparente desgana.

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Con el Infierno de La divina comedia de Dante como simbólico leitmotiv y su reflejo en el cuadro de Botticelli como mapa del tesoro, un renqueante Hanks, acompañado esta vez de Felicty Jones -que da vida a una doctora cuya dedicación a sus pacientes excede con mucho el compromiso de su juramento hipocrático- emprende en Inferno otra gymkana a contrarreloj para salvar a la humanidad de una purga ideada para erradicar, precisamente, la mayor plaga que sufre el planeta: nosotros.

De museo en museo, de basílica en basílica, un amnésico Langdon y su partenaire se ven empujados -porque sí, porque solo él puede hacerlo- a participar en un juego de pistas aderezado de nuevo con microlecciones de Historia del Arte en el que el único que parece tener interés en animar el cotarro es el personaje de Irrfan Khan. La estrella india interpreta al cínico dueño de una opaca corporación dedicada a la seguridad privada y otros turbios menesteres que gracias a su desvergonzado pragmatismo brilla como contrapunto ante los trascendentes objetivos de unos y la intensidad de otros.

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Presa de las letras de Brown, de la disfuncional fórmula que ha hecho de sus obras uno de los paradigmas de esa coartada para casi todo que es el entretenimiento de masas, Inferno no pasa de ser un lujoso y plano correcalles que deja el decepcionante sabor de aquello ya visto, oído e, incluso, resuelto. El profesor Langdon está cansado. Muy cansado.

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