Roma, el cambio sereno.

Actualizado 01/03/2013 13:00:38 CET

MADRID, 1 Mar. (OTR/PRESS) -

Si Benedicto XVI ha renunciado a su misión sin duda es para fortalecer la Iglesia, no para debilitarla; para hacer frente a los problemas reales, no para ocultarlos. Los que conocen la realidad de Roma y los que la desconocen casi absolutamente, los que son cristianos y los ateos o agnósticos declarados, los que se interesan por la Iglesia y los que dicen que no les importa nada, están escribiendo estos días en los periódicos y participando activamente en tertulias para dictar sentencia sobre lo que pasa detrás de los muros del Vaticano y sobre las motivaciones de Benedicto XVI. En algunos casos con voluntad de informar, en otros con ignorancia supina, en algunos con mala fe. Ese es uno de los pecados de la información de estos tiempos: cualquiera puede salir en una tele o en una radio hablando de lo que no sabe. Y encima, cobrando. La Iglesia no iba a ser ajena a este problema.

Seguro que el Vaticano, como todos los centros de poder, reúne algunos de los vicios y miserias que siempre proliferan en estos territorios. Desde el Papa hasta el último sacerdote o seglar que se mueve entre sus muros, todos son hombres como nosotros, con sus tentaciones, sus envidias, sus pecados, sus ambiciones. Pero también allí hay algunas de las voluntades más limpias, más generosas, más entregadas, más libres, más cercanas a Dios que uno pueda encontrar. Y éstas, no tengo ninguna duda, son mayoría aplastante, aunque algunos sólo quieran ver los malos ejemplos, las actividades condenables, que las hay.

Posiblemente una de las primeras visitas del nuevo Papa sea a Benedicto XVI, siervo leal y fiel desde ya de su sucesor. Esa sí que será una entrevista interesante y hay que esperar que en Roma no haya micrófonos ocultos, aunque mejor será que alguien se encargue de comprobarlo. No creo que, después, haya más encuentros: Benedicto XVI ha hecho cosas importantes en su pontificado pero también es un Papa puente entre el cambio profundo de Juan Pablo II y las reformas aún más profundas que deberá afrontar el nuevo Papa. Cambios para una renovación a fondo y valiente de la organización interna de la Iglesia; cambios para un acercamiento a los más pobres, a los vulnerables, a los desfavorecidos que ya no están sólo en el tercer mundo, sino entre las civilizaciones opulentas -para algunos- de Occidente; cambios para un diálogo más cercano con el mundo de hoy, con la increencia, con la cultura, con la ciencia, con la vida; cambios para sacudir las conciencias dormidas de los hombres de hoy en tantos terrenos.

En el adiós a Benedicto XVI debe estar el agradecimiento por su valentía, su fuerza moral, su ejemplo, su determinación para no cerrar los muros del Vaticano a la verdad. Dos mil años después, la Iglesia se prepara para un cambio tranquilo y profundo. Uno más. Esta Iglesia tan denostada por unos y tan importante para muchos más, sigue su rumbo desde la fidelidad.

OTR Press

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