Querida Bélgica

Actualizado 14/11/2007 1:00:35 CET

MADRID, 14 Nov. (OTR/PRESS) -

Dicen que las naciones, en sus periplos, sufren y ríen tanto como los particulares en sus vidillas descontables. A los reyes - y a presidentes únicos como el llorado Pertini de Italia - les gusta considerarse padres del gran rebaño nacional. Pasa desde Luis XIV de Francia hasta Juan Carlos I de España, Ceuta, Melilla y parte de América.

Las penas belgas se están consumando y el rey de Bélgica puede quedarse sin trabajo en cualquier momento. No es un padre común sino un regalo de bodas recibido con división de opiniones, aunque para muchos belgas era una mentira tan bonita como la familia Trapp o la Navidad . Los balcones belgas, inventados para contemplar caer la lluvia de las nubes, se han llenado estos meses de banderas nacionales, las bandas negra, amarilla y roja que animan a Justine Henin en las canchas de tenis del planeta. Justine es la única representante belga que mantiene a raya a los enemigos, y eso a condición de que, como en los torneos antiguos, la desafíen de uno en uno.

Hay otros belgas poderosos: el sanguinario cruzado Godofredo de Bouillon que campa en una plaza de Bruselas vecina a otra plaza edificada por el rey Leopoldo, primer genocida moderno, el caudillo antiguo Ambiorix que trajo en jaque a los romanos, o el gimnasta Jean-Claude Van Damme, que da mamporros con argumentos cursis en todos los cineclubs. Otros belgas han ideado diabluras en química, en fotografía y en genética, modos de adoración de la luz e interiores de ensueño. Han imaginado a Tintín, un gran cosmopolita local. Tuvieron a una monja que grabó muchos discos y sonreía sin parar. En un bosque belga se escribió el Kempis.

Pero afortunadamente Bélgica no es una gran potencia. El patrón de Bruselas es un monigote que orina en público apuntando su pito pequeño entre escaparates de encajes y olor a bombones y a fritanga. Todo aquí es pequeño. También lo era el matrimonio forzado entre flamencos y valones que en los últimos meses se ha descompuesto como cualquier matrimonio estadístico. El más vendido de los novelistas belgas, Georges Simenon, describió en "El gato" la descomposición odiosa, mezquina, imparable, de un matrimonio de la zona. Un huso horario de ideas, sentimientos y futuro confusos.

En ningún sitio es más falso que en Bélgica el tópico de que un país tiene los políticos que se merece. Los políticos belgas son, por poner un ejemplo, tan torpes como los españoles. Su única ventaja es habitar una tierra civilizada, o simplemente cansada. Su desventaja, haber vivido a trasmano, ser una región de servicios y no de ideales como España. Frente a los caprichos de la meteorología, los políticos belgas no saben ni abrir el paraguas. El país es tan urbano que no se indigna, se limita a ponerse melancólico. Justine Henin ganó el master de Madrid. Es la número uno.

Agustín Jiménez.

OTR Press

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