La fiesta de los jueces

   El paro, la huelga, la falta de impulso a la actividad económica, la(s) crisis de Gobierno, el debate-negociación-cesión de los Presupuestos del Estado, la posible ruptura de la caja común de la Seguridad Social, las primarias, la reforma de las pensiones, una educación marcada por el fracaso escolar, la presunta corrupción en ámbitos políticos, un Gobierno débil, sin proyecto, una oposición que se limita a esperar el hundimiento del contrario... Y la Justicia. No es un tema menor en un panorama conflictivo y difícil que debería ser un acicate para políticos de raza. Si los hubiera.

   La Justicia es un instrumento básico para que el país funcione. Por primera vez en décadas se han dado pasos hacia una cierta modernización y la aplicación de las nuevas tecnologías frente a las pilas de legajos que son la realidad actual. Son pasos tímidos, pero importantes. La inseguridad jurídica -algo que subyace en este país- y algunos intentos de ceder más competencias del Estado a las  autonomías, sin los consensos necesarios ni los apoyos imprescindibles, siembran de minas el recorrido. Hay, no obstante, por primera vez también en muchos años, una sensación social clara de que esta justicia no funciona y una exigencia de mejora. La Justicia nunca ha dado votos -por eso los políticos no se han preocupado por ella- pero ahora puede quitarlos.

   Si ustedes quieren saber lo que opinan los ciudadanos de la Justicia y de algunos jueces, acudan a la representación de "La fiesta de los jueces" que estos días se representa en Los Teatros del Canal de Madrid, en un montaje inteligente y provocador de Ernesto Caballero. La obra es un espectáculo sobre la farsa costumbrista "El cántaro roto", original de Heinrich Von Kleist, escrito hace dos siglos y que ya entonces ponía en solfa la corrupción de la justicia. Llueve sobre mojado. Pero Ernesto Caballero ha ideado que vocales del Consejo General del Poder Judicial  y magistrados ilustres representaran esta pieza al término del acto solemne de apertura del Año Judicial, en presencia del Rey, del ministro de Justicia y de otras autoridades. Y la mezcla del teatro dentro del teatro hace factible explicar sobre el escenario adónde conduce la politización de la justicia y los intereses que acaban haciendo imposible que ésta funcione.

   Es una crítica ácida, pero lo podía haber sido mucho más. Pero lo más impactante para mí fue la reacción del público aplaudiendo las críticas, riendo ante el esperpento. Algunos casos recientes han demostrado cómo funciona la justicia. Y los ciudadanos, cada vez más, son ya conscientes de que sin una Justicia moderna, eficiente, imparcial, despolitizada, ágil, ni hay democracia ni hay Estado de Derecho ni seguridad jurídica. Así que, a dos semanas de la apertura real del Año Judicial -los que estén allí ese día y hayan visto la obra no podrán reprimir la sonrisa-, bien harían los políticos -del Ministerio, del Poder Judicial, de las autonomías- ponerse las pilas y hacer algo para que esto cambie. Los ciudadanos no están para fiestas de jueces.


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