No somos como él

Actualizado 28/12/2006 1:00:44 CET

MADRID, 28 Dic. (OTR/PRESS) -

Quede claro en la primeras líneas de este artículo que la figura de Sadam Husein me repugna, que su régimen, consentido y apoyado en su día por quien ahora le hace la guerra, me pareció siempre abyecto y que los crímenes que ordenó y que formaron parte de su forma sanguinaria de hacer política me resultan abominables y, cómo no, perseguibles por la justicia. Quede claro porque lo que sigue no es una defensa de un dictador que hubiera merecido no haber nacido, sino la defensa de unos valores que la democracia ha consagrado y entre los que se incluye que el Estado no mata para hacer justicia, aunque persiga a quien ha exterminado de manera vil a parte de su pueblo. La Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, incluida en la Constitución congelada pero aprobada en referéndum en nuestro país, lo recoge de manera diáfana en su artículo 62: "nadie podrá ser condenado a la pena de muerte ni ejecutado".

La defensa de este principio, pues, no debería admitir matices ni puede estar sometido a criterios de oportunidad o de rentabilidad política. Quizás George Bush, presidente de un país que mantiene la pena de muerte, pueda capitalizar esta pena capital para tapar los errores de una operación militar desastrosa. Seguramente su equipo encargará dentro de poco uno de esos estudios obscenos que intentará medir cómo influye la ejecución del tirano iraquí en su maltrecho índice de popularidad. Pero esa es su guerra, no la nuestra.

Conviene recordar que Sadam Husein subirá al patíbulo por el asesinato de 148 hombres y niños chiíes en 1982, como venganza por un atentado perpetrado contra él. Y conviene subrayar la paradoja que supone el hecho de que su ejecución paralizará el proceso que actualmente se sigue contra Sadam por la operación de exterminio de 180.000 kurdos en la que se usaron armas químicas, una de tantas llevadas a cabo por este ser en los años ochenta y noventa para borrar del mapa a sus opositores. Será ejecutado por la anécdota - brutal anécdota - y quedará en suspenso el juicio global por la categoría, el que realmente debería quedar para la Historia.

También conviene recordar que la invasión de Irak, promovida por Bush y palmeada por el dúo de las Azores, no se hizo en ningún momento para perseguir a Sadam por estos crímenes, sino para vengar el ataque del 11M, del que se le consideraba partícipe, y para acabar con un régimen que poseía armas de destrucción masiva, presupuestos que se han demostrado falsos y por los que no todos los componentes del trío han pedido aún disculpas.

La guerra de Irak ha convertido aquel país en una escuela perfecta de terroristas y al mundo en un especio más inseguro de lo que ya era antes del ataque a las torres gemelas. La sociedad iraquí cambiado el terror del dictador por el de los múltiples ataques terroristas que cada semana dejan un reguero de muertos superior al de la matanza por la que ha sido condenado a muerte Sadam. Su ejecución, me temo, no contribuirá a mejorar las cosas. Pero aunque así fuera, desde Europa nunca podríamos justificarla. Porque nosotros no somos como él.

Isaías Lafuente.

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