La marca España se nos desmarca.

 

La marca España se nos desmarca.

Actualizado 14/11/2012 13:00:49 CET

MADRID, 14 Nov. (OTR/PRESS) -

Llámeme chovinista si quiere, pero me preocupa y me ocupa, claro, la 'marca España'. Como periodista y como ciudadano. Pienso que este es un magnífico país, lleno de cosas importantes, que por alguna razón está sometido al fuego no siempre amigo precisamente de muy importantes medios informativos del exterior, un fuego que no sabemos, podemos o queremos neutralizar desde el interior. Y la cosa ni va bien ni tiene visos de mejora.

Es de temer que la huelga general de este miércoles va a contribuir a la buena marcha de la 'marca España' menos aún que las fotografías que el 'New York Times' dedica periódicamente a los aspectos más pobres y sórdidos de nuestra realidad, una realidad que presenta muchos más perfiles, y mejores, de los que el NYT, el WSJ o el FT ofrecen ahora -ahora_a sus lectores; supongo que se trata, en el fondo, de abaratar los precios de algunas de las magníficas empresas españolas. Lo digo yo y lo dicen personas que de esto presumen de saber, y saben, mucho más que yo. Así que no se trata, me parece, solamente de periodismo, sino de business as usual.

Las imágenes de los piquetes, de las manifestaciones y de algunos eventuales (e indeseables) enfrentamientos serán, qué duda cabe, utilizadas por esos medios anglosajones (y no solo) para empeorar aún más esa imagen, sin duda ya irremediablemente distorsionada, que se ofrece de este país nuestro. Que la huelga general tenga lugar diez días antes de las elecciones catalanas, que algunos entienden casi como un plebiscito sobre 'independencia sí-independencia no', es un factor que contribuye a esa mezcolanza que acaba por ofrecer la impresión de algo cercano al caos.

Claro que no es así, aunque tampoco conviene falsear los datos hablando de absoluta normalidad; llevo muchos años mirando profesionalmente el discurrir de la política española y pocas veces me he topado con una amalgama tal de nacional-pesimismo, de incompetencias, abulias y falta de ideas. Y conste que ni se me ocurre culpar solamente al Gobierno o a los gobiernos, o a la clase política en general, o a las instituciones, de un tal estado de cosas: supongo que mucha culpa la tenemos todos y cada uno de los ciudadanos que componemos la bastante inoperante sociedad civil que nos hemos dado.

Con todo lo antedicho, comprenderá usted, amable lector, que no seré yo quien se sume a la huelga general de esta jornada; entiendo muchos de los motivos de una protesta que, afortunadamente, no ha llegado a los límites de lo que merecía. Pero creo que hay otras formas de movilización ciudadana menos lesivas a la economía y al prestigio exterior de España que un día de paros, con todo lo que ello conlleva. Sobre todo, cuando tenemos la seguridad de que el rumbo no variará.

Pienso que los sindicatos están, a su antigua manera de entender las relaciones laborales y el mundo en general, cumpliendo con dignidad su papel, sin alharacas excesivas, sin extremismos y casi resignándose a hacer lo que tienen que hacer; nadie podría esperar que aplaudiesen todo lo que aquí está ocurriendo. Se trata, solamente, de que estamos tirando piedras fuera de nuestros predios. Y eso es una tontería, una más.

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