La revolución silenciosa de las mujeres sirias refugiadas en Líbano

Mujeres sirias
EUROPA PRESS
Actualizado 06/04/2017 13:06:13 CET

BEIRUT (LÍBANO), 6 Abril

           - De los enviados especiales de Europa Press Chema Villanueva             y F. Javier Martínez -

Las mujeres sirias que han llegado al Líbano huyendo de la guerra en su país están viviendo un cambio radical en sus vidas. No solo por lo evidente -cambiar de país, abandonar a sus familia y amigos, adaptarse a una nueva sociedad-, sino porque muchas están haciendo cosas que hasta ahora se les habían negado por el hecho de ser mujeres, como poder andar solas por la calle sin su marido, trabajar, hablar con un desconocido o acudir a matricular a sus hijos a la escuela.

Este cambio de rol no se debe a que su entorno viva una repentina transformación cultural, sino a una cuestión de necesidad: la mayoría de los hombres sirios que viven en Líbano no cuenta con 'papeles', por lo que no salen de casa ante el miedo a ser detenidos por las autoridades libanesas, mientras que las mujeres pueden circular por las calles con seguridad porque en algunos países árabes "no se habla a las mujeres".

Así lo explica a Europa Press la egipcia Imam Abdullah, trabajadora social y directora del Centro de Adultos del Jesuit Refugee Service (JRS) en Beirut, un centro de atención, asesoramiento y formación para refugiados sirios, que cuenta con la financiación de la ONG española Entreculturas.

"En Siria las mujeres no podían moverse de una casa a otra sin su marido y, de repente, se les pide que vayan a otro país, que busquen trabajo, que encuentren una asociación, que busquen ayuda, un colegio para los niños, todo".

Es un cambio radical que al principio genera "mucho sufrimiento a las mujeres", porque se enfrentan a cosas que no han hecho nunca. Pasan de no haber podido hacer nada fuera de casa a hacerlo todo.

Pero lo positivo -asegura Iman- es que es un proceso de emancipación de la mujer y de conquista social que no tiene retorno. "Cuando las mujeres vuelvan a Siria cuando termine la guerra, no serán las mujeres de antes, volverán a su país distintas", desempeñando un rol diferente. "Y este cambio también marcará el papel de la mujer en las futuras generaciones", augura Imam Abdullah.

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DESTROZADAS POR LA GUERRA

A este centro de atención acuden muchas veces mujeres que están destrozadas, que han visto y sufrido el horror de la guerra. En las conversaciones con ellas se refleja claramente su estado de alerta permanente, su tristeza, estrés, angustia y en algunos casos desesperación. Pero también su espíritu de lucha: "Estoy muy cansada pero dispuesta a seguir cansándome por mis hijos", manifiesta Fatoum Al Ahmud.

Esta mujer de 35 años pero que aparenta muchos más explica que "lo peor de la guerra son los bombardeos, el hecho de oír el ataque, da más miedo oír el ataque que verlo, porque no sabes dónde va a caer". "Los niños y yo nos íbamos de una habitación a otro en función del ruido del avión, así una y otra vez. Dormíamos pero no descansábamos", relata.

Sinduz, de 16 años, cuenta -con una dignidad y contención que desarma- cómo la guerra ha roto su vida y la de su familia. "Quería estudiar para ser farmacéutica, pero ahora solo puedo ser peluquera. Mi situación emocional está por debajo de cero. La vida ya no es bonita después de lo que hemos visto, después de lo que hemos pasado. Odio al responsable de la guerra", asevera.

Estas mujeres han huido de Siria -donde hasta la guerra vivían "tranquilamente"- y ahora en Líbano sienten la presión de tener que encontrar trabajo, poder pagar el alquiler de unas casas en las que a menudo viven varias familias juntas, atender a unos hijos que en muchos casos sufren las secuelas psicológicas de la guerra.

Tal es la presión y el sufrimiento, que muchas familias -por macabro que parezca- están pensando en volver a una Siria que se encuentra en plena guerra.


RECUPERAR LA PERSONA HERIDA

Para tratar de hacer su vida en Líbano más fácil, en el centro de los jesuitas estas mujeres reciben clases de matemáticas, informática o incluso de alfabetización de árabe, porque muchas mujeres no saben ni leer ni escribir. "Algunas no han podido matricular a sus hijos en la escuela porque no sabían leer en el tablón de anuncios del colegio qué día se hacía la matricula", ejemplifica la directora del centro.

También aprenden un oficio a través de los tallares de maquillaje, manicura o peluquería -este último también hay para hombres-. De este modo pueden realizar pequeños trabajos -de forma ilegal- a familiares o vecinos, lo que supone -además una fuente de ingresos para la familia- un "considerable aumento de la autoestima de estas mujeres", quienes descubren que tienen unas habilidades y capacidades que nunca habían desarrollado, explica la directora.

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El centro también organiza grupos de atención psicosocial en los que las mujeres comparten qué problemas tienen y cómo se sienten, lo que ha supuesto otro de los grandes hitos en su proceso de transformación. "Hasta ahora eran mujeres que nunca habían hablado de sus problemas y de sus sentimientos", sostiene Imán.

"Son reuniones muy intensas desde el punto de vista psicológica, en las que les animo a las mujeres a que hablen sobre todo lo que estén sufriendo, lo que les pasa, lo que sienten... Al principio fue muy duro hacer que las mujeres sirias hablasen sobre su familia o sus sentimientos pero ahora hemos alcanzado un buen escenario. Saben que aquí se puede hablar de todo, sienten que éste es un lugar seguro".

En el grupo se comparten momentos de gran sufrimiento. "Llegan mujeres al grupo y cuentan llorando que un familiar suyo que vive en Alepo ha muerto. Sufren mucho por sus familiares que están en Siria y por las horribles imágenes que ven. Es una situación muy dura", afirma.

"Yo sé que están sufriendo pero no puedo pararme y decir 'vale, vamos a llorar'. No podemos cambiar las cosas. Gracias a Dios estamos vivas, nuestros hijos están aquí y estamos en un lugar seguro y tenemos que pensar de manera positiva", señala.


LA TRANSFORMACIÓN DEL HOMBRE

El centro del JRS decidió invitar a los maridos de estas mujeres para poder trabajar conjuntamente los problemas familiares. Según explica Imán, algunos se resisten y no acuden al centro, mientras que otros están asistiendo a los grupos y también están viviendo su propio proceso de transformación.

“Cuando iniciamos las reuniones entre maridos y esposas, algunos de los maridos rechazaban ir porque era un lugar donde estaba su mujer junto con otros hombres, aunque también fueran sirios”.

Imán trabaja por deshacer los prejuicios con los que acuden los hombres sirios –“por lo general los sirios consideran que la mujer no sabe nada y no sabe hacer nada”—y favorecer la compresión mutua de la empatía y la escucha --“cuando vienen me dicen que sus mujeres ‘están todo el tiempo están enfadas, gritando, lloran’ y yo digo está bien, está bien, tienes razón, pero tienes que entender la razón de eso”--. 

Y es en los grupos, escuchándose, donde comienzan a comprenderse. “Ellos vienen y hablamos de algún tema de la familia y ellos escuchan a sus esposas y eso es algo muy importante, el hecho de que se estén escuchando mutuamente”.

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Los hombres –explica- también se encuentran en una situación muy complicada: tienen miedo a salir de casa porque están ‘sin papeles’, no encuentran trabajo y no pueden hacer frente a los gastos de su familia. Sienten que no están cumpliendo su cometido como padre de familia, provocándoles una enorme frustración a la que hay que añadir el estrés y la inseguridad permanente que han vivido por la guerra.

“La mayoría de los hombres está sufriendo. En la última reunión estuvimos hablando sobre cómo controlar la furia. Algunos de ellos decían: ‘Sí, me siento furioso porque no encuentro trabajo, porque no puedo pagar el alquiler’.  Yo les respondo: Cuando golpeas a tus hijos, cuando gritas a tu mujer ¿qué consigues? Haces que toda tu familia esté enfadada, no hay nadie que te quiera, les dije. Y ante esto todos te dicen: ‘sí, tienes razón’. Entonces todos nos pusimos de acuerdo en que había que encontrar otra manera de reducir ese enfado, y canalizar esa furia y el estrés de otra manera”.

Por eso, con los hombres trabajan cómo regularse emocionalmente cuando sienten momentos intensos de ira, rabia o frustración para así evitar pegar y gritar a su mujer y a sus hijos. “Y si se los saltan sus esposas se lo recuerdan: ‘Dijiste en el grupo que cuando te enfadaras saldrías fuera a andar’ y entonces él responde ‘Sí, tienes razón’. En general, no son hombres malos pero se encuentran en una mala situación, eso es todo”.

“Y cuando la mujer trata de crear en el hogar un ambiente acogedor y cómodo para el hombre, él por supuesto siente que hay apoyo y eso le hará pensar que es una mala idea descargar toda esa furia sobre su familia”, agrega.

Para poder trabajar con los hombres, la directora del centro también acude a las casas de estas mujeres para conocer y charlar con sus maridos.

“Fui a casa de un hombre que maltrataba a su esposa. Comencé a hablar con él, le conté cómo ella vino a nuestra asociación para pedir ayuda para sus hijos y para ella, y le felicité porque contaba con una mujer muy buena. Él me dijo que sí pero que se encontraba en una mala situación. Le pedí que viniera a la asociación, me visitó y hemos hablado de muchas cosas. Este hombre ha ido cambiando y ahora se dirige a su mujer de muy buenas maneras. La mujer volvió donde mí y me dijo que su marido le decía continuamente ‘te quiero’, algo muy difícil para un hombre sirio”.

Y es que también los hombres están cambiando. “Mi marido ahora me respeta” es la frase que refleja a la perfección esta metamorfosis.

Al igual que es imposible que el agua de un río pase dos veces por el mismo sitio, tampoco estos hombres y mujeres cuando vuelvan a Siria -¿cuándo decidirán los dirigentes políticos internacionales el cese de la guerra?-  serán y se relacionarán como lo hacían antes. Y las generaciones siguientes crecerán en un clima de mayor respeto mutuo e igualdad. Son cambios sin retorno, saltos de gigante en el desarrollo humano en medio de una guerra que sigue causando un dolor insondable.

Edición de Vídeo: Haridian Ortiz

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