La histeria Bhutto.

Actualizado 02/01/2008 1:00:30 CET

MADRID, 2 Ene. (OTR/PRESS) - Cientos de comentaristas han llenado papeles en las fechas posteriores al asesinato de Benazir Bhutto para decir lo mismo - que no tienen idea de lo que va a ocurrir - y no reconocer lo obvio: que nunca se habían molestado en prever lo que ha ocurrido. Y, sin embargo, Pakistán se merecía más atención y más perspicacia. No sólo representa una inmensa fuerza islámica, al socaire de fanáticos, meapilas y despistados, sino que es un poco el reflejo del mundo entero, la encrucijada entre retraso y civilización, tradición y desarrollo implanificado, sistema feudal y capitalismo rampante.

Por supuesto, aunque lo olvidemos fácilmente, cuenta con una multitud de gente sensata. Era la que lamentaba, por ejemplo, que aún no se haya revisado la actual ley contra la blasfemia, que anima a cualquier desquiciado, rencoroso o santurrón a condenar por una ñoñería a los cristianos (abundantes en Punyab) o que se detenga el programa de erradicación de la poliomelitis (Pakistán es uno de los cinco países donde perdura la enfermedad). Los islamistas creen que la vacuna forma parte de un complot americano para esterilizar a los habitantes. Para completar el panorama - y demostrar que no son unos ignorantes sin estudios -, los pakistaníes cuentan con la bomba atómica. En octubre pasado, una comisión decretó la amnistía para todos los políticos implicados en casos de corrupción. Fue el acto de rendición del general Musharraf, asediado en todos los frentes y presionado a fondo por Estados Unidos, que antes lo había apoyado exageradamente: Estados Unidos lleva tiempo sin acertar ni una en política exterior. La amnistía beneficiaba a los partidarios de Musharraf y sobre todo a Benazir Bhutto, cuya familia tiene un largo y dudoso historial. Las dictaduras militares permiten de todo.

El padre de Benazir fue un gran dictador y el general Musharraf, el actual garante de la vida pública, es todo lo dictador que le permiten las circunstancias. Se decía con frecuencia que en frente de los dos estaban los extremistas, como si Musharraf o los Bhutto fueran el compendio del equilibrio. Los dos se han apoyado en los extremistas cuando les ha convenido. Cuando gobernaba, Benazir se alió con los talibanes, que eran un producto local. Benazir era mujer, guapa y valiente. Las masas, en cualquier parte del mundo, no necesitan más para ilusionarse.( ¿Cómo se explica, si no, que conciudadanos nuestros, con uso de razón reconocido, se entusiasmen en un mitin político?) Pero canonizarla no ayuda nada a entender la situación de Pakistán. No es otra historia de buenos (apoyados por Estados Unidos) y malos (arengados por Al Qaeda). Las contradicciones de Pakistán son las nuestras: la intolerancia de las religiones establecidas, el oportunismo en política exterior, un capitalismo sin barreras que nos devuelve al feudalismo.

Un puñado de clérigos que defienden su confort físico y mental; unos cientos de asesinos, la inopia de las masas que, desde la plaza de Colón a las de Rawalpindi, temen mucho, se ilusionan con poco, reflexionan a medias y odian bastante; un Bush o un Bin Laden desquiciados catalizando el proceso; una industria del armamento solidaria que no discrimina credos ni fronteras. Entre todos nos preparan un próspero año nuevo.

Agustín Jiménez.

OTR Press

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