La ensoñación de Lana Del Rey engatusa a 10.000 personas en Madrid

Lana del Rey
EUROPA PRESS
Actualizado 21/04/2018 13:13:38 CET

MADRID, 21 Abr. (EUROPA PRESS- David Gallardo) -

Aullidos. Muchos aullidos. Griterío desafiando al tinnitus. Chillidos mogollón de agudos. Eso ya antes de que la música empezara a sonar, progresivamente en aumento desde que apareciera en escena Cat Power, telonera de lujo que ofreció una actuación notable, hasta que la diva etérea vintage se hiciera carne con veinte minutos de retraso sobre el horario previsto.

Tal es el arrebato que Elizabeth Woolridge Grant (Nueva York, 1985) genera entre sus fieles. Esa es precisamente la palabra a utilizar. Entregados a la causa sin fisuras, los más atrevidos acampaban a la puerta de Vistalegre desde el jueves para poder mirar a los ojos a su queen. Y algunos incluso se llevaron un selfie, una firma o hasta un beso, cuando en el tramo final Lana bajó a compartir amor con las primeras filas. Hasta cinco minutos estuvo ahí para los suyos.

Antes de eso, hora y media larga de canciones para presentar su quinto disco, Lust for life (2017), número 1 en Estados Unidos, Gran Bretaña y otros taitantos países. Con una puesta en escena precipitadamente veraniega en una piscina con sus palmeras, sus sombrillas e incluso una tumbona rojiblanca sobre la que cantar la híper balada Change. Muy detallista y teatralizado todo, medido también, para dar forma a la perfecta ensoñación de Lana Del Rey.

Porque pareciera que en realidad Lana no existe. Que es un recuerdo borroso en nuestra maltrecha memoria. Una ensoñación idílica que nos susurra. Tan trágica e intensa, tan pizpireta y modosita a la par que juguetona cuando se aparta sutilmente la parte baja del vestido para mostrar de más. La neoyorkina es el sueño de una noche de verano y no precisamente triste -Summertime Sadness fue uno de los himnos más coreados de la velada-, aunque sí tiene un punto premeditadamente melancólico y cortavenas.

Musicalmente, demasiado pregrabado para una banda solvente y un guitarrista especialmente voluntarioso, con dos coristas-bailarinas de acompañamiento para coreografías recatadas, muy de pin-up de los cincuenta del siglo pasado. Porque aunque Lana Del Rey sea atemporal, es a ese lugar en el tiempo al que mira constantemente, divirtiéndose con guiños a Marilyn Monroe. Sonriendo pillina, girando levemente el cuello. Engatusando, en definitiva, cual trilera que nos quisiera hacer creer que siempre estuvo aquí y que forma parte de nuestra cultura popular contemporánea, aunque apenas lleve un lustro largo entre nosotros.

En cuanto al repertorio, un repaso a su trayectoria en el que inexplicablemente se queda fuera Love, su más reciente single. Por contra, no faltan 13 Beaches, Cherry, Pretty When You Cry, Born to Die, Blue Jeans (estas dos últimas fervientemente coreadas), Terrence Loves You, Honeymoon, Lust for Life, Video Games (con Lana literalmente columpiándose y el pabellón encendido por los móviles del público), Yayo, Summertime Sadness, National Anthem, Get Free (la del supuesto plagio a Radiohead) y Off the Races.

Este fue el arsenal con el que Lana Del Rey se impuso a la tradicional hostilidad sonora de Vistalegre, a la que en esta ocasión hay que sumar el reto de ecualizar música -pregrabada tocada- junto a los alaridos de 10.000 fans, muchos de ellos fuera de sus casillas. Pero como al término de un sueño del que solo recuerdas lo especialmente bueno, se despide la diva agradeciendo el apoyo y asegurando que no hay mejor lugar que Madrid para terminar su gira europea. Y justo en ese momento una chica se desmaya en un lateral de la pista al lado de donde está Cat Power tarareando las canciones de Lana. Pertinentemente engatusada, disfrutando de la ensoñación.