Dos mujeres

Actualizado 31/08/2007 2:00:18 CET

MADRID, 31 Ago. (OTR/PRESS) -

Una se va porque quiere, con la cabeza bien alta; a la otra la echan mientras refunfuña. Rosa Díez y Rosa Regás tienen en común, además del nombre de pila, el ser de izquierdas y el haber participado, de una manera o otra, en el proyecto político del PSOE. Para la gente de la calle son, sobre todo, representantes de dos tipos de mujer opuestos entre sí que se dan no solo en cada partido, sino en cada pueblo, cada familia de España: la aguerrida y la pusilánime.

Rosa Díez es una mujer valiente, de esas que tanto abundan, como réplicas de Agustina de Aragón, en cualquier punto de nuestra geografía y mayormente, por circunstancias que a ninguno se nos escapa, en el País Vasco. Pero ella es más que valiente: Coherente, muy clara en sus exposiciones públicas, leal con los suyos y sobre todo consigo misma. Por eso le ha mandado una carta certificada a Zapatero renunciando a su militancia en el PSOE y a su escaño en Estrasburgo, ha dado una rueda de prensa para explicar los detalles de lo sucedido y luego se ha marchado a su casa para preparar la campaña electoral de 'Basta Ya', el grupo ciudadano encabezado por Fernando Savater, que va a presentarse como plataforma independiente en las próximas elecciones.

Su marcha del PSOE no ha extrañado a nadie. Rosa Díez lleva tres años oponiéndose frontalmente y en voz alta a la política de pactar a costa de promesas políticas que Zapatero ha llevado a cabo con ETA. Ultimo reducto de aquellos socialistas vascos que prefirieron hablar con el PP que con los nacionalistas radicales, tenía los días contados en su partido. Ella había seguido donde siempre estuvo mientras el PSOE ha dado un giro espectacular. Parece mentira que hace solo ocho años Díez fuera la cabeza de cartel de su partido en unas elecciones europeas con el mismo discurso por el que ahora tanto le critican quienes la propusieron. Y se va, por cierto, de una manera más que digna: renunciando al escaño al que no tendría por qué renunciar y desmintiendo a los dirigentes socialistas que la habían acusado de hacer el caldo gordo al PP, en donde, como ahora se ve, nunca había pensado recalar.

Rosa Regás es la antípoda de Rosa Díez. Ahí la tenemos, concediendo entrevista tras entrevista para poner de vuelta y media al nuevo ministro de Cultura, Cesar Antonio Molina, por haberla cesado como directora de la Biblioteca Nacional. Total, porque robaron de la misma unos valiosos incunables y ella decidió ni interponer denuncia, ni contárselo a la prensa, ni mucho menos informar al ministro, su superior. Es que, se ha disculpado, "ni sabía donde estaba él, ni tenía su número de teléfono". Como para creerla.

Regás, cuyo sectarismo declarado le llevó a querer quitar del edificio de la Biblioteca la estatua de Menéndez Pelayo, no puede comprender por qué la echan. Con su pedigrí de catalana de izquierdas, con su currículo de escritora "comprometida". Y, para colmo, cae en lo peor a lo que una mujer puede recurrir en circunstancias como las suyas: quejarse mucho, echar la culpa a los demás, escurrir el bulto y, encima, lamentarse de que todo lo que le está ocurriendo se debe a su condición femenina.

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