Los conflictos sin fin: República Democrática del Congo y sus víctimas

Desplazados en RDC
ENTRECULTURAS
Actualizado 24/04/2017 9:04:06 CET

MADRID, 23 Abr. (Por Cristina Fernández-Durán, responsable de Acción Humanitaria en Entreculturas) -

Más de 65 millones de personas se han visto forzadas a dejar su propia tierra a causa de conflictos armados, situaciones de violencia generalizada, regímenes opresivos o desastres naturales. Son las cifras más altas en décadas y su tendencia es creciente. La mayoría (40,8 millones de personas) son desplazadas internas, 21,3 millones son refugiadas y 3,2 millones son solicitantes de asilo, a la espera de una resolución de sus solicitudes. A diferencia de las personas refugiadas, los desplazados internos no cruzan fronteras internacionales en su huída, sino que se quedan dentro de su propio país.

El número de personas desplazadas en el mundo es creciente debido a la gravedad de nuevos conflictos --desgraciadamente no tan nuevos ya-- como Siria y Yemen así como por la prolongación en el tiempo de conflictos anteriores.

El continente africano cuenta con varios ejemplos de estas crisis crónicas, también llamadas crisis complejas, en las que picos de conflicto armado se alternan con situaciones estructurales de violencia e inseguridad, alimentadas por intereses económicos y políticos.

La complejidad también deriva de la convivencia de los conflictos con otras causas estructurales, como el cambio climático en el Sahel o el tráfico de armas, que generan círculos crecientes de inseguridad alimentaria y desplazamientos. En estos contextos, el retorno de los desplazados a sus hogares es muy difícil que se produzca y, de hecho, son frecuentes los nuevos desplazamientos.

Aterricemos estas cifras. En el centro de África, en el este de la República Democrática de Congo (RDC) se encuentra el territorio de Masisi, un lugar donde el sufrimiento derivado de los conflictos y el desplazamiento se encarna en rostros concretos.

El camino que lleva de Goma a Masisi reta a todo el que decida emprenderlo: barro y baches, uno tras otro, van abriendo paso a un paisaje de una belleza extraordinaria. Montañas y colinas se alternan con amplias praderas y frondosa vegetación. Y desperdigados por el monte y adaptándose al paisaje, siempre cerca de algún pueblo, se encuentran los campos o asentamientos de desplazados.

KIVU NORTE

Estamos en la región de Kivu Norte, provincia fronteriza con Ruanda, famosa por su riqueza mineral pero, también, por su protagonismo en el conflicto que asola el país desde hace más de dos décadas. Dos grandes guerras que han provocado una de las crisis humanitarias más grandes, enconadas y complejas del mundo.

Un lugar donde se cumple "la maldición de los recursos" y que alberga a casi 900.000 desplazados, que viven con familiares y amigos o en campos de desplazados. Unas colinas que también esconden decenas de grupos armados irregulares, claro signo de que el conflicto sigue candente y sin perspectivas de mejora en 2017.

Estos días, por ejemplo, es noticia internacional la brutal violencia entre fuerzas rebeldes y gubernamentales en la provincia de Kasai y los miles de nuevos desplazamientos que ello está originando.

Es una crisis que no termina, cuyas causas y consecuencias se entremezclan creando nuevas causas y donde la presencia de las fuerzas de mantenimiento de paz y de agencias humanitarias de Naciones Unidas, así como de organizaciones locales e internacionales forman parte del paisaje natural. El desplazamiento de la población civil está integrado en el modo de vida en Kivu Norte, dos de cada diez personas se han visto obligadas a huir y desplazarse entre 2009 y 2016. Son ellos quienes, claramente, salen perdiendo. Perdiéndolo todo.

CONFLICTOS CRÓNICOS Y SILENCIADOS

Al ser conflictos crónicos, se silencian, pierden atención y la financiación internacional les da la espalda. Pero la crisis humanitaria perdura, el tránsito de la ayuda humanitaria al desarrollo en un contexto de desplazamiento forzado es muy difícil, las posibilidades de que los desplazados alcancen autonomía y una vida digna en lugares transitorios son poco probables.

No tienen acceso a tierras, viven en frágiles chozas a pesar de llevar años desplazados y dependen de organizaciones humanitarias infra financiadas para el acceso a servicios básicos. Una población mayoritariamente femenina sometida, sin tregua, a la más brutal de las vulneraciones, la violencia sexual.

De lugares como éste vienen las personas que llegan a nuestras fronteras europeas cada día --las pocas que se arriesgan al viaje y consiguen llegar--, huyendo de conflictos que no dejan hueco a la esperanza. De la República Democrática de Congo venían, por ejemplo, el pequeño Samuel Kabamaba, el niño de 6 años que apareció muerto en la costa gaditana el pasado enero y su madre.

En un mundo en el que todo está interconectado, los conflictos son una amenaza para la seguridad de Europa, pero mucho más lo son para las poblaciones de los países afectados. El mundo debe intensificar sus esfuerzos en favor de la paz y detener conflictos armados como el de Siria, Yemen, Sudán del Sur o República Democrática de Congo.

Pero, mientras tanto, sus víctimas sufren y necesitan ayuda humanitaria para cubrir sus necesidades básicas. Desde Entreculturas, junto con el Servicio Jesuita a Refugiados, nos esforzamos por incorporar a la ayuda humanitaria un enfoque más amplio que vaya reduciendo progresivamente la vulnerabilidad y fortaleciendo la resiliencia de estas poblaciones.

También, en paralelo, impulsamos programas de desarrollo que permitan mayor autonomía de los desplazados y, con ello, un mayor reconocimiento de su dignidad humana. Esta mirada más amplia de la Acción Humanitaria es la que viene recogida en los compromisos adoptados hace un año en la Cumbre Humanitaria Mundial de Estambul.

Nuestra responsabilidad es doble, la que nos pide que no apartemos los ojos de las causas de los conflictos ni tampoco de las personas, de los rostros concretos.

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