¿Comparar a Pablo Iglesias con Trump? Qué barbaridad...

 

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Fernando Jáuregui

¿Comparar a Pablo Iglesias con Trump? Qué barbaridad...

Publicado 12/11/2016 8:00:25CET

MADRID, 12 Nov. (OTR/PRESS) -

Se ha puesto coyunturalmente de moda comparar populismos, equipararlos, como si hubiese ya una definición lo suficientemente acuñada de 'populismo'. Algunos lo equiparan a contestación a lo ya conocido, una nueva forma de hacer política frente a lo que se conocía como dictadura del aparato de los partidos. Y, entonces, da lo mismo Tsipras que Maduro, Trump que Pablo Iglesias. Y no, no es eso, no es eso.

Me parece que conviene no simplificar demasiado sobre esa nueva era política que lo mismo alinea al septuagenario Trump con Marine Le Pen que con el podemita. Ignoro por qué, tras intentar definirse como comunista, luego socialdemócrata, ahora Pablo Iglesias, en pleno debate interno sobre quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, acepta para sí y los suyos la etiqueta populista. No creo que haya agradado a todos en sus propias filas, pero, ya digo, Podemos, que es la sorpresa política española de los dos últimos años, se encuentra inmersa en una a mi modo de ver apasionante controversia interna. Un debate hasta cierto punto admirable, y lo dice alguien por cuya mente difícilmente pasaría la idea de votarles.

Eso no quita, desde luego, para mostrarles mi respeto. El proceso electoral interno, por ejemplo en Madrid o Andalucía, entre dos líneas que, desde fuera, se han querido simplificar demasiado, situando a una más a la derecha, a otra más a la izquierda, ha sido casi ejemplar. Lo malo es que ese debate queda viciado por algunas demasías, por ejemplo en las acusaciones 'desde fuera' contra las maniobras especulativas inmobiliarias de uno de los candidatos madrileños y, sobre todo, por la propia personalidad expansiva de Iglesias, capitaneando una de las fracciones. Es el gran activo y el gran problema de Podemos: sus errores en este año agónico que ha vivido la política española han sido clamorosos, como cuando, tras ver al Rey, se propuso como vicepresidente, jefe de los servicios secretos, de los medios públicos, de la defensa... Una demasía, vamos.

Pero también ha habido aciertos. De imagen, sin duda. De contenidos también: cinco millones de españoles les han votado porque han sabido canalizar el descontento de muchos, no necesariamente los más desfavorecidos, con 'el sistema'. Y ahí sí podemos encontrar quizá -quizá-- algún paralelismo con una parte de quienes votaron a Trump: qué duda cabe de que muchos de los casi sesenta millones que se decantaron por este anómalo candidato que llega a la Casa Blanca lo hicieron porque estaban hartos de un estado de cosas, tradicional y discriminatorio, encarnado en Hillary Clinton. Pero hasta ahí los paralelismos: no es justo, ni veraz, ir más allá en las comparaciones entre el joven peculiar de la coleta, que es de izquierdas, y el anciano ultraderechista que ha pisoteado todas las convenciones, incluyendo por supuesto las más convenientes.

Aquí, en casa, ocurre que la izquierda se ha quedado coja precisamente por haber incidido en eso: en practicar el más de lo mismo, la vieja política. Y ese debate presente en Podemos es el que falta, y ahora intenta iniciar Javier Fernández, en el PSOE. El viejo, pero no acabado, espero, partido fundado en 1879 por el 'otro' Pablo Iglesias se ha quedado ahora sin menaje, llevado precisamente por un cierto populismo de su ex secretario general, Pedro Sánchez. Prescindió Sánchez de 'lo viejo', confundiendo ese concepto con los veteranos, y ahora el partido vuelve sus ojos, para refundarse, precisamente hacia esos veteranos a los que Sánchez apartó y que tantos servicios prestaron a España. Veremos lo que sale de este intento. Pero, en todo caso, resulta apasionante el proceso en el que tanto nos jugamos tantos. Pensar que la búsqueda de mensajes nuevos para un electorado cansado pueda tener algo que ver con lo que ha ocurrido en los Estados Unidos me parece, sencillamente, disparatado.

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