Ese hombre, a punto de cumplir medio siglo...

Publicado 26/12/2017 8:00:18CET

MADRID, (OTR/PRESS)

Una de las constantes del día de Navidad son los comentarios periodísticos al discurso del Rey en Nochebuena. Este año era quizá el más comprometido en la aún breve y agitada historia de Felipe VI como jefe del Estado. Pero el Monarca no quiso cargar las tintas, pese a que estemos viviendo la crisis política más complicada y difícil de entender desde que, aquel 23 de febrero de 1981, hace ya treinta y siete años, Juan Carlos I restableciera el orden en una alocución televisada. No quiso Don Felipe hacer lo mismo que cuando, el pasado 3 de octubre, se dirigió a los españoles con durísimo tono contra los secesionistas catalanes. Entre otras cosas, porque esos secesionistas han ganado las elecciones el pasado día 21, se mire como se mire.

Es, pues, la hora de tender manos, no de admoniciones. Así lo entendió el hombre que, dentro de un mes, cumplirá medio siglo de vida y que, desde que ascendió al trono de España, en junio de 2014, no ha conocido más que sinsabores, problemas y desafíos: se está ganando el sueldo, comentaba un cronista belga, que hacía un complicado paralelismo entre el Rey y el personaje fugado en Bruselas que reivindica la presidencia de la Generalitat catalana, Carles Puigdemont.

¿Enemigos irreconciliables -Puigdemont habla de una derrota de la Monarquía frente a la República catalana_ o condenados a un dificilísimo entendimiento? Felipe VI será Rey de Cataluña o no será, decía el gran periodista Lluis Bassets, en un comentario de urgencia al discurso real en Nochebuena. Pero sospecho que, dado el caso, que aún está por ver si se da, Puigdemont será un presidente de la Generalitat constitucional, que acate expresamente, aunque sea por imperativo legal, la Carta Magna, o no será.

Así están las cosas. Es toda una batalla, política, legal -la controversia de constitucionalistas que se avecina en torno a si los huidos y/o encarcelados pueden asumir sus futuros cargos, maaadre mía-, de sentido común. En la que casi me atrevo a decir que están el Rey y los secesionistas frente a frente, con el Gobierno central con un papel ya muy desdibujado, especialmente tras los resultados de las elecciones catalanas y la muy débil reacción de Rajoy. Puigdemont lo intuye, y por eso sus bravatas van ahora dirigidas contra el jefe del Estado, no contra el presidente del Ejecutivo: ha elevado el tiro.

Cataluña no puede, no ahora al menos, ser independiente. Pero las cosas no van a poder seguir como están, como parece querer un Mariano Rajoy al que estos días incluso los suyos, aunque no desde los micrófonos, porque son disciplinados, sitúan a la baja. Es la hora de la prudencia, no del inmovilismo; en este sentido, eché de menos algunas palabras algo más tajantes en el discurso del Rey, al que, si hubiese de simplificar, yo le daría un aprobado alto, pero no un sobresaliente. Quizá el buen Rey Felipe VI, probablemente el mejor Monarca en la Historia de España, se exceda en ocasiones en sus cautelas: no lo hizo así el 3 de octubre, e hizo bien, a mi entender; pero sí, acaso, fue demasiado cauteloso este 24 de diciembre. Creo que hay que urgir un proceso regeneracionista de la vida política española, como ya hizo, sin demasiado éxito, Juan Carlos I en su último -y, a mi juicio, mejor- mensaje navideño, en 2013. Entonces, la gran crisis se mascaba; ahora está a punto de aplastarnos.

Desde luego, lo que tampoco puede ir más allá es el desafío independentista: la victoria electoral, ajustada en el fondo, no les da para tanto como para proponer que la golpista señora Forcadell vuelva a presidir el Parlament. Adivino, y espero, futuras controversias internas en el independentismo catalán, donde los moderados tendrán necesariamente que enfrentarse a los fanáticos.

Sea como fuere, si no es la hora de la independencia de Cataluña, menos aún lo es del advenimiento de la República. De ninguna manera puede apuntarse tan lejos; qué locura, tan propia de un Puigdemont enardecido y de sus corifeos. Al contrario: pienso que el papel del jefe del Estado, situado por encima de las deficiencias que ocasionalmente muestren los partidos, por encima también de los quebrantos territoriales, es ahora más necesario que nunca. Probablemente, en el 'ciudadano' Felipe de Borbón, en quien concurre la cualidad de Rey de todos los españoles, ven las instancias internacionales el mayor factor de prestigio de esa 'marca España' que ahora anda tan, tan, zarandeada en bastantes medios de comunicación extranjeros.

Puigdemont, que es algo mayor que el Rey (56 años), o Junqueras, coetáneo del Monarca, solo pueden aspirar a presidir una autonomía dentro del Reino de España. Un Reino, eso sí, que funcione de manera más transparente, que profundice en la democracia que se ha dado -mejorable, claro; pero tan libre como la británica, la alemana o la francesa, digan lo que digan algunos periódicos anglosajones-. Hay mucho que reformar, como es patente en este fin de 2017, año difícilmente clasificable, pero sin duda negativo para la marcha del país hacia unos objetivos de mejora. Y así llevamos desde 2015, cuando empezó esta gran, incomprensible, lamentable, movida.

No podemos prolongar un año más el terremoto político, que acabará teniendo reflejo en la economía, que, a Dios gracias y sin que nadie lo entienda del todo, sigue marchando bastante bien, sin entrar en detalles. Y ese hombre, a punto de cumplir cincuenta años, debe seguir siendo, tiene que serlo, quien encarne la estabilidad y, al tiempo, los cambios hacia la modernidad. Habrá, claro, tempestad política en los próximos meses; de ella hemos de salvaguardar todos al Rey: si él se juega en esta tormenta, como algunos exageran, la Corona, nosotros nos jugaríamos la cabeza.