El Mad Cool acaba bien con la fuerza de Nine Inch Nails y Queens of the Stone Age y los himnos de Depeche Mode

Depeche Mode durante su actuación en el Mad Cool Festival
ANDRES IGLESIAS- MAD COOL
Actualizado 15/07/2018 15:00:38 CET

MADRID, 15 Jul. (EUROPA PRESS- David Gallardo) -

Bien está lo que bien acaba. Sobre todo cuando el comienzo es tan caótico como el del Mad Cool con un jueves de locura que fue relativamente puesto en orden por Pearl Jam. Por una simple cuestión de lógica y de supervivencia compartida, el viernes fue a mejor y el sábado ya definitivamente se alcanzó el deseado armisticio gracias a tipos duros del rock musculoso como Trent Reznor (Nine Inch Nails) y Josh Homme (Queens of the Stone Age) y a iconos del pop como Dave Gahan y Martin Gore (Depeche Mode).

Porque el sábado, en la tercera y última jornada del festival, se pudo disfrutar de la música sin más sobresaltos que los provocados por los estribillos y las distorsiones. El ímpetu que generó el caos del primer día al chocar con los problemas organizativos es ya definitivamente una cansada calma después de varias decenas de conciertos y por eso en el recinto de Valdebebas se respira un ambiente de sábado en convivencia. Los accesos son fluidos y definitivamente parece que todas las piezas han encajado razonablemente.

Los 80.000 asistentes ya conocen el recinto -en su mayoría, los que solos llegan el sábado se dedican a explorar un poquito- y eso también ayuda. Y también es verdad que la marabunta que se agolpaba en las barras el jueves para tratar de comprar bebida y comida ha desaparecido y es ahora bastante más razonable cualitativa y cuantitativamente. Todo va mejor, en definitiva, mientras a primera hora de la tarde Wolf Alice pone banda sonora a la canícula de este nada hospitalario descampado de extrarradio -eso no cambia, claro, aunque se le puede llegar a coger hasta cariño en plan síndrome de Estocolmo por todo lo vivido-.

Hurray for the Riff Raff y Kaleo ayudan al fluir suave de los acontecimientos con tanta gente desparramada por los suelos buscando las sombras como en pie delante de los escenarios. Como en un apacible día de campo al que el californiano Jack Johnson pone la guinda con su meloso pop acústico, perfecto para un atardecer contemplando el océano y tomando un mojito en buena compañía. En Valdebebas no hay mar por ahora, pero abundaba a esa hora el ambiente playero y piscinero despreocupado con muchas gafas de sol, muchos gorros y muchas sonrisas compartidas con desconocidos mientras suenan If I had eyes, Banana Pancakes, Good People o Better together.

El ambiente se pone bien duro acto seguido con la petrea rudeza de Josh Homme y sus Queens of the Stone Age, que salieron a por todas con If I had a tail y My god is the sun, a las que siguió Feet don't fail me, tema que abre su más reciente álbum, Villains (2017). Con un sonido portentoso y haciendo honor a su condición stoner, el grupo estadounidense apabulló con The way you used to do, You think I ain't worth a dollar but I feel like a millonaire y la abrasiva No one knows seguida de un solo de batería de Jon Theodore.

Algo pasa por la cabeza de Josh Homme en este punto, pues decide exigir a la seguridad que abra las puertas de la zona vip delante del escenario que, como de costumbre, está más vacía de lo que a cualquier artista le gustaría. "¡Dejadles entrar! Trabajáis para mí esta noche", comienza a gritar, sin obtener la respuesta deseada, lo cual le lleva a arengar a las masas: "¡Saltad la maldita valla! El ayer se fue, el ahora es todo lo que tenemos. Esto es un concierto de Queens of the Stone Age y podéis hacer lo que queráis ¡Saltad la valla!"

No son pocos los que llevados por la excitación se animan a saltar provocando una situación de descontrol que seguramente sea más bonita desde arriba del escenario que desde abajo, donde se vive tensión entre asistentes y trabajadores. Teniendo en cuenta el historial del Mad Cool, esto podría haber derivado en cualquier cosa, pero por suerte se solventó sin tener que lamentar grandes daños. Algunos saltaron y lo consiguieron, otros fueron devueltos a su sitio y en medio de ese ambiente de tenso desconcierto la música prosiguió con The evil has landed, Burn the witch, Domesticated animals, Make it Wit Chu, Little Sister, Go with the flow y el colofón con A song for the dead. Hora y media de rock mayúsculo desde el desierto californiano hasta el secarral madrileño, que algo tendrá, pues el propio Homme llegó a decir que el anochecer allí era precioso.

DEPECHE MODE Y NINE INCH NAILS

Cambio de tercio hacia el segundo escenario, donde Depeche Mode fueron ubicados por una cuestión de horario, que no de poder de convocatoria. Así, a las 22:55 aparecía en escena la mítica banda inglesa bajo la densa grandilocuencia de Going Backwards con el vocalista Dave Gahan de riguroso negro con chaqueta y gafas de sol. Antes de terminar este tema, con el que se abre su decimocuarto y más reciente álbum, Spirit (2017), ya se había despojado de esos complementos para comenzar a sudar el chaleco como de costumbre. Y aparte de Going Backwards, tan solo Cover me de su último disco, para poner sobre la mesa así una sucesión de himnos de todas las épocas del grupo 'culpable' de llevar la electrónica y el techno a las masas desde su fundación en 1981.

Con su habitual dominio escénico y respaldado por el carisma de Martin Gore, Gahan conduce una actuación concisa de noventa minutos que el variopinto público disfruta igualmente sin rodeos. Se suceden It's no good, A pain that I'm used to -en una versión renovada-, Precious, World in my eyes, Somebody -con Gore al micrófono casi a capela- y la oscura densidad sexual de In your room. Las añejas Everything counts, Stripped, Personal Jesus y Never let me down again son coreadas con vehemencia por los parroquianos que, aún siendo desconocidos, se dedican a abrazarse unos con otros, a chocar manos, a compartir bebidas y sonrisas de complicidad y a cantar juntos con solemnidad -quien esto escribe vivió esto en primera persona rodeado de amigos fugaces que tampoco parecían conocerse entre sí pero, ¿qué importa eso con Depeche Mode?-.

El bis se abre con la siempre épica Walking in my shoes, también con arreglos renovados, a la que sigue la grandilocuencia de Enjoy the Silence con Dave Gahan, siempre tan elegante e hipnótico en sus contoneos escénicos cual cisne negro, alzando los brazos disfrutando de su condición de líder de la secta de la fe y la devoción. Después de esta dosis de ceremoniosa solemnidad, la guinda del pop 'tontorrón' de Just can't get enough consigue que baile todo el festival en un momento atemporal que es en 2018 pero bien podría ser en 1981. Bueno, en realidad ahora tiene más poder porque significa muchas más cosas para la gran mayoría de los asistentes, entregados a la celebración sin atadura alguna -y por cierto, desde el escenario de Depeche se escuchaba a Black Rebel Motorcycle Club en otro cercano pero eso no pareció molestarle a nadie, no como el día anterior pasó con la cancelación de Massive Attack-.

Mientras la masa se traslada a trompicones hacia el escenario principal -a esta hora vuelve a ser algo incómodo moverse por el recinto, aunque nada parecido al jueves-, los Nine Inch Nails de Trent Reznor sacan el martillo pilón de su rock industrial y comienzan a volar la cabeza a los asistentes. Durante otra hora y media protagonizaron una de las actuaciones más celebradas de este Mad Cool, llegando a ser trending topic con toda serie de alabanzas durante la noche. Una demostración de fuerza y sensibilidad en la que confluyen el rock pesado a lo Queens of the Stone Age y la deriva electrónica que les acerca a Depeche Mode. Buena elección para este momento del festival, por tanto, pues en los norteamericanos parece confluir todo lo anteriormente vivido.

En esta ocasión nadie tiene que pedir que se abra la dichosa zona vip, fuente de trifulcas constantes durante todo el festival, pues la organización decide que por la parte derecha pueden entrar centenares de personas, que corretean en estado de contagiosa euforia hacia el escenario mientras la banda les va a aplastando uno  a uno con Somewhat damaged, The day the world went away, Wish, Less than o el huracán de March of the pigs. El sonido no es que sea potente, es que es avasallador, y Trent Reznor suda la camiseta con permanentes gestos de dolor y aferrándose al micrófono como si le fuera la vida en ello. Porque nadie como él canta sobre la frustración, la ira, la rabia y el dolor. Nadie como Nine Inch Nails para sonorizar el apocalipsis interior e individual de cada persona.
Piggy, The Lovers, Shit Mirror, Ahead of ourselves, God break down the door prosiguen una actuación que alcanza el clímax con la intensidad de Closer, la rudeza expansiva de Copy of A y el recuerdo a David Bowie en I'm afraid of americans -canción de 1997 en la que Reznor trabajó con el fallecido músico inglés, aparte de tocando también apareciendo en su correspondiente videoclip-. La banda es un cañón con un sonido enriquecido por la presencia desde hace un par de temporadas de Atticus Ross, mientras que el guitarrista Robin Finck aporta una versatilidad totalmente necesaria para este repertorio que juega con los contrastes y las emociones para llevarlas hasta todos los extremos.
La traca final va con Survivalism, Gave up, The hands that feed y Head like a hole, mientras que el bis final rebosa intensidad con la siempre emocionante Hurt -que Johnny Cash ayudó a popularizar aún más con su recordada versión-. Hay consenso entre los asistentes en señalar a Nine Inch Nails como unos de los vencedores de esta tercera edición del Mad Cool y lo cierto es que algo pasó durante su recital, pues el propio Trent Reznor admitió que se habían superado sus expectativas.
La noche aún tenía más con la diva del pop Dua Lipa y el regreso de los desaparecidos Jet bien entrada la madrugada mientras el público abandonaba escalonadamente el recinto. En la memoria quedan ya las imágenes de ese túnel abarrotado de gente en el que pudo pasar cualquier cosa en la tarde del jueves con miles de asistentes de los nervios a casi cuarenta grados tratando de entrar el festival. Un inicio definitivamente caótico pero por fortuna superado, con una organización que fue mejorando cada día y con un balance musical como poco de notable alto. Aunque al reunir a 80.000 personas, siempre está la sensación de que puede pasar algo en cualquier momento, como por ejemplo que un autobús que transporta asistentes tenga un accidente a las seis de la mañana y quedé colgado de un puente. Por fortuna iba sin pasajeros y todo quedó en un susto para el conductor. Por fortuna todo lo que podría haber pasado quedó en nada y la música terminó poniendo orden.