La democracia aristocrática

 
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La democracia aristocrática

Actualizado 20/02/2017 12:48:06 CET

MADRID, (OTR/PRESS)

Nadie discute que la democracia, tal como la conocemos, está en crisis y que necesita una reforma profunda que la vitalice e impida su demolición. El problema es cómo se hace eso.

Mientras los partidos clásicos se agostan y se duermen, incapaces de encontrar fórmulas para conectar con el pueblo sin perder poder, en toda Europa están surgiendo partidos que quieren acabar con la esencia de la democracia europea tal como la conocemos.

La amenaza de la ultraderecha en Francia, Holanda, Alemania o Austria es una pésima noticia para quienes defendemos la Europa de las libertades, de los derechos humanos y de la paz. Y, por el otro lado, el surgimiento de movimientos de corte marxista-leninista, como Podemos en España, tan viejo, tan antiguo y tan dañino como la ultraderecha, o como el nacionalismo cerril de Donald Trump en Estados Unidos son malas noticias para una democracia enferma que si se nos cae, nos puede llevar a situaciones peligrosas. Si en Francia gana Le Pen, la democracia europea no estaría enferma sino, posiblemente moribunda.

No pocos, sostienen que la democracia ha llegado al límite y que hay que buscar otras fórmulas. De momento, casi todas son viejas y no hay ideas innovadoras ni revolucionarias. Frente a esta democracia de las élites, una forma de oligarquía matizada por elecciones cada cuatro años pero dirigidas férreamente desde los aparatos de los partidos, algunos oponen la democracia asamblearia, también vieja, quizás más antigua que la mayoría, pero imposible realmente en sociedades tan masificadas como ésta.

Además, en España estamos asistiendo al fenómeno de que los movimientos asamblearios se convierten inmediatamente en dictaduras del liderazgo, aunque éste se someta a refrendos democráticos, que, inmediatamente, eliminan cualquier divergencia y, además, se refuerzan con un círculo cerrado y de la absoluta confianza del líder.

Entre los pocos que apuntan fórmulas nuevas, o casi, está el profesor e historiador belga, David Van Reybrouck, quien defiende "una democracia aristocrática, pero por sorteo". Hay que explicar la ocurrencia que no creo que tenga éxito, pero que encierra alguna reflexión positiva.

Dice el profesor que la democracia tal como la conocemos está muerta, que los referendos conducen a decisiones más impulsadas por los sentimientos que por la reflexión, y que por eso, cuando se tengan que tomar decisiones de calado, habría que elegir una pequeña muestra representativa de ciudadanos, elegida aleatoriamente, que durante un tiempo -un mes, seis meses, ocho meses- estudiara al problema, escuchara a las partes, preguntara a los expertos y, luego, presentara su propuesta informada, que sería votada por todos los ciudadanos.

Es la alternativa a esas Comisiones parlamentarias o reales, que hubo alguna vez y en la que un grupo de sabios reflexionaba sobre el problema antes de que los políticos decidieran con el carné en la boca o los ciudadanos votaran con las entrañas. No sé si este cambio es el que necesitamos, pero el mundo está cambiando y tenemos que cargar de peso a la democracia para que no la destruyan los antidemócratas desde dentro o desde fuera.

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