El fin de la demagogia

 

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Francisco Muro de Iscar

El fin de la demagogia

Publicado 24/10/2016 8:00:11CET

MADRID, 24 Oct. (OTR/PRESS) -

La decisión del Comité Federal del PSOE, histórica, dura, muy dividida, no pacífica y no definitiva pese al acuerdo, abre o debe abrir el fin de la demagogia en la actual política española. Por lo menos por parte del PSOE, que durante mucho tiempo, desde la época de Zapatero y de forma mucho más clara en la de Pedro Sánchez, ha hecho de la retórica su principal arma para situar artificialmente al PP en la derecha extrema y hacerle culpable de todos los males de la España actual. Esa estrategia ha tratado de esconder durante todo este tiempo la falta de proyecto de la socialdemocracia española y el intento de algunos, cortado afortunadamente desde el núcleo duro del partido, de crear una especie de frente popular, con el apoyo de los independentistas, que hubiera sido una catástrofe para España y para el propio Partido Socialista.

La falta de autocrítica de la izquierda ha sido en estos últimos años tan importante como la carencia de programa, la absoluta falta de ideas sobre dónde debe estar y qué debe defender el centro izquierda en esta primera parte del siglo XXI. El problema no es sólo español, sino europeo o mundial, pero aquí ha sido especialmente profundo. Y no ha sido provocado por el surgimiento de un populismo, tan atractivo para los más desfavorecidos como destructivo para el conjunto de la sociedad, sino por su falta de coherencia y porque los ciudadanos le han dado la espalda. En muy poco tiempo, el PSOE ha pasado de once millones de votos a cinco y medio y de casi 170 diputados a 85. ¿Es un error de los ciudadanos o una consecuencia de sus políticas? Y no sólo nadie ha hecho autocrítica sino que todos sus dirigentes siguen culpando al PP de todos los males de España y están siendo incapaces de favorecer la gobernación de Rajoy y aprovechar la debilidad del PP para forzar las reformas imprescindibles y hacer llegar a los ciudadanos el mensaje de que esas reformas sólo han sido posibles gracias al PSOE. Es posible que un Gobierno en minoría, forzado a pactar permanentemente cada reforma, fragilizará el poder del Partido Popular pero podría no sólo resolver los problemas pendientes, sino devolver el espíritu de la transición, aquel que llevó a España a la modernidad, no sólo a la libertad.

Sacar a España de la crisis, resolver los problemas de fondo -empleo, fiscalidad, pensiones, modelo de Estado y territorialidad, educación, justicia, pobreza, etc.- puede ser mucho más sencillo que recuperar la unidad del PSOE, que corre el riesgo de partirse definitivamente. Pero sin una izquierda moderna, que abandone la retórica frentista y busque su nueva identidad, lo que puede suceder es que un partido como Podemos, cada vez más transparente en sus guerras internas y en sus objetivos, cada vez más diáfano en su lucha por el poder al precio que sea, le gane la batalla. El PSOE se juega su futuro: o se moderniza y mantiene su unidad o corre el riesgo de morir como murió la UCD, huérfana de proyecto y lastrada por sus intereses personales. Tienen por delante una dura tarea.

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