Crítica | Pacific Rim: Insurrección, más y más grande no siempre es mejor

Pacific Rim: Insurrección
UNIVERSAL
Actualizado 23/03/2018 10:38:00 CET

MADRID, 23 Mar. (EUROPA PRESS - Israel Arias) -

Pacific Rim fue, junto a Ahora me ves, una de las grandes sorpresas del cine palomitero aquel verano de 2013. Emergió como tapada entre blockbusters de más nombre como Fast & Furious 6, Man of Steel o Guerra Mundial Z y sonados descalabros como After Earth o El llanero solitario. Y lo hizo a pesar de que lo único que revestía de cierto atractivo un filme que parecía un crossover apócrifo de Transformers y Godzilla era el pedigrí de su director, Guillermo del Toro, y la pasión e imaginación que el mexicano insufla a (casi) todo lo que toca.

Pero el enfrentamiento entre robots gigantes y monstruos alienígenas surgidos de las profundidades oceánicas funcionó. Del Toro sintetizó su amor por el 'mecha' y el 'kaiju' en un filme que equilibraba épica y ligereza y cumplía con compromiso básico de estos subgéneros, una rutilante puesta en escena. Y funcionó. Pacific Rim consiguió una taquilla considerable y la aprobación de su público objetivo. Una sólida base de fans que justificaban una secuela que ha tardado algo más de lo previsto en llegar y que -y tal y como se temían no pocos amantes de los Jaegers- echa demasiado en falta al ahora ya flamante ganador del Oscar.

Pacific Rim: Insurrección está un par de escalones por debajo de su predecesora. Y no ya solo por el bajón -más grande no siempre es mejor- que sufren sus secuencias de acción. ni por la ausencia de coherencia en un guión plagado de agujeros y diálogos vacíos, sino por simplificar y banalizar los elementos que hicieron de la primera un producto singular entre los de su especie.

Frente a la épica y el carisma de la primera, esta secuela apuesta por la autoreferencia, en ocasiones casi paródica, y la sobredosis de clichés y chascarrillos para intentar cubrir ese vacío. También infantiliza su reparto y, por extensión, su trama humana dejando bajo mínimos su capacidad para conectar emocionalmente con unos personajes incapaces de salirse de la casilla asignada. Una involución en el tono que mucho mejor que con palabras queda ilustrada en la comparación entre el imponente Idris Elba, protagonista de la primera entrega y mito exprimido en esta segunda, y el cada vez más simpático -y solo simpático- John Boyega. Por suerte para Boyega, por ahí anda Scott Eastwood para probar que tampoco en el mundo real el carisma ante la cámara -a diferencia del mentón- es hereditario.