Aviso: Esta noticia tiene más de un año. Última actualización: 11/03/2010 17:59
Pero el problema no está en los estudiantes radicales, o no sólo en ellos. Es toda una generación que ha crecido al margen del sistema para mal o para peor. El grupo mayoritario es el de "para mal" y lo componen una mayoría demasiado significativa que no tiene ningún interés en el hecho de vivir en sociedad y de cómo organizarse para eso; quiero decir que pasan de la política como si la política no les afectase y hemos sido nosotros, los medios y los propios políticos, los que a fuerza de sectarismo, demagogia y visceralidad les hemos presentado un panorama no sólo poco apetecible sino francamente rechazable. ¿Cómo asombrarse ahora de que desconfíen de todo?
Luego está el grupo menos numeroso de los de "para peor" que son los que han visto -por centrarnos en Cataluña- cómo el partido mayoritariamente votado allí firmaba nada menos que ante notario que nunca pactaría con el PP, cómo el PSC comparte moqueta con Esquerra o cómo se utiliza un club de fútbol para lanzarse a una extraña carrera política. Son los hijos de los que no rotulan en catalán o de quienes les delatan por no hacerlo, los que creen que quemando banderas o silenciando opiniones se alcanza la libertad.
Y esto es lo que hay y así nos va. Que venga luego Willy Toledo a descubrirnos que en España hay decenas de cárceles secretas, pues, la verdad, es casi una anécdota. No creo que este sea el mejor de los caminos para nadie; es de sobra conocida la historia del lechero llamando a las 5 de la mañana para definir la democracia. Pero lo contrario podría llegar a ser esta nueva tradición: cuando en una universidad no hay posibilidad de expresarse libremente y de confrontar las ideas, la democracia empieza a oler mal.
Andrés Aberasturi