Dos millones de votos independentistas son muchos votos.

 

Dos millones de votos independentistas son muchos votos.

Actualizado 27/11/2012 13:00:44 CET

MADRID, 27 Nov. (OTR/PRESS) -

Si las cuentas me salen bien, hay dos millones de votos independentistas en Cataluña, suponiendo que todos los que han votado por Convergencia i Unió están a favor de la secesión respecto de España, lo que es bastante suponer. Frente a ese número, un millón seiscientos mil votantes dijeron 'no' a la independencia, partiendo de la base de que todos los de ICV, que quieren el referéndum, rechacen, como hace su líder Joan Herrera, separarse del resto de España. Conclusión: las cosas siguen sin estar claras. O sea, están oscuras. Y Cataluña, profundamente dividida.

Claro, puede que no sean bastantes para completar los planes de Mas y para obtener una consulta al margen del Ejecutivo central, pero a mí dos millones me parecen muchos votos, y me resisto a ver el resultado de las elecciones autonómicas anticipadas catalanas con el mismo inicial optimismo con que las analicé nada más conocer, en la noche del domingo, el severo batacazo que se había pegado el mesías Artur Mas.

El entusiasmo se me fue enfriando también al ver que no eran ni Rajoy ni Rubalcaba quienes salían en sus respectivos atriles partidarios para explicar, desde Madrid, las consecuencias que para la marcha del Estado tienen los números salidos de las urnas. Entendía yo que era el momento idóneo para que los dos máximos líderes nacionales, el presidente del Gobierno y el teórico jefe de la oposición, compareciesen para, cada cual desde su sede, ofrecer un mensaje similar, de apoyo a Cataluña, y tender una mano hacia el hasta la noche del domingo insurrecto (y a esas alturas desconcertado) Mas.

Quien, por cierto, bastante confusión debía tener en la cabeza, cuando hasta la mismísima tarde de la jornada electoral me aseguran que seguía creyendo que el aluvión de votos que garantizaba una alta participación correspondían a gentes que se precipitaban a los colegios electorales para respaldar la opción secesionista, cuando en realidad era exactamente lo contrario. Claro que los dioses cuando quieren perder a alguien primero lo ciegan, y parece que Mas había acabado por creerse las propias encuestas cocinadas por el 'CIS catalán', que le habían garantizado una mayoría absoluta con hasta 69 escaños, cuando luego obtuvo cincuenta... y por los pelos.

Era, ese domingo por la noche, o este lunes por la mañana, pero no mucho más tarde, el momento de ganarse a Mas para la (buena) causa. Lejos de ello, siguieron sonando, desde Madrid, los tambores de guerra, las proclamas victoriosas (que ya digo que no ha sido para tanto) y los mensajes exclusivamente partidarios. O sea, que no se ha entendido el mensaje de que hay que propiciar cambios en profundidad en lo tocante a la relación con Cataluña, porque los ciudadanos catalanes puede que no quieran masivamente dar un portazo a España, pero sí están reclamando un trato y unas relaciones diferentes. No hace falta ser un lince demoscópico -que quedan pocos, a lo que se ve- para analizar incluso superficialmente los resultados y darse cuenta de ello.

Hemos, todos, ganado tiempo; pero no conviene ser miopes, porque las espadas siguen levantadas: las elecciones de este domingo no han sido unas elecciones autonómicas más, aunque algunos, vuelta la aguda vista tenazmente de cara a la pared, se empeñen en ello.

OTR Press

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