Contra la barbarie

Actualizado 21/03/2015 12:00:42 CET

MADRID, 21 Mar. (OTR/PRESS) -

Es sencillamente terrible tan sólo el hecho de plantearse algo que no deja de ser una realidad: el turismo puede batir récords en España después del atentado de Túnez. Ya sé que es una obviedad y que nosotros hemos vivido aquellos actos terroristas de ETA en ciudades de la costa. Pero no deja de ser terrible. Cómo pueden dos hombres solos acabar en unas horas con tantas vidas lo primero, con tantas esperanzas después, con la ilusión de todo un pueblo. Visité Túnez cuando te prohibían siquiera mirar el palacio del dictador. No había casi velos en los rostros de las mujeres ni casi libertad en sus calles; sólo el culto desmedido al líder omnipresente. Volví después con la esperanza aun del cambio y oí poemas bellísimos en la voz aun casi clandestina de una generación que demandaba más libertad aunque también se veían más velos: los salafistas estaban ahí pero al final triunfó la primavera. Y cuando todo empieza a sonreír y los grandes cruceros llenan los zocos y dan de comer a tanta gente, dos exaltados matan y mueren en esta especia de tercera guerra mundial solapada que estamos viviendo sin reglas de juego, sin honor, sin campos de batalla, bajo la invocación falsa de un dios que no puede existir.

Occidente les armó y es ahora el enemigo y da igual que sean trabajadores en trenes de cercanías que dibujantes en un piso de París o turistas visitando un museo. Esta es una guerra sucia y disparatada -todas lo son- y el mundo se limita a lamentarse. Occidente no ha sabido qué hacer y se ha cambiado piezas en el tablero sin tener ni siquiera resuelta la siguiente jugada. Hicimos mal las guerras y creímos que con las estatuas de los dictadores por los suelos habíamos ganado la paz. No fue así. Los que disparaban junto a los nuestros, hoy nos disparan a nosotros, nos tienden emboscadas y se diga o se silencie, tenemos miedo y ese miedo se traduce en inacción.

Pero no sólo estamos nosotros frente a la barbarie de los extremistas. Sus pueblos huyen hacia ninguna parte y los gobiernos cercanos que alentaron y sufragaron las revueltas, miran también hacia otro lado mientras la sangre no corra por sus calles. Pues ya ven que sí, ya ven que para el odio no hay fronteras ni creencias, en todo caso tribus, grupos, escuelas eternamente enfrentados por la fe que comparten.

Alguna vez habrá que decir basta y no es suficiente la respuesta valiente de esa gran mayoría de tunecinos que se congregaron después de la matanza para defender la paz en libertad. Tampoco van a ser suficientes los euros que lleguen desde Bruselas. A esos escuadrones de fanáticos hay que combatirles me temo que con sus mismas armas. No sé si alguna vez la guerra está justificada pero sí tengo claro que defender la civilización, tanto la occidental como la oriental, es justo y hoy, más que nunca, necesario. Ni los países árabes pueden seguir como si el problema no fuera con ellos ni Occidente limitarse a esperar en estado de alerta el próximo atentado. Que la ONU tome cartas en el asunto y responda como tiene que responder al mal llamado Estado Islámico. O vamos juntos o la razón terminará arrollada por la barbarie. Y el tiempo corre en contra nuestra.

 

OTR Press

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