Azita Rafaat y la incansable lucha por los derechos de las mujeres en Afganistán

 
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Azita Rafaat y la incansable lucha por los derechos de las mujeres en Afganistán

La activista afgana Azita Rafaat
EUROPA PRESS
Actualizado 07/10/2016 9:37:03 CET

Llegó a ocupar uno de los primeros escaños para mujeres pero las amenazas le han obligado a huir a Suecia

MADRID, 7 Oct. (EUROPA PRESS) -

Azita Rafaat, una conocida activista afgana, ha reclamado a Europa que mantenga la presión sobre el Gobierno de Ashraf Ghani para garantizar el progresivo reconocimiento y respeto de los derechos de las mujeres, de modo que sus compatriotas puedan transitar por un camino con menos obstáculos que los que ella ha tenido que superar para hacer oír su voz.

De niña soñaba con ser médico. Nació en una familia educada, con otras tres hermanas y un hermano, todos criados en la igualdad por un matrimonio de profesores. De los libros de la biblioteca de su padre sobre Margaret Thatcher, Martin Luther King y Mahatma Gandhi sacó la idea de que "podía hacer lo quisiera en la vida".

"Articulé mi propio plan: estudiaría medicina en la universidad y cuando tuviera 40 años empezaría mi actividad política como embajadora de Afganistán" para desde ahí ir escalando posiciones hasta el Gobierno, cuenta, en una entrevista concedida a Europa Press en el marco del ciclo de conferencias 'Mujeres contra la impunidad' 2016 de la Casa Encendida.

El futuro que había ideado en su infancia se borró de un plumazo con la llegada del régimen talibán. Su padre, aún siendo un hombre cultivado, decidió casarla con su primo hermano para asegurar su bienestar. Azita quedó atrapada en un matrimonio forzado que cambiaría su vida.

"Era una situación terrible", recuerda. Se mudó con su marido y la familia de éste a un pueblo donde no tenía electricidad ni agua corriente. "Tenía que empezar a vivir como una mujer normal, con un montón de órdenes que debía esperar y cumplir", relata.

En realidad, el objetivo de ese matrimonio era que Azita diera un hijo varón a su marido, que con su primera mujer solo había tenido una niña. "Querían que les diera un niño, como si eso estuviera en mi mano", lamenta. La primera decepción llegó con el primer embarazo, dos niñas. Y se multiplicó con los dos siguientes, con otras dos.

La presión para volver a quedarse embarazada con la remota posibilidad de que diera a luz a un niño ya era insoportable --incluso intentó suicidarse tres veces--, así que Azita tomó una decisión drástica: vestiría a su hija pequeña como un niño.

Aunque pueda parecer algo excéntrico, es una práctica habitual en Afganistán. Las 'bacha posh', como se conoce a estas niñas travestidas, son un alivio temporal para las familias que solo conciben niñas, a la que la sociedad afgana ve como una mera "mercancía" para vender a los hombres, únicos capaces de sacar adelante a los suyos.

"Mi hija pequeña ha crecido como un niño durante seis años, desde los 6 a los 12, para que mi marido viera que una niña podía ser tan fuerte como un niño, que podía hacer lo mismo", explica. Gracias a ese disfraz masculino, su hija disfrutó de una libertad inalcanzable para cualquier niña afgana. Pudo salir a la calle sola y jugar con otros niños.

"Ha sido algo bueno", sostiene Azita. "Ahora, cuando ha vuelto a ser una niña, es más valiente que mis otras hijas. No le da miedo expresarse, decir lo que piensa. Es lo suficientemente fuerte para hacer cualquier cosa extraordinaria", afirma.

SALTO A LA POLÍTICA

Las dificultades en casa no impidieron que Azita se abriera paso en la política afgana. Cubierta por un burka pronunció su primer alegato para dar a conocer las necesidades de su pequeña comunidad y llamó la atención del Partido Derechos y Justicia, que la fichó para la política nacional.

"Empecé a convertirme en una persona conocida. Conseguí una posición fuerte", destaca. Incluso logró convertirse en una de las primeras diputadas afganas y aprovechó esa tribuna privilegiada para reivindicar los derechos de las mujeres.

El éxito social vino acompañado de un alto coste. Un coste, literalmente, porque tuvo que llegar a un acuerdo con su marido para que, a cambio de que la permitiera desarrollar su faceta política, le pagara 3.000 dólares mensuales por hacer de chófer para ella y sus hijas. "Tuve que comprar mi libertad para ser una parte importante de la sociedad", subraya.

"Soportaba eso porque no tenía otra opción", indica. Azita quería evitar que su marido fuera a los medios de comunicación a difamarla y destruir así una reputación pública que le había costado mucho sacrificio forjar. "Quería ser una buena política, sin trapos sucios", recalca.

Pero sobre todo quería evitar un divorcio que le haría perder la custodia de sus hijas, conforme a la ley afgana. "¿Y quién quiere perder el mayor tesoro de su vida? Así que el único camino posible es volver (con tu marido) y seguir sacrificándote", denuncia.

"EL PROBLEMA NO ES EL BURKA"

Llegó un punto, hace un par de años, que Azita no pudo aguantar más. A la presión de su propio marido se sumaron las amenazas contra ella y sus hijas por el mensaje revolucionario que representaba para una sociedad demasiado conservadora.

Azita, de 38 años, cogió a sus cuatro hijas y se mudó a Suecia, donde trabaja como profesora y ayuda a la comunidad de refugiados afganos en el país nórdico con el idioma y con las gestiones burocráticas. "Mi lugar ha cambiado, pero mi compromiso no", afirma.

Su experiencia personal le ha servido para aprender que "a pesar de las dificultades nunca debes olvidar tus sueños ni dejar de creer en ti". Azita admite que quizá esto ha sido más fácil para ella, que recibió una educación moderna, e insiste en poner el foco en las demás afganas.

"Yo no hablo como Azita Rafaat, tengo una voz fuerte. Hablo por las miles de mujeres que nacen en silencio y mueren en silencio. Porque si una mujer como yo ha sufrido estas cosas, imagina cómo es la vida de la mayoría de las mujeres afganas", resalta.

"Cuando voy a conferencias internacionales muchas veces se habla del burka" como principal problema de las mujeres afganas, "pero el burka no es el problema, es la falta de derechos", sostiene. Y la solución es "una educación adecuada", que trate a todos los niños como seres humanos, dejando a un lado su género.

La comunidad internacional ha aprobado esta semana, en una conferencia organizada por la UE, una ayuda adicional de 15.200 millones de dólares para el desarrollo de Afganistán. Azita pide a Europa que se mantenga vigilante para "garantizar que el dinero se gasta en las políticas que debe gastarse", entre ellas la promoción de los derechos de las mujeres.

Azita demanda también un mayor activismo social en los países desarrollados. "Hay muchas mujeres europeas, muchas activistas, que han olvidado que si no permanecemos unidas como una cadena (...) no podremos seguir firmes. Necesitamos una hermandad fuerte", demanda.

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