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Actualizado 05/05/2008 2:00:49 CET

MADRID, 5 May. (OTR/PRESS) -

Somos desmedidos en el elogio fúnebre y excesivamente avaros en el reconocimiento de los éxitos de los que viven. A Leopoldo Calvo Sotelo le han dedicado artículos maravillosos sus amigos... y sus enemigos o, incluso, quienes le consideraban más bien poco. Fue el hombre en la sombra de Adolfo Suárez y el hacedor de acuerdos en eso que fue la UCD, un conglomerado de partidos y de intereses que jugó un papel esencial y se disolvió como un azucarillo removido por sus propios integrantes. Sus meses de Gobierno fueron, seguramente los más difíciles de la joven democracia española, pero después de que le dieran un golpe de Estado durante su investidura, pensó durante algún tiempo en un gobierno de coalición con el PSOE, pero acabó desestimándolo. En sus cien primeros días fue un 'anti-Suárez', con una política de gestos bien pensada que, sin embargo, no logró capitalizar. Recondujo el problema autonómico y colocó la bandera española en su sitio, pero fue Felipe González quien se apuntó el tanto de una salida pactada con los nacionalistas. Dio el paso de integración en la OTAN y el PSOE lo tomó como su 'contrabandera'. Intentó afrontar la crisis económica con seriedad y la CEOE le volvió la espalda. Pisó la calle y llevó la moderación al Parlamento y sus diputados le traicionaron, unos días unos y otros días, otros. Viajó al País Vasco a dar la cara y no sólo sufrió una escalada terrorista sino una dura pastoral de los obispos vascos. Colocó a un ministro civil en Defensa, pero desactivó el malestar militar en los cuarteles y en el Desfile le humillaron colocándole una silla de tijera.

Intentó ordenar sus filas y, al final, quien le prestó votos para que no tuviera que dimitir fue el PSOE. "¡Qué gran presidente ha perdido Dinamarca", dijo alguien de él. No es de extrañar que años después escribiera un libro en el que despellejó a muchos de sus ex compañeros, como Ricardo de la Cierva, Pío Cabanillas, Herrero de Miñón, el propio Suárez. Él mismo tuvo el dudoso honor de ser el único presidente que se presenta a unas elecciones y ni siquiera es elegido diputado. Pudo ser aún peor, porque le pusieron al frente de un circo y le crecieron hasta los enanos.

Fue un presidente íntegro, moderado y honesto, inteligente y culto y un excelente ex presidente que se merecía los elogios cuando ocupó el cargo y después, pero que apenas los tuvo. Su historia, especialmente la relativa a UCD, debería hacer meditar a muchos estos días. A veces, las elecciones no las gana un partido, pero casi siempre las pierden las formaciones que acaban convirtiéndose en un lugar donde los intereses personales y las zancadillas priman sobre las ideas y el proyecto común. A Calvo Sotelo no le gustaría que se repitiera la historia.

Francisco Muro de Iscar

OTR Press

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