Mi candidato ideal, que tal vez exista... o no

Publicado 11/12/2015 12:00:03CET

MADRID, 11 Dic. (OTR/PRESS) -

Formo parte de esa minoría, pero no tan minoritaria, que está decidida a acudir a votar el próximo día 20, pero sin saber aún a quién va a darle su voto. Me parece que hay una cuarta parte de los posibles electores que aún no se decanta, o eso dice, por alguna de las grandes opciones en liza; yo soy uno más de esos, se me crea o no a estas alturas.

Me imagino ya ante la mesa electoral y soy incapaz, la verdad, de sentir entusiasmo contagioso ni repulsa absoluta por ninguna de las opciones que me presentan; quizá demasiados años de mirón profesional te inoculan una buena dosis de escepticismo. ¿Rajoy? Ciertamente es un candidato sólido y ha hecho una buena campaña, que no hace sino desmentir toda una trayectoria anterior; en lo personal -todos votamos por nuestros intereses particulares- tengo contra él que ha excluido a muchos periodistas de sus contactos informativos en La Moncloa y se muestra muy reticente a poner en marcha algo que considero fundamental para el futuro, que es la reforma constitucional. ¿Rivera, entonces? Algunos de sus planteamientos, aunque hayan sido puntualizados u olvidados, me inquietan: el frentismo contra los nacionalismos, por ejemplo. Y tampoco veo clara su estructura como partido: demasiado unipersonal, como tantas veces se ha dicho. ¿Pedro Sánchez? Hay quien ha querido ver que 'pinchaba' en los últimos días, y, aunque no creo en el 'todos contra Sánchez' que el PSOE ahora denuncia, sí me parece que hay también quien orquesta una campaña en su contra, insistiendo, por ejemplo, en que 'es como Zapatero'; puede que a Sánchez le falte un hervor, pero, desde luego, es mucho mejor que Zapatero. ¿Iglesias? Podemos tiene sus méritos, como haber sabido encauzar el descontento del 15-m, y haber puesto en marcha una maquinaria formidable de dinamización política en poco más de un año. Pero eso mismo, y sus continuos virajes ideológicos y tácticos, convierte a Podemos, para mí, en una opción no demasiado estable y fiable, y fíjese usted que no estoy aludiendo a planteamientos de izquierda o de derecha, que pienso que no son ahora los que deben estar en juego.

No: lo que está en juego es la capacidad de gobernar este país nuestro en el futuro que abre la Legislatura en -esperemos- enero de 2016. El panorama que nos presentan las encuestas exige, como tantas veces se ha dicho, pactar. Y, sin embargo, nadie quiere esclarecer al sufrido votante acerca de con quién preferiría cerrar ese pacto. Con lo que podría ocurrir que, por ejemplo, quien vote a Ciudadanos se podría encontrar con que la formación de Albert Rivera se decanta por dar el poder a los socialistas o por dárselo a los populares, cuando tal vez ese votante rechaza expresamente una opción o la otra; ya nos ocurrió a algunos en las elecciones municipales. Aunque cierto es que el líder de Ciudadanos nos ha dicho que, si no es primera fuerza y puede formar Gobierno, pasará a la oposición... suponiendo, pienso, que alguien que sea la primera fuerza no pacte con él para dar a Rivera la presidencia del Ejecutivo, a cambio de lo que sea. Y ¿qué sería ese 'lo que sea'?

Lo mismo se puede decir, claro, de las otras opciones. Me gustaría, por ejemplo, que Pedro Sánchez nos aclarase si repetirá pactos semejantes a los que dieron el poder al PSOE en algunos ayuntamientos y comunidades tras las elecciones del pasado mayo, o si, por el contrario, retirará ese arriesgado compromiso público de no pactar jamás 'con la derecha', es decir, con el PP. Y me interesaría mucho que Rajoy definiese hasta dónde podría pactar su permanencia en La Moncloa con, pongamos, Ciudadanos, si es que tal pacto fuese, contraviniendo las promesas de Rivera, posible.

Quienes me conocen saben que mi apuesta sería, precisamente, un pacto PP-PSOE para una Legislatura reformista: un pacto en el que Sánchez se retracte de sus 'principios' de no llegar a un acuerdo global con el PP y Rajoy avance en unas intenciones reformistas, incluyendo a la Constitución, que hoy por hoy le desconocemos. Y si a ese pacto a dos se une Ciudadanos, mejor. Y si lográsemos, quién sabe si hablo en el colmo de la utopía, que también Podemos se adhiriese a esa apuesta por una Legislatura de dos años, presidida por quien encabece la lista más votada, en torno a un programa común de regeneración política y de mayor equidad económica, mi gozo sería completo. Parafraseando a los revolucionarios de mayo del 68, 'seamos realistas; pidamos lo imposible'.

Porque, si usted lo mira despacio, comprobará que, si exceptuamos tres o cuatro postulados, más bien testimoniales, de un Podemos que sabe que nunca podrá sacar adelante su programa de máximos, y ciertas distancias estéticas y tácticas, lo que dicen los programas de los cuatro principales candidatos a La Moncloa tiene muchas más semejanzas que diferencias, para lo que valgan. Una aproximación en lo básico es posible y hasta relativamente fácil. Y sí, es factible, y a mi entender necesario, un tal pacto ante los enormes retos nacionales (Cataluña), económicos (exigencias de la UE) e internacionales (amenaza yihadista) que se nos presentan. Unos retos que, en los próximos dos años, van a pesar mucho más que la usual confrontación partidaria, sin duda básica en las democracias: tiempo habrá, tras esa Legislatura de regeneración 'pactada', para esa confrontación, tan clásica, entre recetas de izquierda y de derecha.

Mi voto irá a quien sugiera, o mejor diga claramente, que su actuación futura va a ir en el sentido, ya sé que excepcional, que apunto. Porque mi candidato ideal sería uno que tuviera las virtudes de Rajoy, de Sánchez, de Rivera, de Iglesias y quién sabe si de otros minoritarios, y alguien que, al tiempo, viese sus defectos (los de Rajoy, Sánchez, Rivera y, llegado el caso, Iglesias o quien fuere) aminorados y matizados por la presencia moderadora de los otros. Soy optimista: quedan muchos días de campaña, queda un 'debate cara a cara' que podría resultar muy esclarecedor si ambos debatientes así lo quieren (Rajoy sugiere que tiene una sorpresa en la chistera)... Y ya le digo a usted que yo pienso ir a votar: de ninguna manera quisiera hacerlo en blanco, que sería como admitir el fracaso de esa utopía, que, insisto, puede que empiece a ser lo único que merece la pena. Y, por cierto, acaso lo único posible, visto lo que estamos viendo y oído lo que estamos oyendo.

OTR Press

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