La ducha escocesa de Rajoy.

Actualizado 10/04/2010 14:00:43 CET

MADRID, 10 Abr. (OTR/PRESS) -

Reconozco que desde que en el congreso del PP en Valencia de 2008 supo tomar el toro por los cuernos e imponerse a las maniobras orquestales en la oscuridad en su propio partido, mi aprecio por Mariano Rajoy ha aumentado considerablemente. No me encuentro entre quienes le exigen que adopte posiciones duras, radicales, ante cada una de las pifias que le hacen en su formación, bien sea por corruptelas del pasado, bien por querellas internas del presente; si tuviese que dar un puñetazo sobre la mesa cada vez que un dirigente o jefecillo del PP mete la pata -o la mano--, no habría roble que sustentara las patas de esa mesa.

Porque a Rajoy le tienen sometido a una continua ducha escocesa, entre quienes le halagan en el seno del PP para que se mantenga -y me consta que en más de una ocasión se ha planteado tirar la toalla- y aquellos que maniobran para colocar en su lugar a alguien a quien las encuestas consideren más carismático. Pero ¿a quién?

Eso, ¿quién está mejor colocado hoy por hoy en el seno del Partido Popular para aspirar a La Moncloa? Y volvemos a las eternas preguntas, sólo a medias acalladas a raíz del mentado congreso nacional de Valencia: ¿Esperanza Aguirre? Imposible por varios y evidentes conceptos, aunque no cabe duda de que la lideresa juega bien sus cartas. ¿Ruiz-Gallardón, cuyos hilos se dice que están movidos desde la sombra por Aznar? Más imposible aún: su eventual candidatura, simple y llanamente, rompería el PP en dos mitades.

A Rajoy, cuya ambición por llegar al poder es manifiestamente mejorable, no le queda otro remedio que aguantar el tirón. Y hacer frente a declaraciones inoportunas de Jaime Mayor Oreja, sortear el proceso a Jaume Matas, quitarse de encima los pegajosos folios del 'caso Gürtel', en el que no falta hasta quien quiera involucrarlo, aguantar hasta que el ex tesorero Bárcenas y el diputado Merino se quiten de en medio por su propia cuenta, disimular cuando las puñaladas traperas dirigidas contra la secretaria general, María Dolores de Cospedal, silban en la penumbra... De momento, y aunque haya quien le ataque por hacer las cosas demasiado tarde, lo cierto es que todos esos episodios parecen superados, aunque haya sido a trancas y barrancas.

No falta quien acuse al presidente del PP de hablar poco, pero yo tiendo a creer que, dentro de su estilo desesperadamente lento, es dueño de sus silencios y no esclavo de sus palabras. No falta quien critique su carácter algo ambiguo, poco tajante, pero él dice que prefiere ser tan flexible y tan inflexible como el cáñamo. Tengo la impresión de que para llegar a La Moncloa -o para intentarlo, que la piel del oso no está vendida ni mucho menos- hay que andar, en estos días de tribulación, pegado al terreno. No es una posición demasiado atractiva, pero tengo para mí que es efectiva.

No, Rajoy no es demasiado amigo de los micrófonos, ni de las llamadas apremiantes por el móvil. Pero creo que habla con quien tiene que hablar y cuando tiene que hablar..., o envía a otros a que hablen por él, que lo importante es el resultado. La suya está siendo una dura travesía por el desierto; puede que personas más carismáticas, o populistas, o populares, o brillantes, que él ya se hubiesen retirado al oasis del registro de la propiedad.

No digo yo que, si continúa el fuego amigo -porque los socialistas cometen el error de desdeñar atacarlo a fondo, creyendo que es su mejor rival-, Rajoy no acabe dando un portazo y diciendo aquello de "ahí os quedáis". Hoy, me parece altamente improbable que eso ocurra, y personalmente me alegro, porque pienso que Mariano Rajoy, cuyos defectos resultan palpables, es, sin embargo, un bastante buen candidato alternativo. Y, además, el único posible en su partido. Yo no le pido, como hacen otros, que se moje: le pido que sepa vadear los ríos cenagosos, sortear las olas traicioneras, desoír los cantos de las sirenas, que sepa secarse al sol que menos calienta, que es el de la moderación y la templanza y... que no se tumbe en la arena de la playa, que es donde uno se quema, aunque sea donde más les guste estar a los contemplativos.

OTR Press

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