La Iglesia recupera la palabra.

Actualizado 15/07/2013 14:00:20 CET

MADRID, 15 Jul. (OTR/PRESS) -

La elección del Papa Francisco I abrió las puertas al cambio en la Iglesia. No se trata de cambiar el rumbo ni de hacer lo contrario de lo que hizo su predecesor, sino de dar aire nuevo a la Iglesia, de cambiar aspectos no superficiales en tiempos de crisis. La Iglesia, como otras muchas instituciones, parecía no haber observado suficientemente que esta crisis de valores, esta opulencia de la sociedad occidental estaba llevándonos a todos a una colapso civilizatorio, como lo ha definido el científico Eudald Carbonell.

Eso es grave en la política, en la cultura, en la ciencia... pero los es mucho más en los valores éticos o morales. Más que el fin del capitalismo parecía, ¿parece?, un final de civilización. Francisco I lo sabía y sus primeros gestos empiezan a convertirse en hechos. Y arrastra otras voces dentro de la Iglesia. No sé si esta sociedad española, europea, será capaz de cambiar el rumbo, de hacer autocrítica, de modificar profundamente sus comportamientos, pero la Iglesia Católica ha emprendido ese camino de la mano de su nuevo Pontífice.

Francisco I -hombre del año para la revista 'Vanity Fair'- ha cambiado no sólo el lugar donde reside el Papa, donde come, donde oficia la misa cada día, sino la forma de gobernar la Iglesia. Tiene por delante enormes retos, entre ellos el de reformar la todopoderosa Curia. Ya ha marcado su territorio, desde una firmeza profunda y una real humildad. Sus primeros nombramientos, la limpieza en el Banco Vaticano con la detención de un alto responsable, la creación de comisiones de investigación, son, sin duda, un cambio profundo. Seguirán muchos más. Su primera encíclica, por primera vez obra de dos Papas vivos, es una confirmación de que la fe será la luz viva de su gobierno.

El endurecimiento de las penas para pederastas y corruptos indica que habrá tolerancia cero contra uno de los males que más daño ha hecho a la Iglesia en estos últimos tiempos y que la corrupción es intrínsecamente dañina. Su viaje a Lampedusa, lugar clave de la inmigración irregular, ha sido una sacudida a la conciencia de Occidente: "la cultura del bienestar nos hace insensibles al grito de otros, nos lleva la indiferencia hacia los otros, o, mejor, a la globalización de la indiferencia". La crueldad de la indiferencia hacia los otros. No hay paso de Francisco I que no sea una interpelación al corazón y a la conducta de los católicos* y de todos los hombres.

Su inmensa libertad, su valentía, va a mover muchas cosas en la Iglesia. Van a surgir nuevas voces libres, comprometidas, interpeladoras. Lo han hecho ya los jesuitas, que han presentado un manifiesto a favor de la regeneración democrática. Este es el tiempo del compromiso, de la denuncia, de la vuelta a los valores éticos y morales. Las organizaciones de la Iglesia tienen que perder el miedo a salir a la calle, a opinar, a ser autoexigentes y a exigir a los poderes públicos y a los ciudadanos. Este es momento. La Iglesia es mucho más que Cáritas o Manos Unidas. La Iglesia debe volver a tomar la palabra para reclamar a todos, a ella la primera, esta indispensable regeneración que necesita una sociedad dormida e irresponsable.

OTR Press

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