Confesionario en la notaría.

 

Confesionario en la notaría.

Actualizado 02/12/2011 13:00:21 CET

MADRID, 2 Dic. (OTR/PRESS) -

Lo reconozco: estoy impresionado. El miércoles, en mis rutinas informativas, almorzaba, junto con varios compañeros, con un banquero conocido: el retrato que hizo de la situación era como para salir corriendo. Uno de los periodistas que asistían comentó después: "si los banqueros le han contado a Rajoy lo mismo que a nosotros, todavía tiene tiempo de escapar antes de la sesión de investidura".

Hace unas horas, cuando mi cabello erizado empezaba a normalizarse, tuve que acudir a una notaría. El notario, amigo, me dijo que estaba pensando en cerrar. Que tendría, al menos, que despedir a la mitad de sus empleados y que el volumen de negocio se había reducido a menos de la mitad. "Cerrar un notario?", le dije, incrédulo; hasta ahora, ser notario era, para mí y creo que para el resto de los mortales, al menos españoles, síntoma de estabilidad y de vivir próspero. "Cerrar, sí", me contestó; "si no fuese por las cuestiones de testamentaría, nadie entraría en el despacho".

Mi acompañante al acto de la firma que ambos teníamos pendiente terminó de hundirme el día: "acabo de oír por la radio que van a cerrar el treinta y ocho (¡38!) por ciento de las empresas en Madrid durante 2012", comentó, como parte de la optimista charla que manteníamos con nuestro notario. Quien remató la faena contándonos algunas de las situaciones angustiosas que por su mesa van pasando, "porque esto es como un confesionario".

Eso, por si, para llevarme alegrías a casa, no tenía bastante con la lectura de los periódicos, con escuchar los testimonios en las radios, con las conversaciones desoladas de café, con las cenas crecientemente avinagradas con amigos. ¿Se está parando el país de manera irreversible, no tiene arreglo esta Europa a la que le dan una semana para buscarse la vida, es el fin de Occidente, se acaba el estado de bienestar tal y como lo conocemos?

Temo que tenemos derecho a hacernos estas preguntas. Temo que tenemos derecho a pedir respuestas. Hemos cambiado el paso, estamos mudando el Gobierno, también muchos de los rostros en el Parlamento, se van los inquilinos de unos despachos y llegan los nuevos. Pero hemos entrado en el último mes del atroz año 2011 con el corazón tan encogido como el mes pasado; eso sí que no ha cambiado, me parece.

Una nueva era propicia, lo mismo que las crisis, oportunidades. Pero no hay oportunidades sin esperanza. Y, desde hace semanas, no escucho una sola palabra de aliento, no leo una sola columna esperanzada, nadie piensa en botellas medio llenas (quizá porque están más que medianamente vacías). Y ni una voz oficial u oficiosa de ánimo viene a despejar los nubarrones.

Y, sin embargo, es preciso recuperar el aliento, sustituir el terror por la ilusión. Por eso insisto tanto en que alguien -y ese alguien tiene nombre y apellidos: acaba de ganar unas elecciones- tiene que salir ya, dejándose de 'timings' y prudencias políticos que no casan con esta coyuntura, a explicar a los ciudadanos por dónde van a ir las cosas, qué nos va a pasar y qué no. Creo que la inseguridad jurídica que instalaron entre los españoles fue la causa principal del hundimiento de los socialistas; necesitamos certezas. Y las necesitamos ahora, no de aquí al día de los reyes Magos, que vienen dentro de una eternidad y a saber si, al final, acabarán regalándonos carbón, como cuando éramos malos. O cerrándonos la notaría, vade retro.

OTR Press

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