Fernando Jáuregui.- Doña Cristina nos quiere gobernar.

Actualizado 14/04/2012 14:01:00 CET

MADRID, 14 Abr. (OTR/PRESS) -

Al cúmulo de problemas con el que se enfrenta el Gobierno español se suma ahora la pretensión unilateral de la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, de hacerse, casi 'manu militari', con el control de YPF, la filial argentina de Repsol. No se trata, obviamente, de una acción empresarial, ni dictada por las normas habituales de negocios entre empresas o incluso de comercio entre países: doña Cristina ha decidido eliminar en este trámite -aún no consumado, pero que ya está debilitando altamente la cotización de una de las más solventes multinacionales españolas_ todo vestigio de seguridad jurídica, cualquier rastro de cortesía diplomática, hasta el más mínimo indicio de decencia económica.

Resulta lógica la furibunda reacción del ministro de Industria, José Manuel Soria, advirtiendo de que este golpe de mano, de confirmarse las filtraciones que proceden de la 'mesa camilla' de la señora presidenta, tendrá "consecuencias". Debe tenerlas. Kirchner, digna heredera de los desmanes de su marido, a los que la diplomacia española estaba muy acostumbrada, ha incurrido en un gesto de hostilidad hacia nuestro país al no respetar ninguno de los usos y costumbres por los que las grandes transacciones se rigen, máxime entre naciones que se dicen amigas.

Repsol, como Telefónica, como los grandes bancos españoles inversores en América Latina, no puede ser tratado como la primera dama argentina pretende hacerlo. Ni el Gobierno de Mariano Rajoy, al que doña Cristina pretende, a su vez, gobernar, quizá pensando aprovechar estos momentos de debilidad de España, puede tolerarlo.

España ha sido país de acogida de muchos miles de argentinos durante la época de la feroz dictadura militar en aquel país; muchos de ellos aún siguen residiendo entre nosotros, perfectamente asimilados a los nacionales. Y, ciertamente, Argentina se ha portado también muchas veces como un país hermano con España. Lamentablemente, la degradación ética de una cierta clase política, que ciertamente no puede esgrimir victorias militares en Las Malvinas para sacar a pasear el orgullo nacional, está influyendo en estas magníficas relaciones; ¿será YPF una especie de reivindicación 'a la gibraltareña', en la que la señora Fernández, como Franco hacía con el Peñón, utiliza un patrioterismo falso para hacer olvidar otros problemas a sus ciudadanos?

Todavía es posible la rectificación, la vuelta a la seguridad jurídica, a los planteamientos racionales. La presidenta argentina puede perjudicar muchos intereses españoles con una decisión que, en el fondo, poco beneficia, en cambio, a sus intereses propios, más allá del ruido ultranacionalista. Si culmina este dislate --¿dónde se ha escondido el embajador argentino en España? ¿Por qué ahora no aparece por parte alguna este peculiar personaje?--, a Cristina Fernández de Kirchner no puede salirle gratis, y es de esperar que, en caso extremo, las palabras del ministro Soria no se queden en una mera pataleta verbal. Lástima, porque la unidad entre los ciudadanos de ambos países debe seguir siendo indestructible.

OTR Press

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