Acerca del modelo de país en el que uno quiere vivir

Publicado 22/05/2016 8:00:13CET

Siete días trepidantes

MADRID, 22 May. (OTR/PRESS) -

Dice el president de la Generalitat, arrimando el ascua a su bandera a propósito de la muy absurda 'guerra de la estelada', que "este (el de la España de la señora Dancausa, la delegada del Gobierno en Madrid que pretendió prohibir la entrada de la enseña independentista en el estadio Calderón) no es el modelo de país en el que yo quiero vivir". Lo sabíamos desde mucho antes de que el episodio que marcará este domingo el encuentro futbolístico-político en el que se ha convertido la Copa del Rey propiciase más munición para el sentimiento victimista, de agravio, que albergan no pocos catalanes respecto 'de Madrid'. Un sentimiento que, por supuesto, el habitante principal de la Generalitat azuza con cuanto material se le pone a mano. Y la delegada, cuya dimisión piden hasta algunos editoriales periodísticos, ha suministrado al molt honorable president no poco carbón y leña para encender la hoguera.

No, este no es el país en el que a Carles Puigdemont le gustaría vivir; de hecho, a través de su biografía sabemos que nunca le ha gustado vivir en este país llamado España en el que, sin embargo, tanta libertad, poder y posibilidades ha encontrado para combatirlo. Pero no es el momento, ya digo, de echar leña a ese fuego que, de una u otra manera -no al 'modo Dancausa' ni al 'estilo Puigdemont', claro-, acabará apagándose, porque lo que no puede ser, no puede ser. Así que entiendo que este es, más bien, el momento de hacer una reflexión sobre, precisamente, este país, tan curioso, en el que vivimos, llamado España y no meramente, como 'Puigde' quiere, 'el Estado'. Aprovecho, por tanto, la perogrullada oportunista de Puigdemont para hacer algunas consideraciones que me asaltan en estas peculiares horas, en las que ya hemos sobrepasado los cinco meses de desgobierno 'en funciones', de salidas de tono adyacentes, subyacentes y emergentes y de ocurrencias y desvaríos varios. El país del surrealismo que ni Breton, ni Dalí, ni el visionario Magritte hubiesen soñado, en sus momentos de mayor delirio onírico, concebir.

Así, España se ha convertido en la nación modelo de (falta de) convivencia en la que la normalidad ha dejado de ser eso que debería imperar en un Estado que trate de cimentar un futuro lógico, unido, coherente, próspero. No hay en los medios noticias de inauguraciones, de decisiones económicas racionales, de inserción en plano de igualdad en las instituciones europeas, de avances culturales y científicos. Y, entonces, lo deportivo, en lo que un día brillábamos, se convierte en lo que se va a convertir el Vicente Calderón en las próximas horas. Y lo lúdico, las fiestas con medio milenio de tradición, devienen en el lamentable lance, nunca mejor dicho, del toro de la Vega. Un país, por ejemplo, cuya capital vive en la zozobra permanente de las manifestaciones de descontento y de las paradas callejeras (estas sí autorizadas por la superioridad) protagonizadas por 'ultras' de uno y otro signo que ponen en peligro la paz ciudadana.

En ese país que digo, más bien a veces de pesadilla que de ensueño, a una magistrada del Supremo le quitan la condición de tal porque se integra en una candidatura 'non grata' para quien detenta -ver diccionario para mayor exactitud_ uno de los tres poderes de Montesquieu. Y a un general, que fue jefe de los ejércitos y se declara ahora antimilitarista (¿?), le someten a una especie de 'proceso Dreyfus' porque aceptó figurar en una lista electoral obviamente 'non grata' al estamento castrense ni al Gobierno de turno. Sí, un país que pone en tela de juicio a uno de los tres 'padres' de su Constitución, Miquel Roca, que tuvo el mal acierto de aceptar la defensa jurídica de la honradez, cuestionada, de una hija y hermana de Rey. Y cuya segunda ciudad en importancia, es decir, Barcelona, quiere quitar la medalla de oro a uno de los artífices de la transición, Rodolfo Martín Villa, por un suceso en Vitoria de hace cuarenta años.

Mezclo intencionadamente unas cosas con otras, de las que comprendo que saldrá siempre un coctel explosivo en el futuro, si Dios y quienes quieren ser nuestros representantes a partir del próximo 26 de junio no lo remedian a base de aplicar un poco de generosidad y un mucho de sentido común en el presente. Pero qué quieren: aquí estamos, intentando conciliar la demencial política venezolana --sí, aquello es peor, desde luego--, mientras las dos, o tres, o cuatro, Españas permanecen irreconciliables y no hay zapatero-a-tus-zapatos que remiende los jirones. O vamos a Berlín a decirles lo mala que es la gran coalición que allí, sin embargo, tan bien ha funcionado y somos, en cambio, incapaces de ver la viga en el ojo propio, ignorantes de que los dioses, cuando quieren perder a los hombres, primero los ciegan. O les dan en la cabeza con el palo de una bandera que se convierte en arma arrojadiza contra el adversario...

Así que, por motivos muy, muy diferentes, tengo que coincidir con el señor Puigdemont: este no es, seguramente, el país en el que a mí me gustaría vivir. Aunque confieso que en él vivo encantado y tratando, en la escasa medida de mis fuerzas, de mejorarlo, que es algo que el molt honorable, obviamente, no quiere. Y tampoco estoy seguro, con todo el amor que siento por esa parte ineludible de España que se llama Cataluña, de que a mí me apasionase convivir en ese país, vindicativo, acomplejado, menor, que quien ahora preside la Generalitat quiere hacer del territorio que preside.

En fin: que feliz, glub, jornada futbolística. Allí, conviviendo en el palco madrileño, estarán el Rey, nuestro Rey, y Puigdemont. Ada Colau y Manuela Carmena con el alcalde de Sevilla, Juan Espadas, que va a ser allí el máximo representante del PSOE. Esteladas junto a enseñas nacionales. Las dos Españas, pero España al fin. País...

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