Un superhéroe sirio refugiado en Jordania

Mohamad preparando el pan seco
EUROPA PRESS
Actualizado 13/03/2018 13:49:11 CET

El 80% de los refugiados sirios en el país ha optado por mudarse a las ciudades para medrar

   IRBID (JORDANIA), 13 Mar. (De la enviada especial de Europa Press, Rocío Martínez Posada) -

   Mohamad parece un joven más. Pelo cortado a la moda y ropa deportiva. Nada hace sospechar que la historia de su familia reúne como pocas todos los ingredientes de la tragedia siria. Es uno de los más de 650.000 refugiados que han escapado a Jordania. Este es su cuarto año y, aunque le gustaría volver, esa meta es aún muy lejana. De momento, lucha por sobrevivir.

   La guerra en Sira enfila su séptimo aniversario y lo hace en medio de una escalada de violencia tal que ha obligado a la comunidad internacional a volver su mirada hacia los cerca de 400.000 habitantes del enclave rebelde de Ghuta Oriental, sitiados, bombardeados y sin apenas ayuda humanitaria.

   Se trata de una potente ofensiva que ha dado buenos resultados en el pasado. Uno de los primeros escenarios fue Homs, en el flanco oeste de Siria, en la frontera con Jordania. Con el estallido de los combates, en 2011, el régimen de Bashar al Assad se propuso sofocar este bastión opositor y, tres años después, lo consiguió reduciendo a un tercio su población, entre muertos y desplazados.

   La familia de Mohamad aguantó hasta 2014. Sus negocios de electrónica y joyería anclaron al matrimonio y sus siete hijos en Homs. Pero los enfrentamientos acabaron por hacer insoportable la rutina diaria. "No había forma de seguir allí. Era demasiado peligroso", cuenta el joven de 21 años.

Foto: Mohamad junto a su madre y su hermana pequeña (Europa Press)

   Empaquetaron lo imprescindible y huyeron a Al Shababeyah, otra ciudad de la provincia de Homs, donde tenían parientes. La situación no mejoró. Najwa, la madre, recuerda cómo los soldados se llevaban a gente como supuestos miembros de Estado Islámico. "Vi cómo cogían a un niño de 10 años que estaba en la calle. Me pidió a gritos que le dijera a sus padres lo que estaba pasando", relata.

   El propio padre de Mohamad estuvo nueve meses encarcelado acusado de luchar para los milicianos islamistas. Najwa temía que el siguiente fuera su hijo, que entonces tenía 13 años. Esa fue la gota que colmó el vaso. A su salida de prisión, hicieron de nuevo las maletas y esta vez para abandonar su país.

"Les dimos pena porque mi abuela iba en silla de ruedas"

   Cruzaron a Jordania escondidos en un camión para ganado, ocultos entre las ovejas. Los militares jordanos les descubrieron en el paso fronterizo de Ruwayshed y, aunque carecían de documentos legales de viaje, se apiadaron de ellos y les dejaron avanzar. "Les dimos pena porque mi abuela iba en silla de ruedas", apostilla Mohamad.

   En el reino hachemita estuvieron varios meses dando tumbos. Recalaron en el campo de Zaatari, un gigante que acoge a cerca de 80.000 sirios, algunos de los cuales no tienen autorización para salir porque las autoridades jordanas creen que son yihadistas. "Había gente mala", afirma Najwa. Duraron solo un día, tiempo suficiente para que les reconocieran su estatus de refugiados.

NUEVA VIDA EN IRBID

   Para Mohamad y los suyos su vida en Jordania comenzó verdaderamente en Irdib, una zona rural del norte del país, ubicada tan solo a unos 30 kilómetros de Siria, donde ya había algunos familiares que les habían precedido en la diáspora.

   Las cosas arrancaron el año pasado, cuando Acción contra el Hambre (ACH) le seleccionó para uno de sus proyectos. Le consiguió un permiso de trabajo y un contrato en una cooperativa local que le empleó por un máximo de 50 días a cambio de entre 12 y 15 dólares jordanos (14 y 17 euros) la jornada. Debía dedicarse a recoger basura pero "su buena actitud" hizo que le promocionaran, explica Ala Azaizeh, asesora técnica de la ONG. "Eso supuso más dinero para su familia", subraya.

Foto: Sitra, la hermana pequeña de Mohamad (Europa Press)

La cooperante destaca que Mohamad se esforzó al máximo por integrarse. Este programa de 'dinero por trabajo' intenta beneficiar por igual a los refugiados sirios y a los jordanos que sufren condiciones similares de pobreza para evitar fricciones entre ambas comunidades. "Él quiso trabajar con todos", valora Azaizeh.

   Su familia ha sufrido en primera persona la vendetta. Una de las razones por las que no pueden volver a Siria es que su casa -si es que algo queda en pie-- ya no les pertenece. A muchos suníes les han quitado sus propiedades, denuncia Mohamad. Su madre sostiene que solo por su apariencia "musulmana" las autoridades sirias se negaron a darle documentos de identidad para sus hijos cuando eran desplazados internos.

   "Antes no había problemas entre vecinos. No había problemas entre religiones. Han creado esas rivalidades", lamenta Mohamed, que conoció un país donde, si bien la élite gobernante (los Al Assad) era alauí --una rama chií del islam-- todos los credos y etnias convivían en paz.

EL SUEÑO DE MOHAMAD

   El desmoronamiento de este ideal y la cruda realidad como refugiados fue, precisamente, lo que acabó con su hermano pequeño. "Desde que llegamos a Jordania estaba triste". Perdió el apetito y el gusto por las cosas propias de su edad. Un día escucharon un golpe en la cocina. Era este adolescente de 16 años, que murió fulminado por un infarto. Mohamed dice que fue la pena.

   La ausencia de su hermano menor y dos padres cerca de la sesentena con graves problemas de salud le han convertido en el cabeza de familia. Cuando concluyó su trabajo con ACH se esfumaron también los únicos ingresos de la casa. Ahora se las ingenia para conseguir restos de pan que seca al sol en la azotea de su edificio y revende como comida para animales.

   Este modesto 'negocio' le reporta entre 80 y 100 dinares jordanos (91 y 114 euros) al mes. A eso se suman los 80 que los servicios sociales entregan a la familia en concepto de ayuda al estudio para cuatro de sus cinco hermanas (20 por niña). Con todo ello, apenas cubren el alquiler -140 (170) mensuales--. Afortunadamente, comenta, cuentan con "un buen casero" que les fía.

   A los gastos médicos de sus padres, no llega. Su madre sufre osteoporosis y su padre tiene una afección cardiaca que atacó con un infarto hace poco. Salvó la vida porque en una farmacia le dieron gratis una pastilla y, para prevenir un nuevo episodio, permanece recluido en casa. No le queda aliento para subir los cuatro pisos.

   Interrogado sobre su futuro sonríe: "Solo puedo pensar en cómo llegar a mañana". Le gustaría volver a estudiar -hizo hasta bachillerato en Siria- pero su prioridad es que sus cuatro hermanas, de entre 7 y 17 años, sigan yendo a clase y que la más pequeña, Sitra, de cinco, pueda hacerlo cuando tenga la edad requerida. Ella, que solo puede intentar una sonrisa, lo está deseando.

   Se siente acogido por Jordania y, sobre todo, por los jordanos - "nos han ayudado en todo"--. Sin embargo, ambiciona algo más. La Organización Internacional para las Migraciones, de la ONU, le entrevistó con su familia hace dos años para valorar la posibilidad de enviarles a Estados Unidos, donde podrían operar a sus padres.

   Sabe que con el ascenso de Donald Trump a la Casa Blanca el programa de reubicación de refugiados se ha suspendido. Aún así no pierde la esperanza. Confía en seguir encontrando salidas para él y su familia. No soy un superhéroe, afirma, "solo tengo el sueño de poder trabajar y prosperar".