La sequía arruina a la población incapaz de desplazarse en el cilma extremo de India

Trabajador en India
THOMSON REUTERS FOUNDATION/ROLI SRIVASTAVA
Publicado 01/04/2018 9:15:15CET

Las personas estáticas se convierten en la víctima silenciosa del cambio climático.

KHARKHARA, 1 Abr. (Fundación Thomson Reuters/EP) -

El empeoramiento vinculado al cambio climático de los climas más extremos no solo está desarraigando a las personas de sus hogares, sino que afectan en igual medida a quienes simplemente son demasiado pobres para desplazarse.

En la localidad india de Kharkhara, Dharua y su esposo Maheshwar se quedaron en casa incluso cuando sus familiares emigraron. Sus vecinos también se marcharon hace un par de años.

"Más de la mitad de la gente ha emigrado. Pero no conozco cómo usar el horno de ladrillos y me siento débil. Nunca he salido de esta aldea y no puedo irme ahora", ha lamentado Dharua.

Odisha, el estado donde viven, es uno de los más pobres de la India, y tiene una de las tasas de migración más altas, a menudo potenciadas por la sequía y la falta general de puestos de trabajo. Se estima que 500.000 personas migran de esta parte del estado cada año, más de la mitad, para trabajar en estos hornos.

La región occidental del estado, donde se encuentra Kharkhara, ha estado lidiando con escasas lluvias durante años, pero el déficit de lluvia en los últimos tres años se ha triplicado, según las cifras oficiales.

En las últimas dos décadas, las precipitaciones han disminuido sustancialmente, empeorando en los últimos años, según Sarat Chandra Sahu, director de la oficina meteorológica en Odisha. En 2017, el distrito de Balangir registró solo 840 mm de lluvia, frente a los 1.200 de otros años.

A medida que las granjas se han marchitado y los agricultores se han ido, los aldeanos que se quedaron se volcaron en los bosques del área para sobrevivir, talando árboles de teca para vender madera a los comerciantes y limpiando la tierra para cultivar algodón.

Pero la pérdida del verde ha vuelto las aldeas más cálidas, y los repentinos aguaceros que una vez humedecieron la tierra se han detenido, según los responsables de los departamentos forestales y meteorológicos de Odisha.

"Cualquier migración de emergencia en cualquier parte del mundo está enraizada en el hambre y el sufrimiento, y los que quedan son los que más sufren", según Umi Daniel, experto en migración y director regional de Aide et Action International, una organización suiza.

"Las familias que quedan en aldeas como Kharkhara son más vulnerables. Tienen poco acceso a alimentos y sus familiares les dejan solo un poco de dinero", ha añadido Daniel, que ha estado siguiendo la migración desde el oeste de Odisha a los hornos de ladrillos. "Las personas mayores se mueren aquí, en estos pueblos, porque no hay nadie allí para cuidarlos", ha lamentado.

DURAS DECISIONES

Kumar Gwal, de 40 años, uno de los que ha permanecido en Kharkhara, explica que la decisión de quedarse no fue fácil. Hasta hace tres años la tierra producía suficiente arroz para alimentar a su familia, de seis personas, durante la mayor parte del año.

Pero en los últimos tres años, cuando las cosechas fallaron, Gwal tuvo que depender casi por completo del trabajo diario para sobrevivir. Él gana de 100 a 150 rupias (entre un euro y medio y dos euros) por día y le preocupa que su familia tenga hambre.

"Los agentes me dicen que si me voy a trabajar en un horno de ladrillos, haré 100,000 rupias indias (1.500 euros) en efectivo y por adelantado". Lo suficiente, piensa, para comprar una motocicleta y construir una casa de cemento.

A unos 20 km. de Kharkhara está la ciudad de Kantabanji, donde a los trabajadores se les ofrece un préstamo en efectivo basado en la cantidad de miembros sanos de sus familias que pueden ir a trabajar al horno de ladrillos.

Esa esclavitud de la deuda que generan los hornos de ladrillos ha estado ocurriendo desde 1987 por falta de otras oportunidades de trabajo, según Bishnu Sharma, un abogado de Kantabanji que ayuda a los trabajadores migrantes. "Pero está aumentando cada año", ha avisado.

Gwal ha confesado que le entró la tentación de irse el año pasado después de que su pequeño pedazo de tierra de cultivo se secara por completo. "Pero pensé que arruinaría el futuro de mis hijos si me fuera ya que van a la escuela y hay fondos del gobierno para su educación", ha explicado. Uno de sus hijos sufre parálisis. "También pensé que podría llover este año", lamenta.