Se dio el gustazo

MADRID, 23 Dic. (OTR/PRESS) -

   La formación del nuevo gobierno, que Mariano Rajoy dio a conocer en un minuto, culmina un proceso que convendría guardar como precedente para el futuro. A pesar de que algunos apostaron por forzar la letra de la ley para reducir los plazos y tranquilizar a los mercados -el propio ministro Miguel Arias Cañete defendió esta tesis-, Rajoy se ha esforzado por respetar el procedimiento y, con la colaboración del gobierno en funciones, llenar de contenido la espera. Ha sido impecable el traspaso de poderes, asistimos a un debate de investidura intenso pero civilizado y constructivo y ha logrado preservar de filtraciones la nómina de sus ministros sin hacer ostentación de su cuaderno azul.

   La lista del nuevo ejecutivo deja patente la autoridad que Rajoy ha acumulado en el seno del PP. Ha hecho un gobierno a su medida, sin sentirse obligado por cuotas territoriales ni por equilibrios dentro de su partido. Se ha permitido rodearse de fieles, premiar trayectorias, dar proyección a personas que no aparecieron en ninguna quiniela y descartar a otras que parecían tener plaza fija en el ejecutivo.

   La reducción de ministerios tampoco ha sido para tanto y la paridad ha pasado a mejor vida. Esto no parece una buena noticia: sin tener que llegar al 50%, la imagen de diez hombres frente a cuatro mujeres no refleja ni la realidad social de nuestro país ni la del propio partido de gobierno que celebró su victoria electoral en el balcón de Génova  con una secretaria general, una portavoz parlamentaria y una directora de campaña imagen de la presencia crucial de las mujeres en el PP durante la pasada legislatura.

   Otro de los elementos sorprendentes del gobierno es el perfil del ministro de Economía. Luis de Guindos acumula un contundente currículum en la administración y en la empresa privada sólo empañado por un borrón: pertenecía al comité ejecutivo mundial de Lehman Brothers  y dirigía su filial en nuestro país cuando estalló el escándalo de las subprime, origen del terremoto  que ha hecho temblar los cimientos de la economía mundial. Con la misma legitimidad se podría subrayar la inconveniencia de poner a la zorra a cuidar del gallinero, como valorar la jugada de encomendar la solución a quien mejor conoce los orígenes del problema. Le daremos al menos cien días para despejar el dilema. Y para animarnos recordaremos nuestra historia. Quién nos iba a decir que un príncipe que juró los principios y un presidente de Gobierno que dirigió el Movimiento nos iban a llevar a la democracia. Y aquí estamos, aguardando los primeros pasos de su sexto presidente.


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