Talleres de formación para niños soldado, una esperanza para la reconciliación en Uganda

Louis Lakor, jefe taller juvenil en Uganda
FUNDACIÓN THOMSON REUTERS
Actualizado 12/05/2018 9:01:58 CET

Louis Lakor intenta convertirse en modelo a seguir como jefe de una escuela de formación juvenil para decenas de antiguos rebeldes.

AWACH (UGANDA), 12 May. (Thomson Reuters Foundation/EP) -

En dos décadas, Louis Lakor ha pasado de ser un niño soldado a convertirse en una de las esperanzas de decenas de jóvenes ugandeses para desintoxicarse de las lecciones aprendidas con las armas como director de un taller de formación profesional en el que sus alumnos aprenden mecánica, carpintería, peluquería o sastrería.

Su taller es un intento de restañar las heridas abiertas entre la población y los antiguos niños soldado, marginados por una sociedad que no les perdona las atrocidades que les obligaron a cometer. Su reintegración pasa convertirse en gente de provecho y motores de la economía local.

La historia de Lakor comenzó hace 20 años, con su secuestro durante un asalto de uno de los grupos armados más sangrientos del continente, el Ejército de Resistencia del Señor (el LRA), terror del norte de Uganda durante dos décadas hasta su expulsión en 2005.

Lakor fue obligado, según sus palabras "a disparar contra todo lo que viera, o de lo contrario me matarían", lamenta en una entrevista para la Fundación Thomson Reuters concedida a las cerca de su pueblo natal, Awach, a unos 60 kilómetros de la frontera con Sudán del Sur.

El protagonista de esta historia es consciente de que el LRA todavía no ha desaparecido. Sus miembros se encuentran refugiados en la selva que cubre las fronteras de su país, Sudán del Sur, República Centroafricana y República Democrática del Congo. Los combatientes viven con más de 100.000 muertos a sus espaldas y son responsables del desplazamiento de dos millones de personas.

Y también es consciente de la sensación de abandono que generó la decisión, tomada el año pasado por Estados Unidos y sus aliados africanos, de suspender la busca y captura del líder de la organización, Joseph Kony, imputado por crímenes contra la humanidad por el Tribunal Penal Internacional (TPI).

Para Lakor, la impunidad de la que disfruta Kony se suma a la carga que soporta desde hace años. Durante los cuatro años que fue obligado a servir, Lakor participó en asaltos contra escuelas y poblaciones. Su peor recuerdo, asegura, es el del mejor amigo que tuvo que asesinar cuando no pudo seguir el ritmo del resto del pelotón durante una marcha.

TRANSFORMACIÓN

Ahora con 27 años, Lakor recuerda el momento en el que las cosas comenzaron a cambiar. Primero tuvo que escapar del grupo, una proeza que realizó aprovechando un descuido de los guardias.

Lakor, que por entonces tenía 11 años, intentó al principio regresar a su pueblo natal, solo para descubrir a sus padres muertos y a los supervivientes con ganas de represalia contra el joven por su implicación en el grupo. Lakor tuvo que marcharse a la principal ciudad de la región, Gulu, con la mendicidad como única opción.

Fue allí donde conoció a Peter Owini Mwa, propietario de un taller mecánico de la ciudad de Gulu, la más importante de la región, donde mendigaba el joven. Lakor llevaba dos semanas sin comer cuando conoció a Mwa, quien le ofreció trabajo como limpiador en su negocio, Baka General Motors, y después le propuso convertirse en uno de sus mecánicos.

Ya formado, Lakor regresó una vez más a su pueblo solo para descubrir que las cosas no habían cambiado. "No había dinero, no había comida, y mi tío, que me había dado alojamiento, acabó echándome porque no podía aguantar tener a un ex rebelde bajo el mismo techo".

"Esta es la historia que cuento a los jóvenes a los que adiestro", comenta mientras pasea por su taller, donde los jóvenes trabajan el arte de la soldadura. "Les cuento de dónde vengo, les confieso que soy como ellos: sigo siendo un huérfano en busca de una forma de sobrevivir", explica.

VENGANZA Y RECONCILIACIÓN

Que los niños soldado disfrutan de una amnistía legal, pero no social ni económica, es un hecho consumado en África y una constante de su condición.

El "estigma" se debe a otra constante de los grupos que los utilizan: su estrategia de aniquilar el pueblo en el que los capturan para asegurarse de que nunca puedan regresar, bien por el odio que despiertan entre los supervivientes, bien porque no queda nadie con vida.

Además, en el caso de Uganda, el apoyo a los niños soldado se limita a aquellos que tenían más de 14 años cuando escaparon, el límite de la edad legal de responsabilidad criminal. Los pequeños que abandonaron las filas del LRA por debajo de esa edad no son acreedores de ningún tipo de ayuda. Por eso niños como Lakor quedan totalmente desprotegidos ante la adversidad.

Lakor fue afortunado por encontrar a Mwa, el resto de su vida ha progresado por iniciativa propia. En 2013, propuso a su jefe la posibilidad de entrenar a jóvenes que, como él, abandonaron el grupo armado. Más de 60 chicos y chicas trabajan ahora en el taller, una corrala al aire libre de Gulu.

Uno de ells es Denis Ochen, de 21 años, testigo de los habituales actos de canibalismo de los que se acusan al LRA. Otro es Godfrey Oloya, todavía con una bala alojada en su brazo, recuerdo de cuando escapó del grupo a los 7 años de edad.

Estos jóvenes suelen seguir el mismo camino que Lakor: regresar a sus pueblos y, si se lo permiten, levantar allí sus propios negocios. La idea es la de volver a sentirse útiles para la comunidad, a cambio de dinero e, igual de importante, la reconciliación.