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Siete días trepidantes

Lo importante es lo que haga Rajoy, no Sánchez

Publicado 30/10/2016 8:00:22CET

MADRID, 30 Oct. (OTR/PRESS) -

Quiso Pedro Sánchez acaparar este sábado un último cuarto de hora de protagonismo, saliendo ante los medios a anunciar su renuncia al escaño y sugiriendo que pasa a convertirse en un 'ala crítica' de su partido, frente a la postura errónea que, al parecer, él interpreta que representa la gestora a la que respalda Susana Díaz y que preside Javier Fernández. Modestamente, pienso que quien se equivoca es Sánchez: ya no es alternativa, jamás será el 'Corbyn del socialismo español'. Y lo que Sánchez hizo al mediodía de este sábado, abandonando su escaño ante las cámaras de televisión, no debería desbancar, en los titulares de lo importante, a lo que de verdad va a tener trascendencia para los españoles: ¿qué hará ahora, tras haber resultado investido, en la tarde-noche del propio sábado, Mariano Rajoy? ¿Qué ocurrirá después de que, este domingo, jure su cargo ante el Rey? ¿Qué Gobierno nos prepara el galaico y hermético Don Mariano?

Porque va a ser Rajoy quien presida el Gobierno y, en cambio, Sánchez, su mortal adversario, el hombre que quería mandar a Rajoy a la oposición, se ha convertido en un militante de base, que dice que, al volante de su automóvil, recorrerá agrupación socialista tras agrupación socialista en busca de no se sabe bien qué retorno a la cúpula de qué. Pero el poder en el PSOE reside en Ferraz (bueno, en Sevilla y en Oviedo: otro 'pacto del Betis') y ya se sabe que quien tiene el poder, que Sánchez perdió por su propia culpa y su empecinamiento, tiene las llaves de la puerta de las sedes, y de los escaños, y de los cargos, y de tantas cosas más.

Me atrevo a decir que Sánchez, cuyos errores, de enorme gravedad, reconocen abiertamente muchos socialistas que forman parte de esas 'bases' o de esa militancia a la que él continuamente alude como apoyo de su persona, se ha convertido en un cadáver político, aunque él no lo sepa todavía. Ya se irá enterando: de momento, que saque porcentajes de la votación de su grupo a la investidura de Rajoy este sábado. La recuperación del PSOE me parece que no pasa por él, que ha provocado el cisma... pienso, sin embargo, que superable en no mucho tiempo, si Sánchez no incordia demasiado el proceso. De momento, ya no estará en las tareas de oposición parlamentaria a los planes (o a la falta de ellos) del Gobierno del PP.

Así que vamos a lo verdaderamente importante, dejando atrás lo relativamente anecdótico: y lo importante es hacia dónde va Rajoy una vez que ha logrado la investidura (menuda etapa para los historiadores y para los periodistas a los que nos apasiona recopilar los acontecimientos) en un marco agónico. Yo creo que el presidente, que ha dejado de estar en funciones, ha entendido el mensaje que las circunstancias, y los electores, han emitido durante este último año: muchos apoyan su sentido común y su flema, especialmente frente a algunos profesionales del trapecio que se le oponían y se le oponen; pero este apoyo no es tan generalizado porque Rajoy representa aún excesivamente un pasado de corrupción, de inactividad, de falta de empatía con los ciudadanos, de arriesgar poco para conseguir también poco y de escasa, por decir algo, voluntad de asumir cambios de relieve.

¿Cabe el viraje en todas esas facetas? Cabe. Rajoy es un político capaz, enormemente pragmático, que espero que sepa que en Albert Rivera tiene un colaborador, crítico -desde una cierta oposición-, pero colaborador al fin; que en el PSOE actual post-Sánchez puede encontrar apoyos para la regeneración del país y que hasta en el nacionalismo vasco debería buscar coincidencias, y no enemistades. A partir de ahí, tiene que abrir una nueva era en las relaciones con la Generalitat de Catalunya, con los 'barones' autonómicos, con los sindicatos, con las instituciones, comenzando por el propio Rey, que menudo suspiro de alivio debe de haber lanzado, desde Colombia, a la vista de los últimos acontecimientos. Que el jefe del Estado, me parece, ya esperaba.

Puede que yo sea un ingenuo, pero quisiera ver, del presidente que ha dejado de estar en funciones, pasos decididos hacia el Cambio con mayúscula, pero ya. Por ejemplo, con la selección de sus ministros: premiar fidelidades con nombramientos es Vieja Política, casi propia del tardofranquismo. Rodearse de afines no críticos es actitud comodona que deja fuera a demasiados. Regirse por una táctica de mantener equilibrios con influencias enfrentadas, como pueden ser las de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría y la hasta ahora -y puede que siga siéndolo_ secretaria general del PP, Dolores de Cospedal, llegaría a ser hasta peligroso para la estabilidad del Ejecutivo.

Hay que confiar, por nuestro bien, en que Rajoy acierte y mantenga el rumbo que ha iniciado estos días, en los que no le ha quedado otro remedio que buscarse apoyos a base de vestirse de saco y echarse ceniza en la cabeza. A ver si es capaz de ello, en lugar de dejarse engullir por ese maldito síndrome de La Moncloa, que a tantos ha perdido antes.

OTR Press

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