Los Juegos Olímpicos chinos

Actualizado 08/08/2008 2:00:12 CET

MADRID, 8 Ago. (OTR/PRESS) -

Desde este ocho del ocho a las ocho y ocho, las miradas del mundo entero estarán pendientes, en muy buena medida, de lo que ocurra en China, durante el desarrollo y transmisión de los Juegos Olímpicos. Cada país vigilará la actuación concreta y específica de sus propios atletas y deportistas, todos a la espera de que obtengan un número de medallas significativo, que satisfaga las expectativas nacionales en su comparación con los de su renta per capita.

Otra parte de la atención internacional estará también atenta a lo que pudiera suceder en la propia China por causa de los muy expresados deseos de muchos chinos de avanzar de manera más sustancial y más rápida en el respeto a los Derechos Humanos. En esta otra faceta, han sido muchos los países que, de antemano, quisieron solidarizarse con esas reclamaciones de los chinos que entienden que no están suficientemente cubiertas sus aspiraciones a disponer de derechos y libertades cívicas.

Unos países anunciaron la ausencia de sus más destacados dirigentes políticos, otros redujeron el nivel de sus representaciones políticas, incluso ha habido naciones que han preferido mantener ausentes a sus atletas y deportistas de un país que no da el trato suficientemente acorde con el resto a los Derechos Humanos que toda persona merece. Bien puede decirse que el nuestro ha sido, en estas materias previas a la celebración o desarrollo de los Juegos, más bien moderado y que se ha significado escasamente. Se anunció hace tiempo que los Reyes estarían ausentes, y que en cambio, acudirían a Pekín los Príncipes de Asturias, herederos de la Corona. Parece bien escasa modificación de conductas diplomáticas.

Más ha podido llamar la atención la decisión del juez Pedraz de la Audiencia Nacional de perseguir, por el procedimiento y argumentos de la Justicia Universal a los responsables del Gobierno chino presuntamente responsables de los sucesos del Tíbet. Al margen de lo escaso en efectos prácticos de una declaración de esa naturaleza, a más de uno le ha parecido ridículo e improcedente. ¿Dónde van los jueces españoles de juzgadores de cualquier desmán que pueda producirse en el mundo entero? ¿Y por qué no la ignominia de Guantánamo, la invasión de Irak, la persecución de derechos en Cuba, las expropiaciones colombianas o bolivianas, o el golpe de Estado mauritano, sin ir más lejos?

A más de uno le parece que quejarse contra un trato inadecuado a los chinos que reclaman autonomía para Tíbet, o contra el nivel de Derechos Humanos en la propia China más desarrollada, viene a ser como quejarse a Dios de las injusticias y las discriminaciones que a diario se producen contra los más débiles y necesitados. A otros les parece que ésta debiera ser la gran ocasión para hacer saber a los dirigentes chinos que no es posible el progreso en otros órdenes de la vida si simultánea y paralelamente no se dan pasos significativos en materia de respeto al hombre individual y sus derechos. Pero, ¿Hasta qué punto las dimensiones de un país, o de una potencia mundial, deben disuadir? ¿China con Tíbet sí, y Estados Unidos con Guantánamo, con los espaldas mojadas, con los irakíes invadidos, con los hispanos, no?

José Cavero

OTR Press

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