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El valor de los menores.

MADRID, 18 Dic. (OTR/PRESS) -

   El salvaje asesinato intencionado de 132 menores en Pakistán no ha sido la primera noticia de los medios de comunicación españoles. Ha salido en las portadas de los periódicos, pero, en muchos casos, en un lugar secundario. Veinticuatro horas después es casi imposible encontrar más noticias sobre el asunto. Ciento treinta dos niños asesinados por ser hijos de militares, buscados aula por aula, rematados con un tiro en la cabeza si no sabían recitar el Corán, es una salvajada que debería haber sido la única noticia del día. Hay países en los que la vida no vale nada, pero la vida de los niños vale aún menos que nada. El Papa Francisco ha llamado la atención en varias ocasiones ya sobre el terrible papel que el fundamentalismo está ocupando en el mundo y ha alertado sobre los que dicen matar o defender sus ideas mediante la violencia "en nombre de Dios", en nombre de cualquier Dios. Pero no reaccionamos y tal vez cuando Occidente lo haga será demasiado tarde. Los violentos de Al Qaeda son casi hermanitas de la Caridad si los comparamos con los terroristas del Ejército Islámico -que reclutan mujeres y niñas en Europa, también en España, para convertirlas en esclavas sexuales de sus militantes- o con Boko Haram, secuestradores de niñas y asesinos de todo lo que se les pone por delante. Pero hay un elemento que hace más grave todos estos hechos: son los niños los que están sufriendo con mayor dureza las consecuencias del desencuentro de sus mayores.

   El próximo mes de enero se volverá a reunir el Comité de los Derechos del Niño de la ONU y, sin duda, tendrá que tratar esta terrible matanza. Pero también tendrá que analizar el crecimiento de la pobreza infantil -un 28 por ciento entre 2008 y 2012- no sólo en el tercer mundo, sino en el primero; el aumento terrible del número de niños que son ahora refugiados fuera de su país de nacimiento y que, posiblemente, nunca puedan recuperar su condición de ciudadanos de un país, libro o no. Tendrán que estudiar las cada vez mayores dificultades para el acceso a la educación de millones de niños, lo que supone un patente aumento de la desigualdad entre los que viven en países ricos y los que han nacido apenas a un millar o dos de kilómetros de la libertad y la abundancia.

   Pero hay más problemas: sigue viva la participación de menores en muchos conflictos armados, la venta de niños, los abusos sexuales, la prostitución infantil y la utilización de niños para la pornografía, un negocio que mueve miles de millones, el trabajo infantil, aunque en ocasiones sea la única manera de muchas familias de escapar de la miseria. Hay mucha tarea por hacer para garantizar los derechos básicos de los niños. Pero los gobiernos de Occidente miran hacia otro lado en los conflictos y no siempre atiendan los problemas internos. Hay que poner en valor que los niños tienen derecho a la vida, pero, además, deben tenerlo, a una vida digna, a la igualdad de oportunidades, a la educación, a la salud, a una familia. Si no es así, no deberíamos considerarnos personas.


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