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Isaías Lafuente

Presidente Trump

Publicado 10/11/2016 8:00:33CET

MADRID, 10 Nov. (OTR/PRESS) -

Hace sólo unas horas nos parecía imposible llegar a escribir un titular como el que encabeza este artículo. Es verdad que la holgada distancia con la que ha contado Hillary Clinton sobre su rival fue apretándose en las últimas semanas de campaña, pero en la víspera de la elección todas las proyecciones coincidían en que 240 años después EE.UU. tendría por primera vez una presidenta. Y no ha sido así. Clinton ha ganado por la mínima en voto popular, pero Trump ha alcanzado la presidencia.

El discurso radical con el que Trump ha ido trufando la campaña se suavizó en el momento de proclamar al mundo su victoria. Los navajazos asestados a su rival, a la que llegó a acusar de corrupta y delincuente, amenazó con la cárcel y llegó a desearle de alguna manera la muerte, se transformaron en elogios por la fuerza y la dignidad que ha mostrado en la campaña. Y después habló con naturalidad de cicatrizar heridas olvidando que él es el pirómano que ha provocado los fuegos que ahora anima a sofocar.

Con su triunfo, Trump ha derrotado a más de una docena de rivales en las primarias de su partido, ha ganado a Clinton en la carrera presidencial, y por el camino ha barrido a las encuestas, a los medios de comunicación, a las instituciones internacionales y a la mayoría de los socios de EE.UU. que miraban a Trump como un auténtico peligro.

Donald Trump, con tono suave si lo comparamos con los exabruptos de la campaña, ha dicho que cumplirá su palabra. Y su palabra es un discurso sin complejos contra el extranjero, que humilla a las mujeres y a las minorías étnicas, que habla de los inmigrantes como vulgares criminales y violadores a los que no hay que dejar entrar o, si es caso, hay que expulsar, que niega el cambio climático, que elude el multilateralismo y que considera mérito no pagar impuestos. Un programa que hace las delicias de la extrema derecha europea y que dinamita las bases que se sentaron tras la Segunda Guerra Mundial.

El sentido común señalaría que un individuo así, que convierte en ursulina a la otrora temida lideresa del Tea Party Sarah Palin, no podría presidir ni su comunidad de vecinos. Pero desde hoy es el presidente electo de la primera potencia de la tierra. Esperemos que el cargo le imprima carácter y que no sea al revés, que su chusco carácter impregne el mandato de un país fundamental en una etapa crucial. Si los electores estamos acostumbrados a que nuestros políticos incumplan sus promesas esperemos de Trump una decepción inversa: que vaya disolviendo y enterrando sus amenazas.

OTR Press

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