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Siete días trepidantes

Haya lo que haya, ahí está Soraya

Publicado 06/11/2016 8:00:15CET

MADRID, 6 Nov. (OTR/PRESS) -

Quienes inicialmente pensaron que en la remodelación ministerial -que ni siquiera crisis de Gabinete- la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría perdía poder al perder la portavocía, pronto se dieron cuenta de su error. Doña Soraya no tiene tiempo para perderlo explicando, semana tras semana, a los periodistas, a los que Rajoy tanto desprecia, las cosas que se han aprobado o no en el Consejo de Ministros, ni tirando balones fuera ante las preguntas latosas de los informadores: de eso, que se ocupe Iñigo Méndez de Vigo, que es simpático, amable, elegante hasta la exageración y habla bien idiomas en el diálogo. Y no molesta. A la 'número dos' del Ejecutivo, que peleó y ganó para mantener el control de los servicios secretos frente a su rival María Dolores de Cospedal, le ha caído, en cambio, la mayor responsabilidad que podría atribuirle el presidente: el acercamiento a una Cataluña 'levantisca', vamos a decirlo así. De que esta tarea se haga bien, mal o como hasta ahora -o sea, muy mal, y desde bastante antes de la 'era Rajoy'- , depende mucho del futuro de España como un Estado, es decir, como una nación.

La primera pregunta que se me suscita, que se ha suscitado en ámbitos cercanos a la Generalitat de Catalunya, que con tanto empecinamiento desempeñaron Artur Mas y, ahora, Carles Puigdemont, es si alguien con mentalidad tan acusada de abogado del Estado es la persona más idónea para (re)stablecer, desde una cartera llamada Administraciones Públicas, o desde la de Presidencia, esa confianza con quienes proclaman, y saben que no conseguirán, el secesionismo. Pero en ese 'procés', de proclamar que el año próximo se celebrará el referéndum de independencia, al de no lograrlo, va a un trecho que puede ser muy incómodo, muy desgastante, muy empobrecedor, para el Estado. Y, hasta ahora, lo que ha dominado en las relaciones del Gobierno central con la Generalitat y con quien manda en el Parlament ha sido el espíritu de la 'brigada Aranzadi': judicializarlo todo, esgrimir el artículo 155 de la Consitución, echar encima del infractor al Tribunal Constitucional, los códigos y, si preciso fuere, hasta las fuerzas de Orden Público.

Y este va a ser, ya lo verán, el gran debate de fondo que va a impregnar la tarea puramente política -de economía y otros aspectos colaterales ya hablaremos otro día_ de este Gobierno nuevo-viejo montado por Rajoy sin el menor temor, ya se nota, a que le llamen 'continuista' e inmovilista. En las tortuosas relaciones entre Cataluña y el resto de España, ¿hay que hacer primar la aplicación de la ley, 'summa lex, summa iniuria', o lo que debe prevalecer es un diálogo flexible, en el que ambas partes saben que se tendrán que dejar bastantes pelos en la gatera? La ley ha de aplicarse, de acuerdo, pero sin dejar víctimas que sirven para la propaganda del 'Madrid ens roba', como la alcaldesa de Berga, o como Homs, o como el propio Artur Mas, que llega a los tribunales acompañado de las varas de mando de los alcaldes del movimiento municipal independentista.

Pero, al tiempo que se buscan fórmulas de aplicación inteligente de la ley, ¿hay que buscar un nuevo encaje constitucional para Cataluña, como 'nación dentro de una nación de naciones', como dijo, algo apresuradamente a mi entender, Pedro Sánchez en la última y más desafortunada de sus entrevistas periodísticas? Al fin y al cabo, el prólogo del Estatut, se quiera o no tan inconstitucional en alguna de sus interpretaciones, ya recoge la hipótesis de Cataluña como nación... Y no ha pasado gran cosa, la verdad.

Y aquí, al final, hay que plantearse si se aplican las tesis de los más duros en Madrid (y en Barcelona, y en Girona), que nos llevan al choque de trenes, o si se ensayan fórmulas de entendimiento, de cesión, de admitir que España es un Estado asimétrico, y que no es lo mismo, ay, la autonomía de mi querida Cantabria que la catalana. Duro de tragar desde este lado de la raya, claro, pero es lo que hay. Y, entonces, doña Soraya puede actuar como muralla, sacar a pasear el Aranzadi, el 155 de la Constitución, el Código Penal. O puede actuar, y perdón por seguir con las malas rimas, como cobaya, banco de pruebas a ver si todavía es posible -que lo es, vaya si lo es_ un diálogo, constructivo y no constrictivo, que evite, aunque sea durante unos años más, el enfrentamiento total con la parte importante de catalanes que siguen planteando la ruptura con España.

Ese diálogo exige que en él se impliquen todas las fuerzas políticas del Estado, no solamente el 'socio a la fuerza' Ciudadanos, cuyos planteamientos en matera territorial a veces son un poco demasiado radicales, sino también los socialistas -sí, también ese vacilante PSC_. Y, claro, Podemos, que tanto poder ha adquirido en las urnas en Cataluña y en el País Vasco, mucho más que en Madrid, donde los morados están tan divididos y con tantos problemas.

O sea, que lo primero que tendrá que hacer SSdeS será olvidarse de pugnas intestinas acerca de si se queda o no con los servicios de Inteligencia frente a la nueva titular de Defensa -que tendrá que dejar, claro que sí, la secretaría general del PP en el próximo congreso del partido-, o si el 'grupo de los ocho' que le hacían frente en el Gobierno de Rajoy ha quedado reducido a uno/a. Esa batalla, SSdeS la ha ganado por goleada. Así que lo segundo será tomar el control de los contactos parlamentarios, incluyendo, ya digo, Podemos y los nacionalistas más o menos 'moderados', y pienso en el actual PNV. O hasta en gentes de la ex Convergencia, hoy Partit Demócrata Catalá, siglas en controversia.

Y lo tercero, creo, instalarse en el puente aéreo, que no pasa nada por viajar un poco más a Barcelona y esperar menos a que te visiten los catalanes en La Moncloa... cuando se les invita. Y si, de paso, aprende a hablar catalán en la intimidad, no pasa nada, que aquí no se trata, como creen los 'duros' del PP, PSOE y ciertos creadores de opinión en algunos medios de comunicación, de aplicar al disidente la legislación vigente. O no solo eso, al menos. Cataluña, incluso para la agnóstica doña Soraya, bien vale una misa. Así que ¿muralla? ¿cobaya? ¿batalla? ¿sostenella, pero enmendalla? Esa es la clave: haya lo que haya, ahí estará Soraya. Para mal o, confiemos -que talla política sí hay en doña Soraya--, para bien.

OTR Press

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