Proyecto vivo o presidente amortizado

Actualizado 30/05/2010 14:00:16 CET

MADRID, 30 May. (OTR/PRESS) -

La situación política se reduce a esa doble y contrapuesta opinión: mientras el Gobierno insiste en que su proyecto está vivo y operativo, y que aún le quedan casi dos años para demostrar su eficacia, tras dos años "negros" ocasionados por la crisis y sus efectos, en cambio, desde la Oposición, o las muy distintas oposiciones ha quedado claramente expuesta la opinión de que el panorama "tras la batalla" de la crisis les ha dejado desconcertados cuando no abiertamente defraudados, hasta el punto de reclamar que tiene que cesar de inmediato el jefe del Gobierno, y a ser posible, procederse a unas elecciones generales que permitan iniciar un tiempo nuevo.

Naturalmente, cada cual "arrima el ascua a su sardina" y emplea los argumentos que le parecen más convenientes para convencer al electorado, al propio y al contrario, con los correspondientes reproches al adversario que "no quiere entender" los mensajes, o que "no quiere colaborar" en la salida final de la crisis, y que sigue confiado en que la crisis le traerá en bandeja un triunfo electoral. Hay voces intermedias, más razonables, o menos fanáticas, que son capaces de admitir que la crisis llegó de fuera y no es originaria de este país ni de sus políticos, que pudo haber problemas añadidos, pero que ya se han rectificado y ahora estamos en la buena dirección. Pero que hace falta tiempo y aplicación de una serie de reformas difíciles e incluso dolorosas. El mismo error ha sido cometidos por prácticamente todos los gobernantes de Occidente: para reactivar la actividad, paralizada por la crisis, los Gobiernos decidieron haber grades inversiones con dinero público. Y luego, ha llegado la hora de eliminar ese déficit público mediante políticas de ajuste duro o durísimo. Lo están haciendo todos los países europeos, con la particularidad de que España, por razón de alguna de sus actividades principales, como la inmobiliaria o la turística, ha tenido un coste mayor en pérdida de empleos.

Así las cosas, la impaciencia de los opositores fuerza a reclamar elecciones generales cuando antes, y a su vez, el Gobierno insiste en su propia argumentación: una legislatura recompone de cuatro años, al final de los cuales, los ciudadanos revalidan o rectifican el programa aplicado y sus efectos. En ésas estamos, y cada elector determinará, finalmente, los pasos siguientes en la recuperación o en la vuelta a una cierta prosperidad, de momento pospuesta. El Gobierno y su partido, en estas circunstancias, lleva ya una larga temporada encajando malas noticias y pésimos datos, y la oposición da la impresión de que se regocija con el "cuanto peor, mejor", sin tener en cuenta debidamente que prácticamente la mitad del dinero público la administran las administraciones autonómicas y que muchas de ellas están gobernadas por el PP.

Algunos espectáculos llegan a ser bochornosos, en este orden de cosas, y fuerzan a recordar el dicho de "la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio": Rajoy y Cospedal afean la abultada deuda del Estado, pero se olvidan de recordar que el ayuntamiento más endeudado es Madrid, gobernado por el PP. Les parece disparatado que el Gobierno central disponga de tres vicepresidentes, pero olvidan que la comunidad valenciana también tiene tres vicepresidentes. Han insistido en la necesidad apremiante de recortar gastos, pero cuando se procede a ese recorte, ponen el grito en el cielo porque no se aplicaron sus recetas, que han sido mantenidas en secreto hasta ahora.

Gobernar desgasta, qué duda cabe. Hacer oposición, además de desgastar, aburre. La impaciencia de los aspirantes a menudo les conduce a la incoherencia e incongruencia manifiestas y escandalosas.

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