Aviso: Esta noticia tiene más de un año. Última actualización: 25/02/2010 14:56
Lo han dicho esta semana los jubilados, que no hay nada mejor que sentirse útil y apto para el trabajo a cualesquiera edad, pero que la fecha de jubilación debería ser flexible y voluntaria. Y han denunciado la epidemia de prejubilaciones no sólo por atentar contra el derecho al trabajo (no al dinero), que es lo que nos da nuestro lugar en el mundo y nos permite relacionarnos en términos de igualdad con los mundos de alrededor, sino por atentar, más brutalmente si cabe, contra la Nación, que necesita de todos, del esfuerzo, de la ilusión, del talento, de la experiencia y del trabajo de todos.
Con la prejubilación, remunerada a precio de oro, de los trabajadores maduros de RTVE, se puerilizaron inevitablemente los contenidos de la televisión y la radio públicas, y no digo que se rejuvenecieron porque hoy, como se sabe, parecen abolidas las edades intermedias entre la adolescencia y la madurez talluda. El caso es que, mientras se pretende que sólo los entusiastas y los pringados curren hasta el último aliento, se sigue fomentando, o permitiendo, que a la gente se la mande a jugar a la brisca y a contemplar las obras de la calle cuando se hallan no sólo en plenitud física y mental, sino en ese estadio de la vida donde la experiencia, el vigor y la pericia, coaligados, pueden rozar la excelencia en el trabajo. Busque el Gobierno el modo de cumplir con la exigencia constitucional de que haya trabajo para todos y respete la libertad, tan frágil y amenazada, del trabajador.
Rafael Torres