El aviso de Pablo Manuel

Publicado 09/06/2018 8:00:57CET

MADRID (OTR/PRESS)

El averiado líder de Podemos, Pablo M. Iglesias, en un tono inequívocamente conminatorio, llevaba unos días tratando de demostrar que es más fácil gobernar sobre una base parlamentaria de 156 diputados (los que suman entre su partido y el partido de Pedro Sánchez, ahora en el poder) que sobre una de 84 (los agrupados en las siglas PSOE).

Los recados cayeron en saco roto. Dijeran lo que dijeran las voces ajenas a la dirección socialista, el Gobierno sería monocolor. Y lo fue. Así que, cinco minutos después de conocerse su definitiva composición, mayoritariamente socialista con incorporaciones de figuras independientes, Iglesias subió el tono conminatorio de su interesado calculo aritmético (156 es más que 84, decía, por si en Ferraz no sabían sumar).

Lo siguiente ha sido recordar a Sánchez que se ha dado mucha prisa en olvidar quién le hizo presidente. Ante la confirmación práctica de que en la formación del Gobierno y la posterior pedrea de altos cargos no hay el menor rastro de que la influencia podemita se haya dejado notar, Iglesias ya habla sin disimulo de la debilidad fundacional del Gobierno Sánchez.

Qué mala es la envidia mal gestionada. Iglesias no lleva bien que que el nuevo presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, escuche sus sus advertencias como el que oye llover. Nunca mejor dicho, porque este viernes, durante el primer Consejo de Ministros y Ministras que preside en su vida, las debió confundir con el agradable sonido de la lluvia sobre los ventanales de la Moncloa.

Hagamos memoria sobre la trastienda de la moción de censura contra Rajoy. No faltaron voluntarios para unirse al pelotón de fusilamiento (político, se entiende, no vayamos a liarla). Voluntarios, que no forzados, fueron los diputados de Podemos. Y los del nacionalismo catalán, dicho sea de paso.

Ni a los unos ni a los otros debe nada el actual presidente del Gobierno, porque nada les pidió y nada negoció con ellos por sumarse al ajusticiamiento. Sindicados en el no a Rajoy, sabían que la consecuencia era un sí a Sánchez. Populistas y secesionistas se ocuparon de matizar que su apoyo era, según dijeron ellos, "critico" en el caso de Iglesias, y "escéptico" en los casos de Tardá (ERC) y Campuzano (PDeCAT).

Otra cosa es que unos y otros quieran recordar su cada día al Gobierno de Sanchez que su asiento parlamentario es escandalosamente débil. Una forma de hacer saber que quienes le lanzaron al estrellato son los mismos que le pueden retirar la peana en cualquier momento. De ahí la enorme fragilidad del Gobierno socialista que acaba de nacer.