La absurda ley electoral

Actualizado 17/06/2007 2:00:29 CET

MADRID, 17 Jun. (OTR/PRESS) -

Cientos, quizás miles, de gobiernos municipales quedaron ayer constituidos sin respetar lo que los ciudadanos votaron el pasado 27 de mayo por culpa de una absurda Ley Electoral que permite que un concejal o dos de un partido minoritario se convierta en crucial para determinar quién manda en un Ayuntamiento, generalmente a cambio de quedarse con las competencias de Urbanismo. Corrupción asegurada que los grandes partidos, en especial el Socialista, se niegan a remediar por aquello de no perder parcelas de poder, no se sabe en muchos casos si por el poder en sí o el acomodo que tantos de sus militantes encuentran en los sueldos que el poder les permite disfrutar.

Vaya imagen la repetida en cientos, miles de casos en días pasados, esa en la que los dirigentes de un partido grande y otro chico se fotografían celebrando su pacto, el pacto que les permitió este sábado a uno convertirse en alcalde, a otros en concejales encargados de las distintas áreas. Unos acuerdos que casi siempre se sellan de espaldas a los ciudadanos, que permanecen en secreto y que lo único que consiguen en términos democráticos es que un número cada vez mayor de ciudadanos decidan convertirse en abstencionistas en las próximas elecciones.

La Ley se podría modificar, por supuesto, como también la Ley General Electoral que tanto beneficia a los partidos nacionalistas. Y no estaría mal que ocasiones como la celebración en curso de los treinta años de las primeras elecciones generales en España sirvieran para abrir el debate de los cambios necesarios, más bien urgentes, de la manera de elegir a nuestros representantes a todos los niveles. En los comienzos de la Democracia, se trataba de abrir las puertas a todos e incluso conceder ventajas a las minorías. El rodaje del sistema nos ha llevado a la conclusión de que hay que considerar la posibilidad de votar en dos vueltas, como hacen los franceses, para que sean los votantes quienes tengan la última palabra en las posibles coaliciones; abrir las listas para que los ciudadanos elijan a los más capaces; permitir que los partidos más votados sean quienes automáticamente gobiernen. En fin, acercar la democracia a la gente. Y, de paso, que no es tema menor, poner coto a la corrupción municipal.

Curri Valenzuela

OTR Press

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