Un tal Patxi López.

Actualizado 01/10/2011 14:00:41 CET

MADRID, 1 Oct. (OTR/PRESS) -

Una confesión personal: jamás he oído decir ninguna tontería al lehendakari Patxi López. Y, ya que estamos, tampoco al dirigente del PP vasco, Antonio Basagoiti. Ahora, López ha desgranado un decálogo hacia la paz en el País Vasco, que pasa por el acercamiento de los presos a cárceles vascas -algo previsto e incluso ordenado en la Constitución_y por una posible legalización de Sortu -lo que está pendiente de resolución por el Tribunal Constitucional--. Todo ello, supuesto que la banda del terror y del horror muestre su voluntad de dejar las armas.

Soy de los que creen que el escrito de la semana pasada de los presos etarras, antes irreductibles, pidiendo, aunque con condiciones imposibles, el fin de ETA, es un paso en la buena dirección, y me parece que quienes lo niegan se empeñan en no ver las cosas como son. Pienso también, sosteniendo esta hipótesis en algunas fuentes policiales, que tendremos más pronto que tarde un nuevo comunicado de la banda que suponga otro acercamiento, otro pasito, hacia la realidad: ETA está ya, de hecho, liquidada. Que subsistan focos de resistencia a esta idea entre los más pétreos pistoleros no es sino esa excepción que confirma una regla constatada por todos cuantos conocen de verdad el terreno, enormemente resbaladizo, de la lucha contra este terrorismo que ya nadie, ni los familiares, ni los propios presos, ni Bildu, ni los que están más allá de la 'muga', quiere.

Pienso que es en este marco en el que hay que analizar la oferta de Patxi López y la comprensible respuesta -prudente-- de Basagoiti. Aquí, en este delicado equilibrio, cada cual tiene que desempeñar un papel con inteligencia. No se trata, desde luego, de hacer concesiones a los asesinos, extorsionadores, propagadores del terror: que paguen sus culpas. Pero sí se trata, y eso es algo muy diferente, de actuar con flexibilidad, con habilidad y dentro del respeto a la ley y al papel que deben jugar las víctimas que ETA ha ido sembrando a su lamentable paso por el mundo. El lehendakari ha abierto un sendero; es difícil de transitar e incluso admito que es muy difícil de aceptar y hasta de entender por los más damnificados. Pero estoy convencido, y no soy el único, de que estamos ante una oportunidad de oro para dejar atrás para siempre la pesadilla. ¿Acaso no merece la pena al menos considerarlo sin descalificaciones a priori?

 

OTR Press

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