Imágenes indignantes.

Actualizado 11/06/2011 14:00:25 CET

MADRID, 11 Jun. (OTR/PRESS) -

Reconozco que me produce un sentimiento innato de rebelión ver a la policía, a cualquier policía de cualquier parte del mundo, empleándose a fondo -vamos a decirlo así_ a la hora de reprimir a un manifestante, a cualquier manifestante de cualquier lugar del planeta. Digamos que las imágenes difundidas por las televisiones me traen recuerdos poco gratos, de un pasado brutal, aunque, por supuesto, nada tengan que ver aquellos momentos y circunstancias con los presentes. En todo caso, en Valencia, como antes en Barcelona, hubo unos policías -mossos en un caso, nacionales en el otro_ que protagonizaron escenas violentas que han dado la vuelta al mundo y han colocado a España en lugares en los que, por nuestro al fin logrado arraigo democrático, no nos correspondería estar. Eso, sin citar otras connotaciones más domésticas y que mucho tienen que ver también con un sentido humanista de la vida.

Acaso tenga que lamentarlo, pero me siento bastante identificado con los planteamientos, al menos con los originales, de ese movimiento indignado que 'toma' nuestras plazas y protesta a las puertas de nuestros parlamentos. Comprendo su protesta, que es la de mis hijas, la de los hijos de mis hermanos y amigos... y un poco también la mía. Por eso, esta rebelión indignada que me sube a la garganta ante las imágenes que han llenado estos días nuestros ojos y que me hicieron pronunciarme de manera acaso demasiado radical -cosa que odio: me lo he reprochado y, por supuesto, me lo han reprochado desde instancias gubernamentales_ en un programa televisivo.

Ya sé, ya sé que los indignados se saltaron las leyes que prohíben manifestarse ante una sede parlamentaria que sesiona: pero eso no justifica, entiendo, los porrazos. Puede que algún 'infiltrado' agrediera a los policías: tampoco me basta para conformarme ante las dantescas escenas que contemplamos. Sé que los comerciantes de las zonas afectadas protestan, y con toda la razón; pero también sé que, desde la Administración, desde las administraciones, no ha habido intento alguno de diálogo con los 'rebeldes', a los que ahora se quiere rebeldes sin causa, pero que, a mi entender, la tienen, vaya si la tienen.

Entérese quien se empeña en ver fantasmas: nada tengo en contra del ministro del Interior actual, cuya labor he elogiado muchas veces. Ha sido un gran titular de esta cartera. De la misma manera, digo que en un departamento tan delicado hace falta alguien que funcione a dedicación plena, y obviamente el superocupado Alfredo Pérez Rubalcaba no puede entregarse a velar por la seguridad de los españoles durante todo el tiempo que sin duda quisiera. Confío en que el dislate de la actuación policial en Valencia el pasado jueves no sea sino un episodio -para mí, siento insistir, lamentable_ que advierta de la necesidad de proceder a un relevo en este campo. Y, por lo que respecta al movimiento 'indignado', que se resiste a replegarse, solo cabe desear, y pedirles, que establezcan cauces de diálogo con las instituciones y que comprendan que la mera protesta ya no basta: ahora toca, desde el respeto a las leyes, aunque a veces sean unas leyes obsoletas, empezar a construir. Nos toca a todos; a ellos y a los otros, también.