La huelga como refugio.

Actualizado 14/11/2012 13:00:40 CET

MADRID, 14 Nov. (OTR/PRESS) -

Yo no hago huelga. Me parece inoportuna, innecesaria e inútil. No tocaba ahora. Incluso falta el clima adecuado. Digan lo que digan las cifras posthuelga de unos y de otros, las estadísticas no medirán cuántos la han hecho voluntariamente y a cuántos no les ha quedado más remedio que faltar a su trabajo. Los sindicatos blindarán los puntos neurálgicos y especialmente el transporte público para que parezca un éxito lo que, al menos en las últimas convocatorias -y ahora promete lo mismo-, fue un fracaso general.

Una huelga general en la situación en la que estamos, con el agua al cuello y muchos ya hundidos, no sirve para nada y hace mucho daño. No al Gobierno, que la da por descontada, sino a la sociedad y a cada uno de los ciudadanos. No va a modificar la política de Rajoy que tiene la mayoría suficiente para seguir adelante con su plan, o su falta de plan, impuesto por Europa, por la realidad, por los graves errores de los que gobernaron antes o por el silencio culpable de los propios sindicatos. Hará perder 4.000 millones de euros a las empresas, con lo que pueden aumentar los despidos futuros. Va hacer perder el salario de un día a muchos trabajadores que no van a ir voluntariamente a la huelga. Habrá sectores que sufran un castigo innecesario e improductivo. Y España perderá crédito, confianza e imagen. Y el día 15, nada habrá cambiado.

Claro que hay razones para la indignación y la huelga, pero no las que enarbolan los sindicatos, incapaces, como los partidos, de hacer autocrítica de sus errores en los últimos años, muchos de los cuales han desencadenado y agravado la crisis. Hay cinco millones de parados que no están representados por los sindicatos, nunca lo han estado. Hay muchos millones de españoles que viven bajo el umbral de la pobreza, que tampoco están siendo amparados por los sindicatos o por los partidos, sino por instituciones privadas como Caritas y otras ONGs. Hay problemas como los desahucios, a los que sólo el escándalo social ha convertido -y de mala manera- en un problema "para" los poderes públicos. Están también las tasas judiciales, sobre las que los sindicatos guardan silencio, que van a dejar sin derechos y sin justicia a millones de ciudadanos.

La huelga puede ser un salvavidas para los sindicatos, tocados por las restricciones económicas gubernamentales y limitados en su capacidad de actuar. Unos sindicatos necesarios como contrapeso del poder político, pero ineficaces, ineficientes y cómplices de los errores en la educación -ahí está el fracaso escolar provocado por políticas educativas equivocadas-; en las finanzas -en los consejos de administración de las Cajas estuvieron sordos, mudos y ciegos, pero cobrando-; o en la política de empleo -cobrando por formación, pero sin resultados-. La huelga es un refugio para los sindicatos. Al menos, se les verá como si estuvieran vivos. Lo que necesitamos es un pacto con generosidad por parte de todos. Pero no lo quiere ninguno de los que deberían promoverlo.

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