¿Qué hacer con el tercer poder (o el primero)?

Publicado 21/03/2018 8:00:27CET

MADRID, 21 Mar. (OTR/PRESS) -

Lo último que nos conviene ahora es una guerra entre jueces. Y el conflicto de Cataluña está a punto de provocar serias diferencias en el poder judicial y, en general, en el mundo jurídico. Asistí recientemente a un almuerzo con el fiscal general, muy nutrido de togados, y pude comprobar hasta qué punto, por ejemplo, las decisiones del magistrado del Supremo Pascual Llarena, sobre todo el mantenimiento de la prisión provisional para 'los cuatro', causaban importantes fricciones en ese universo.

Desde hace semanas me vengo manifestando en contra de la permanencia en las cárceles de Estremera y Soto del Real de los Jordis, del ex conseller Forn y del ex vicepresident Junqueras: desde luego, mi opinión seguro que no es tan bien fundada como la del juez, pero, tras consultar otras opiniones más versadas que la mía, me atrevo a decir que no creo que se den ya las razones para seguir con una prisión provisional que, para colmo, está causando serias convulsiones políticas. Y que, además, tendrá que finalizar algún día, cuanto más tarde, peor.

Sé que al menos algún miembro del Gobierno comparte esta opinión. Pero el Ejecutivo de Rajoy calla, no vaya a ser que alguien le acuse de no respetar la separación de poderes con el Judicial. El problema -bueno, uno de los problemas--, a mi modo de ver, se encuentra precisamente en ese tercer poder: 'summa lex, summa iniuria'. Cuando se aplica la ley de un modo excesivamente terminante -hay muchos modos de entender la ley--, se pueden agravar los males que se trataban de evitar.

Y, así, nos encontramos con un judicial, a quien se entregaron todas las facultades en lugar de hacer política, acaso demasiado indisolublemente apegado a la letra de la ley, o a una interpretación de esa letra. Comprendo que no es misión de los jueces atender a la conveniencia política de la nación, pero tampoco lo es procurar la máxima inconveniencia. Si a eso le añadimos un Ejecutivo patentemente debilitado por el uso de sus poderes en momentos de inigualable tensión para cualquier Gobierno -y hay que reconocer que presidente y ministros mantienen una admirable calma aparente- y un Legislativo prácticamente paralizado excepto para ocurrencias, tendremos un panorama preocupante.

De momento, regresan las tensiones aparentes: el fiscal general del Estado ha solicitado la puesta en libertad de Forn. ¿Por qué no también la de los otros? ¿Por salud? ¿Porque a Sánchez le proponen para president de la Generalitat, aunque haya declarado su intención de dejar el acta? Nada tiene eso que ver con su situación procesal, a mi juicio. ¿Y Oriol Junqueras, a quien estamos convirtiendo, sin razón para ello, en una especie de Nelson Mandela 'a la catalana'? La situación es muy fluida, y puede que, temporalmente, no aguante siquiera la publicación de esta crónica. Todo cambia muy aprisa, dejando en evidencia la falta de criterios firmes y de soluciones meditadas: la política española, especialmente cuando toca a Cataluña, galopa desenfrenada. No estoy seguro de que eso sea bueno.

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Lo último que nos conviene ahora es una guerra entre jueces. Y el conflicto de Cataluña está a punto de provocar serias diferencias en el poder judicial y, en general, en el mundo jurídico. Asistí recientemente a un almuerzo con el fiscal general, muy nutrido de togados, y pude comprobar hasta qué punto, por ejemplo, las decisiones del magistrado del Supremo Pascual Llarena, sobre todo el mantenimiento de la prisión provisional para 'los cuatro', causaban importantes fricciones en ese universo.

Desde hace semanas me vengo manifestando en contra de la permanencia en las cárceles de Estremera y Soto del real de los Jordis, del ex conceller Forn y del ex vicepresident Junqueras: desde luego, mi opinión seguro que no es tan bien fundada como la del juez, pero, tras consultar otras opiniones más versadas que la mía, me atrevo a decir que no creo que se den ya las razones para seguir con una prisión provisional que, para colmo, está causando serias convulsiones políticas. Y que, además, tendrá que finalizar algún día, cuanto más tarde, peor.

Sé que al menos algún miembro del Gobierno comparte esta opinión. Pero el Ejecutivo de Rajoy calla, no vaya a ser que alguien le acuse de no respetar la separación de poderes con el Judicial. El problema -bueno, uno de los problemas--, a mi modo de ver, se encuentra precisamente en ese tercer poder: 'summa lex, summa iniuria'. Cuando se aplica la ley de un modo excesivamente terminante -hay muchos modos de entender la ley--, se pueden agravar los males que se trataban de evitar.

Y, así, nos encontramos con un judicial, a quien se entregaron todas las facultades en lugar de hacer política, acaso demasiado indisolublemente apegado a la letra de la ley, o a una interpretación de esa letra. Comprendo que no es misión de los jueces atender a la conveniencia política de la nación, pero tampoco lo es procurar la máxima inconveniencia. Si a eso le añadimos un Ejecutivo patentemente debilitado por el uso de sus poderes en momentos de inigualable tensión para cualquier Gobierno -y hay que reconocer que presidente y ministros mantienen una admirable calma aparente_y un Legislativo prácticamente paralizado excepto para ocurrencias, tendremos un panorama preocupante.

De momento, regresan las tensiones aparentes: el fiscal general del Estado ha solicitado la puesta en libertad de Forn. ¿Por qué no también la de los otros? ¿Por salud? ¿Porque a Sánchez le proponen para president de la Generalitat, aunque haya declarado su intención de dejar el acta? Nada tiene eso que ver con su situación procesal, a mi juicio. ¿Y Oriol Junqueras, a quien estamos convirtiendo, sin razón para ello, en una especie de Nelson Mandela 'a la catalana'? La situación es muy fluida, y puede que, temporalmente, no aguante siquiera la publicación de esta crónica. Todo cambia muy aprisa, dejando en evidencia la falta de criterios firmes y de soluciones meditadas: la política española, especialmente cuando toca a Cataluña, galopa desenfrenada. No estoy seguro de que eso sea bueno.