Una campaña que amenaza con aburrirnos

Actualizado 22/10/2007 2:00:29 CET

MADRID, 22 Oct. (OTR/PRESS) -

El caso es que la campaña está ya en su apogeo, y aún faltan cuatro meses y medio para ese 2 de marzo en el que deberemos acudir a las urnas para decidir si Zapatero -en adelante, Z- sigue en La Moncloa, o si es sustituido por Rajoy. A menos, claro, que ambos decidan, en función de los resultados, formar un Gobierno de gran coalición, hipótesis que ahora ambos se niegan siquiera a considerar. Ya veremos: todo está, ahora, abierto.

Lo que me pregunto es si los ciudadanos aguantaremos este ritmo de mítines, de ataques mutuos, de mensajes sin demasiado contenido, durante los próximos cuatro meses y medio. Por lo que he podido averiguar, los programas electorales de los dos principales partidos evitan explayarse sobre los problemas de fondo e insistirán en las ofertas puntuales. Pero las ofertas del Estado de bienestar, por sí solas, ya no hacen ganar unas elecciones: pueden mover a una parte del electorado, pero no bastan, según una mayoría de analistas. Cada vez es mayor esa fracción de españoles conscientes de que son necesarias reformas políticas de fondo y no solamente una cosmética que quiere que algo cambie para que todo siga igual. Ahí están la Constitución y la normativa electoral, que son de urgente reforma, y tantas otras cosas que necesitarán más el consenso entre los dos grandes que la guerra entre ellos.

Porque la verdad es que en una campaña electoral se escuchan muy pocas cosas verdaderamente interesantes y revolucionarias. Todo lo más, genialidades de marketing, de mayor o menor envergadura, como la que ha convertido a Zapatero primero en ZP y ahora solamente en Z. Es decir, nada, pero con pompas de jabón. No había más que escuchar los viejos clichés desgranados por Zapatero este domingo, dirigidos contra el Partido Popular. Y los de Rajoy acusando a Zapatero de cuestiones de lo que unas veces sí tiene culpa el Gobierno, otras no tanto y otras la culpa es compartida por socialistas y populares, como es, a mi entender, el caos que se vive en el Tribunal Constitucional, un tema gravísimo que justificaría, en mi opinión, incluso la inmediata dimisión de todos los magistrados que componen esta alta institución. Pero, claro, nadie va a dimitir, es de temer.

El caso es, en fin, copar los titulares, aunque estos titulares, dedicados a decir y decirse las mismas cosas, cada día aparecen más pequeños en los periódicos, lo que, desde luego, no es de extrañar, porque el cansancio hace mella en los lectores. Y, así, en las próximas semanas vamos a asistir a la proclamación de Rajoy como candidato -ah, pero ¿no lo era ya?-, a la de Zapatero como 'número uno' de las candidaturas socialistas -tampoco sobre ese particular cabía duda alguna-; veremos conmemoraciones partidistas, mítines por docenas los fines de semana, ministros viajando 'a provincias', lo mismo que los dirigentes principales del Partido Popular...

Yo diría que, pese a los esfuerzos por decir que todo va bien, oteado el panorama al menos desde el puente de mando de La Moncloa, y pese a la contumacia de la oposición por insistir en la crítica a lo que hace mal el Gobierno, obviando la presentación de soluciones a corto y medio plazo, el interés de la campaña va a ser decreciente. Lo que nos sitúa ante el peligro de que los dos grandes protagonistas de esta época, secundados por sus partidos, se lancen a decir cada día mayores desmesuras y enormidades, para mantener 'caliente' la atención de sus respectivas clientelas. Y eso, por mucho que estemos en campaña, no es bueno; es, más bien, nefasto, porque sospecho que, tras las elecciones, ambos tendrán que entenderse, y eso es algo que se percibe como una necesidad por muchos españoles, me parece. A ver qué dicen sobre el particular las sacrosantas encuestas.

Fernando Jáuregui.

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